Víctor Sánchez Rodríguez presenta esta obra sobre una pareja de jóvenes en crisis con la ciudad andina de fondo
Cuando se dispone sobre el escenario el conflicto manido entre una pareja en sus horas más bajas del amor, uno espera alguna deriva diferente, alguna incursión hacia derroteros inéditos. Una forma de huir de los habituales clichés del tedio marital es situarlos en un contexto que los saque de su rutina, un espacio que suponga interacciones provocativas e imprevistas. Unas circunstancias que generen la deseada catarsis, la limpieza de todas esas costras purulentas que no dejan curar las heridas, ya sean de la vulgar cotidianidad o ya de un dolor concreto que el tiempo no ha podido borrar. La ciudad peruana de Cuzco se atisbaba en este sentido (viajar o tener un hijo, tabla de salvación de muchos amantes mal avenidos) como elemento de transformación personal; pero la verdad es que la estructura de la obra no consiente la imbricación requerida. Y es que el espectáculo se anquilosa en el enfrentamiento y en esa narración de hechos que les ocurren en otros lugares y con otras personas. Es decir, los otros personajes nos resultan muy lejanos, más allá de la descripción que nos aportan. ¿Por qué nos debería interesar esta pareja? Sigue leyendo →
Pablo Viar propone una mirada algo naíf sobre el famoso escritor lisboeta a través de retazos de su vida
Cuando uno admira a un artista, en este caso un poeta, y se ha imbuido en sus obras; más allá de su biografía, construye un itinerario vital ficticio, una especie de recreación romántica absolutamente particular. Reconozco que, seguramente por esperar un montaje que encajara más o menos con esa imagen que uno ha creado en su cabeza, este espectáculo me ha decepcionado mucho. Es más, apenas he llegado a creerme que ese de ahí, ese tipo de bigote que deambula por el escenario, sea el gran escritor lisboeta. Ante un texto que se titula Enigma Pessoa se espera que se demuestre que realmente aquel es un misterio ―como así lo es―, para después intentar desvelarlo ―aunque sea imposible―. Las incógnitas que atenazan la personalidad de este paradójico y polifacético autor están plenamente relacionadas con sus heterónimos, con esas máscaras (Pessoa, ‘persona’, ‘máscara’). Más de setenta, por lo visto, que fue adoptando a lo largo de su existencia y que, incluso, empleaba fuera de la ficción literaria. Sigue leyendo →
José Manuel Mora y Carlota Ferrer discurren con tratamiento frívolo para tratar los feminicidios de Ciudad Juárez
Foto de Sergio Parra
El desconcierto llega enseguida, cuando se establece un tono ilógico y trastabillado que ya no remontará en las dos horas tediosas de función. Porque algunos dramaturgos, adscritos a la narración como técnica preponderante para contarnos su historia ―con lo que eso conlleva en cuanto a la anulación de la representación en sí misma y a que el público se tenga que poner a trabajar imaginativamente más de lo debido y de lo exigible―, intentan tirar por la calle del medio con una voz que dirige el asunto y que simplifica las interpretaciones. «Ustedes se preguntarán por qué les cuento todo esto en lugar de dejar que los actores interpreten sus papeles. Si les soy sincero, he de aceptar que no lo sé…». Reconozcamos que es un recurso fácil y efectista (y lo que te ahorras en escenas y en escenografías). Además, este yo que nos habla ―micrófono en mano, por supuesto―, y que Cristóbal Suárez acoge con su imponente presencia y esa manera de proceder algo blanda y agradable, es un individuo que se metamorfosea súbitamente en un monstruo. Un profesor de física, recién separado de su mujer, acepta una oferta de trabajo en Ciudad Juárez, y nada más llegar se transforma, en un consentidor de violaciones, de maltratos y de crímenes adentrándose en el submundo allí impuesto («Busco. Facilito. Engaño. Proporciono información. Callo. Recibo. Doy. Oculto. Cierro los ojos. Hago que otros cierren los ojos. Juego. Contribuyo. Para que algunos cuerpos disfruten otros han de desaparecer»). Sigue leyendo →
