Descendimiento

Carlos Marquerie traslada al ábside del Teatro de La Abadía el poemario de Ada Salas inspirado en el cuadro de Rogier van der Weyden

Descendimiento - FotoUno intuye que debe existir una secta secreta de admiradores del cuadro el Descendimiento y que de forma subrepticia acuden a la sala 024 del Museo del Prado como si fuera una capilla. Mi propio padre pertenece a esa secta y, de alguna manera, es una pintura más cercana que otras para mí. Si Carlos Marquerie decide concitar el poemario de Ada Salas, del mismo título que la obra de Van der Weyden, y que según la autora —así lo escuchamos de un magnetófono que desciende lentamente— esa pintura flamenca era una presencia, una atracción casi nebulosa que ahora le había provocado una mirada más insistente; entonces, nosotros, los espectadores, debemos estar preparados. Acudir a este acontecimiento sin haber observado este óleo, sin haber leído alguno de los poemas convocados, sin asumir ciertos códigos del simbolismo religioso —no solo católico o cristiano— es destinarse a la constante confusión de la Estética, como estudio de las emociones. Caer en el emotivismo, en el apabullamiento sensitivo —si es que llega—, es reducir una expresión artística a una percepción fatua, a una espuria asistencia nihilista, que se desvanecerá al poco tiempo como los fuegos artificiales. Todo ello, si no aparece la sentencia inevitable de la estupidez. Sigue leyendo

Una costilla sobre la mesa: Madre

Angélica Liddell elabora su propio vía crucis expurgatorio para digerir la muerte de su progenitora

Foto de Susana Pavía

No estamos ante una pieza de vanguardia teatral, ni un posdrama (al uso), estamos ante un artificioso rito compuesto de elementos enteramente españoles y cristianos, de una España enraizada en la pena negra y en la pobreza, en la tradición telúrica y en el folclore alegre que alienta los pueblos, en este caso, de Extremadura. Pero los Teatros del Canal no son un templo, ni un lugar mágico, no son una catedral, por mucho que los amantes de la Cultura consideren actualmente tal trasposición. ¿Y el público que incita con fervor un espectáculo así? Déjenme que elucubre sobre nuestro país nihilizado, sobre el país de los nacionalismos que repudia permanentemente el conocimiento y el estudio de sí; un país donde los modernos ignoran un pasado que ha sido capaz de aventar un espíritu de los tiempos que hoy se desvanece. Una elegía para su madre, un planto, un plañido, una copla a la muerte de su progenitora, una convocatoria manifiesta de aquellos motivos y costumbres que dieron forma a esa señora extremeña y de su hija en Santibáñez el Bajo (Cáceres). Es una colección de símbolos, claro, ahí está su arte; pero todo este expresionismo exacerbado no deja de tener unas bases absolutamente claras. El problema es que nosotros hemos abandonado ese mundo totalmente. Cualquiera que viva o haya vivido de cerca (o de dentro) alguna de las Semana Santas esenciales de nuestra geografía ―pongamos, por ejemplo, Zamora― entenderá con claridad hasta donde te subsume esta estética, inevitablemente yerta, tanto como un suvenir. Es una performance imposible en el diálogo con un tiempo que debería haber resguardado sus raíces; sin embargo, el desprecio nos caracteriza. Sigue leyendo