Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín

Una farsa agridulce sobre el amor desigual, superada por el ingenio de su protagonista

Foto de David DíezAl paso que vamos en esta temporada, cualquiera que se haya aproximado a estos tres enormes Lorcas que hemos disfrutado, unos de teatro irrepresentable (El público y Así que pasen cinco años), y, este (Amor de Don Perlimplín…), una pieza engañosa, habrá recompuesto sus prejuicios sobre el teatro del granadino después de tanto ver representar su «Ciclo trágico». Su obra dramática, como ha quedado demostrado, da para todo, en ese afán por mezclar lo popular y lo vanguardista, por trabajar sus temas predilectos como son la muerte, el tiempo y el amor, hasta de la forma menos propicia como es la farsa. Lo primero que debemos celebrar de esta propuesta es la versión que ha ideado Alberto Conejero. Cierto es que el texto podía quedar un poco rácano y era una buena oportunidad para darle aún más vuelo. Por eso entramos inicialmente con el Poeta (encarnado por Kees Harmsen, con un nerviosismo que se torna instantáneamente espontaneidad), que nos introduce, como si fuera un presentador con cierto aire periodístico, los avatares que en su momento vivió la susodicha pieza para intentar representarse; luego, además, se han querido incrustar unos fragmentos del Retablillo de don Cristóbal, un acierto inconmensurable que le da un tono alocado, onírico y humorístico a la obra, que el espectador agradece enormemente. Porque si bien la trama parece bien sencilla, las láminas que la componen son múltiples. Tenemos un caso de matrimonio desigual. Sigue leyendo

CINE

La tristura presenta un espectáculo sobre los niños robados bajo la pátina de un film en construcción

Foto de Mario Zamora
Foto de Mario Zamora

Melancolía en movimiento. Y viaje hacia principios que se tiñen de nostalgia. ¿Quiénes somos? ¿Quién nos hace ser como somos? ¿Qué nos lleva a buscar respuestas que serán del todo insuficientes? Pablo ha decidido indagar en su pasado. Es uno de aquellos niños robados a finales del franquismo. Desentrañar la madeja va a resultar complicado y habrá de viajar a Italia en busca de un juez jubilado y con unos principios muy claros. Por otro lado, una fotógrafa iniciará también su periplo artístico con un proyecto sobre la identidad de aquellas personas que aparecen en las grandes fotos paradigmáticas de la historia. No es difícil adivinar que ambos hilos se cruzarán.

CINE, como las grandes obras artísticas, se sustenta en dos firmes pilares: contenido y forma. La consecución del contenido no es, desde luego, baladí. Su tratamiento es serio, profundo, instigador. Nosotros, en España, estamos a años luz de una consideración «a la argentina» sobre la cuestión. El tema del poder se esputa contra el tema de España, nuestro dolor de España; unamuniano. En cuanto a la forma, La tristura cumple delicadamente con un planteamiento estético auténticamente interesante (aquí también funciona Unamuno): el perspectivismo. Sin llegar al metacine de La rosa púrpura del Cairo, una lámina transparente materializa la cuarta pared. Sigue leyendo

Golem

La compañía 1927 recoge al engendro del mito judío para plantear, mediante una puesta en escena con videomapping, una alegoría sobre nuestra relación con la tecnología

Foto de Bernhard Mueller
Foto de Bernhard Mueller

Históricamente las slapsticks, esas comedias caracterizadas fundamentalmente por el embarullamiento, protagonizadas por Harold Lloyd o por El Gordo y el Flaco (el año pasado hablamos de Payasadas, la novela de Kurt Vonnegut), han sido juzgadas más como divertimento pasajero que como crítica de las costumbres. En la obra que presenta la compañía 1927, podemos volver a comprobar que, desde este humor algo naif y bastante inocentón, se esconde la patética verdad de nuestro devenir como sociedad obsesionada con esa idea tan falaz del progreso. Aquí, el protagonista, Robert, un pobre apestado social, un muchacho marginal, clara víctima del bulling, que se mueve por el mundo en esa soledad propia de los jóvenes frikis de las películas independientes de Estados Unidos como Ghost World o Clerks, vive a expensas de la fortuna. Luego, como suele ocurrir, aparecen sus almas gemelas, esos seres tan ocultos como él. Es ahí cuando conocemos al grupo punk de Annie and the Underdogs. No es más que el marco de una historia donde lo principal es que el pequeño héroe se compra un golem (también hablamos no hace mucho sobre la novela de Cynthia Ozick, Los papeles de Puttermesser, en la que se trataba el tema de este mito judío) que usa a modo de robot doméstico hasta que se le estropea y, entonces, adquiere otro, pero de una versión superior, un autómata de altas capacidades y, sobre todo, con iniciativa propia. Sigue leyendo