Un elenco montado en bicicleta para esta propuesta deslavazada de Calixto Bieito sobre la novela de Bernardo Atxaga
Foto de E. Moreno Esquibel
No es aquí el lugar para discutir acerca de la calidad literaria de la novela de Bernardo Atxaga, ni de si debe considerarse tal o una colección de veintiséis cuentos que intentan meterse dentro de un marco narrativo, de igual manera que ocurre en Las mil y una noches o en esa tradición de la cuentística mundial (Calila e Dimna o Decamerón). El aspecto esencial de la propuesta que enseña Calixto Bieito es si en algún momento ha pretendido trazar un itinerario mínimamente coherente o si se ha planteado dotar de autonomía escenográfica a cada uno de los relatos. Este montaje es terrible para el espectador y las deserciones parecen del todo justificadas. Entre las máximas de esos cuentos clásicos a los que hacía referencia se encuentra la tradición oral (es decir, información consabida en los pueblos que la trasmiten de generación en generación), el estereotipo (los personajes vienen determinados por rasgos muy concretos) y un contexto que permite comprender la moraleja final. Trasladado esto a escena, implicaría una definición de los personajes, a través de la descripción clara, de un vestuario, de unos atributos, de unas señas en las que pudiéramos apoyarnos para que nuestra imaginación se vaya coloreando y pueda salir de la oscuridad. Sigue leyendo →
Unas millennials se preguntan acerca del futuro en un espectáculo tragicómico repleto de guiños humorísticos
Todo queda dicho si unas jóvenes que rondan la treintena han esperado a llegar a tal frontera para preguntarse por el futuro. Es signo de los tiempos. Es evidente que ese retraso, ese lapso ralentizado de la veintena y de una adolescencia en la inopia tecnológica también propicia la respuesta casi unánime: la duda, el no saber ni por dónde empezar, el no querer asumir que dejar la contestación en blanco supone continuar con una inercia de la que no eres dueño. Así que las de Teatro en Vilo se han montado un work in progress de testimonios autobiográficos y de jueguecito tipo los fantasmas de la Navidad dickensianos: el presente, el pasado y el futuro. Generación Why es un espectáculo tragicómico de pretensiones existencialistas y derivas absurdas, grotescas y hasta testosterónicas (¡qué manera de gritar y exudar angustia!). Tres actrices a la intemperie de un espacio casi vacío y expuestas a la voz oracular de su directora, Andrea Jiménez García, que las somete seductoramente para que expresen su sentir ante una vida de la que deben hacerse responsables. Sigue leyendo →
Aires de elegancia melancólica para esta obra de Arthur Miller, interpretada por un elenco muy afinado
Foto de Javier Naval
Es común aplicarle el término de clásico a ciertos dramas estadounidenses concretados por el desarrollo psicológico profundo de sus personajes, bajo unas circunstancias determinadas. Son textos firmados por O`Neill, por Tennessee Williams o, como es en este caso, por Arthur Miller. El precio saltó a escena en 1968 y continuaba ese discurso tan meditado sobre el devenir de las familias tras el crac del 29. Estas obras, en definitiva, se las apoda de clásicas; porque infunden seriedad y están escrita bajo unos parámetros perfectamente identificables; porque el público al que van dirigidas es precisamente esa clase media que las hace revivir a cada poco; ya que son ellos quienes padecen estos conflictos propios de la sociedad urbanita inmersa en los ciclos económicos de crisis y de crecimiento alborozado. Otro tema será que lleguen a formar parte del canon por virtudes literarias. Al fin y al cabo, lo que contemplamos es un manierismo chejoviano. Más allá de que nos conmueva la historia o que la reconozcamos cercana, posee unos diálogos que, por su adensamiento pausado, permiten a sus intérpretes dibujar al personaje en toda su extensión; lo pueden matizar con parsimonia y con madurez. Sigue leyendo →