40 años de paz

Pablo Remón ha perfilado la historia de una familia marcada por la muerte del padre, un general franquista

40 años de paz - Foto 1
Foto de Flora González Villanueva

Así ya, toda una generación nacida tras la muerte del dictador, pero recogiendo esa aura putrefacta de los espacios viciados, repletos de miasmas y rencor. 40 años de paz concentra en cuatro historias el relato de una familia que, como le ocurriera mutatis mutandis a los Panero (de aquella manera quedó reflejada en la película de Chávarri El desencanto), vive bajo la sombra de un padre, muerto sin gloria, ahogado en una piscina el 23F. Ahora esa piscina sirve de sustento a los insectos y a las alimañas de otro tipo, mientras se descompone al mismo ritmo que el casón que, en otros tiempos, conformó un hogar de orden y temor de Dios. En este contexto, reflejado en una escenografía que da buena cuenta de la cochambre moral que se ha instalado, se desplazan unos personajes dispuestos a narrar las peripecias de su vida. Micrófono en ristre, el hermano mayor comienza su alocución con una descripción del terreno mesetario, agostado y decadente. Francisco Reyes establece un ritmo y un tono que se aproxima a cierta espontaneidad displicente que a la obra le va muy bien. A continuación, se mete en la piel de su padre, recién venido del cielo, perfectamente uniformado como buen militar que era, un carcunda con la chulería cínica de alguien que murió creyendo que el golpe había triunfado; desde luego, este pasaje es de los mejores de la obra, concretamente por el choque entre un fantasma, en plena ciénaga, y su hijo ex drogadicto, ex poeta y ex heterosexual; depara un tono que, desgraciadamente, después va decayendo según se acoge al costumbrismo de gusto treintañero. De hecho, como se puede observar en la interpretación de Emilio Tomé, la función resulta intelectualmente productiva cuando lo paradójico entra en escena a través de la representación, ya sea con este mismo actor metido en la caseta del perro o, después, los tres hermanos jugando al parchís en el hueco de la piscina. Sigue leyendo

La clausura del amor

Israel Elejalde y Bárbara Lennie llevan la ruptura de su compromiso hasta el paroxismo interpretativo

Foto de Josep Aznar
Foto de Josep Aznar

Sabes que no hay vuelta atrás, que todo ha terminado, pero que es absolutamente imposible deshacerse de un sentimiento tan profundo y orgánico como un amor pergeñado durante tanto tiempo; ese amor te constituye, te estructura y, ahora que se ha podrido, no es un tumor que se pueda extirpar. Aun así, Israel Elejalde, investido de sí mismo, situado en la esquina más alejada del tatami antes de un combate en el que ni por un instante se van a llegar a tocar, aunque sus pieles estén alerta, comienza a traducir en palabras, durante casi una hora, el lenguaje de su cuerpo. Esta es una obra lingüisticorporal. Las entrañas, los pechos, los corazones, el semen y la sangre, los huesos, los síntomas de la enfermedad de tan difícil diagnóstico, propenden hacia la desnudez hasta que llegan a coronarse como narcisistas, como aves del paraíso. Su lenguaje verborreico se traza con versos octosílabos, rápidos, extenuantes, como un romance con rima asonante en los pares trastocado para la ocasión, aunque luego se acoja al verso libre como si fuera un torrente a lo Walt Whitman. Elejalde expone todas sus capacidades interpretativas y dispone la disertación creada por Pascal Rambert (con la inestimable traducción de Coto Adánez, que ha conseguido un trabajo magnífico) a través de la hipérbole, de la constante recursividad (también está pensando en el público, evidentemente), vuelve una y otra vez sobre los mismos subtemas con angustia, repitiendo tajantemente sentencias que gradualmente parecen autoafirmarlo. A esto le añade figuras como la preterición (acusa a su mujer de todo aquello que anteriormente había negado que haría) o el reiterado paralelismo en una sintaxis que se descoyunta por momentos. Pero es la metáfora, la concatenación de metáforas sobre el amor esparcido celularmente por todo su cuerpo en un lenguaje sanguíneo, una alegoría que pretende alcanzar el horizonte de la verdad. Nuevamente es el arte, gracias al texto de Rambert, el que demuestra que es el discurso que más se puede acercar a la expresión del sentimiento real. De toda esta amalgama, Israel Elejalde, como actor, sale triunfante. Continúa, de alguna manera, la senda abierta con su interpretación en La fiebre, aunque aquí el punto de abstracción y disolución en el entramado textual que consigue durante tanto tiempo es capaz de imponer un silencio seco en toda la platea.  Sigue leyendo