Luis Sorolla se pone al frente de este experimento creado por Tim Crouch, interpretado cada función por un actor distinto
Foto de Luz Soria
Con los prejuicios a flor de piel cada vez que un dramaturgo pretende transgredir las formas teatrales con un experimento al uso, uno siempre espera que el formalismo no se sustente en el vacío y que al final todo resulte una pirueta tan llamativa como intrascendente. Avancemos que Un roble no supone una gran trasgresión y que su contenido se deshilacha en su redundancia. La propuesta estructuralmente se propone convocar a un actor (cada día será uno diferente; no obstante, el margen para encontrar grandes diferencias será exiguo, si no se rompe el «pacto»), que no debe conocer el texto, a participar en una función donde se encontrará con Luis Sorolla, quien no solo hará de maestro de ceremonias, sino que interpretará a un hipnotista. El primer participante de este asunto es Israel Elejalde; que aguarda sentado entre los espectadores. A continuación, es llamado a escena para recibir instrucciones (por lo visto se han reunido una hora antes, lo que incumple el previsto halo de espontaneidad) y nosotros también recibimos alguna indicación. Sigue leyendo →
Pablo Chiapella protagoniza esta revisión de la afamada película desde una perspectiva excesivamente humorística
Mucho lastre es la versión cinematográfica de Milos Forman para esta visión teatral tan poco acibarada y tan insolente en su desfachatez humorística. Porque lo sustancial consiste en determinar, como así pretendía denunciar Foucault en su famosa historia, qué es la locura y quién determina quién está loco. Para ello es fundamental encontrar un tono preciso en el protagonista, McMurphy; no tanto para hacernos dudar de su cordura ―enseguida comprobamos que lo suyo va por otro lado―, como para adentrarnos en el marasmo de complicidades legales, morales y opresivas que llevan a un tipo así a un centro psiquiátrico. En el desenlace está la solución. En definitiva, Jack Nicholson nos demostró que era un tipo avieso, un dechado de vicios, un juerguista, un apestado social y, sobre todo, un camorrista dispuesto a montarla hasta el fin de sus días. ¿Por qué no calificarlo como chiflado ―ampliando un poco el término― para así aplicarle la medicina adecuada para tal dictamen médico? Jaroslaw Bielski ha permitido que a su montaje entre un intruso, un personaje que no corresponde con la novela de Ken Kesey; ha dejado que Amador, un gamberro salido y medio lelo que vive en la urbanización Mirador de Montepinar, se cuele para hacer de las suyas. Sigue leyendo →
Un viaje irónico para resituar en el tiempo a los trabajadores españoles desde la industrialización hasta el presente
Foto de Sergio Parra
A nadie puede llevar a engaño que Alberto San Juan haya escrito un itinerario muy particular, lógicamente sesgado y tendente a destacar ciertos acontecimientos de la lucha obrera y a obviar otros. Se dicen verdades como puños, y se encubren otras verdades dolorosas y contraproducentes a la causa. Pero el conocido actor posee una marcada y notoria ideología de izquierdas que es para él una ética y una estética. Y por eso, junto a otros en cooperativa, saca adelante el Teatro del Barrio; para ser altavoz, desde las tablas, de una visión política que hoy se empacha en la teoría y se ahoga en la práctica. Por lo tanto, aquí asistimos a un espectáculo coherente con unos presupuestos bien definidos desde hace tiempo. Un teatro-testimonio, propio del documental, donde cada personaje se presenta y nos orienta en la fecha; o sea que no es el contexto o la escenografía (bastante escueta y mínima; pero suficiente. Su responsable es Beatriz San Juan) la que nos pistas sobre el suceso. El hilo conductor de este montaje musical y cabaretero es la pareja conformada por Pilar y por Luis. Sus descendientes irán conformando una saga también de Pilares y de Luises. Al son del folclore se presentan, como los parias, como los «hijos de puta», un chico y una chica de diez años, procedentes de Extremadura y de Andalucía respectivamente, y que han ido a caer en la Escuela Libre de Barcelona que fundó Ferrer i Guardia. Iniciamos el viaje en 1909, año en el que fusilaron a este pedagogo. Un aspecto muy interesante de la función es que, al menos, en los primeros compases, toma la perspectiva de los anarquistas. De ahí la insistencia en la educación y en el desarrollo del pensamiento, en el coraje individual y en la solidaridad sin perder el estatus personal. Asimismo, por supuesto, la mujer, tan dueña de sí misma que es capaz de llevar la voz cantante con una integridad genuina y digna. Por eso, Pilar Gómez, quien ha tenido éxito fenomenal con su interpretación de Emilia Pardo Bazán, exprime aquí todo su gracejo, su agilidad primorosa, tan parajismera que solo hace que infundir entusiasmo. Su compañero, Luis Bermejo, vuelve a demostrar su vis cómica, en una plétora de papeles que imprimen matices cazurros, ingenuos, pánfilos e, incluso, bonachones. Luchadores ambos en un fulgurante recorrido por el siglo XX con parada en el presente, conversando con Durruti, escuchando de fondo las proclamas de José Antonio Primo de Rivera o las alocuciones por Radio Pirenaica de María Teresa León. Aparece un vídeo donde se patentizan los procederes de Fraga frente a la violencia policial. Ciertamente, por el periodo franquista se pasa raudo ―aunque se le quiere dar continuidad a toda la trama, lo cierto es que los saltos entre los diferentes escenarios históricos son un algo abruptos; por eso se echa en falta una cohesión mayor―. Así que es mejor concentrarse en cómo las luchas obreras de principio de siglo, cruentas muchas veces, se han transformado ―gracias a la magia de los poderes fácticos―, en una disolución. El trabajador, desintegrado, autónomo o asalariado, vive en soledad su penuria, afanándose por adaptarse al sistema. Con el paradójico estilo burgués y pijo de los que aparentan ser aquello que nunca serán. Y ese es el gran mérito del texto, enfrentarnos a un pasado de probidad, de rebeldía y de pundonor; mientras nos miramos en el espejo del hoy, con los ojos del estrés y las palpitaciones de ansiedad, con la lengua fuera e inermes, en una «sociedad líquida» que se nos escapa entre los dedos. La derrota del mundo obrero está siendo descomunal y aún queda la puntilla robótica. Por lo tanto, la obra contiene un meollo muy apreciable. Además, para regodearnos en el tema, Marta Calvó se inmiscuye en multitud de personajes, ya sea de cabaretera del Barrio Chino; ya sea como Simone Weil; ya sea de vecina farruca en una comunidad de vecinos. Por su parte, Alberto San Juan también se multiplica y lo hace con roles muy distintos, todos ellos interpretados con empaque; a veces con altivez y otras con esa sonrisa entre franca y embaucadora. Además, pone voz a las canciones escritas para la ocasión por Santiago Auserón ―otro de los detalles que apuntalan la propuesta―. Coplillas que narran el estado de la cuestión de forma bien sencilla y elocuente. El otro aspecto que imprime carácter a toda la historia es la ironía, que es la mejor forma de evidenciar el absurdo al que hemos llegado. Desde luego, las escenas finales son magníficas por su naturalidad; precisamente porque en las conversaciones corrientes nuestra última hecatombe bursátil se ha deglutido: la alienación es todo un rasgo definitorio. Todos ya urbanitas, modernos. Atrás, los años en que eran devueltos los «pueblerinos», cuando llegaban en tren a la capital. Atrás, el hambre y los edificios sin inodoro preparados para el derrumbe. Atrás, la construcción del barrio de Orcasitas a golpe de carreteras cortadas. Hoy, a la espera de que la chispa de la indignación vuelva a prender en los choznos de aquellos que no tuvieron más remedio que jugársela para ganar el necesario pan.