Ortega

Las ideas fundamentales del filósofo español sustentan esta comedia de tintes absurdos en el Teatro Quique San Francisco

Ortega - FotoAceptemos que con esta propuesta de Karina Garantivá, dirigida por Ernesto Caballero, dentro de su ciclo filosófico del Teatro Urgente, algunos de los conceptos y pensamientos de Ortega y Gasset sustentan el texto. Gran exigencia para el público que, puedo asegurar, conoce al intelectual madrileño de oídas y por alguna de sus célebres frases: «Yo soy yo y mi circunstancia» (no olvidemos que sigue «si no la salvo a ella no me salvo yo»). Frase emblemática que ya aparece en su primera obra, Meditaciones del Quijote, y que en esta función tiene un peso significativo. De hecho, Alberto Fonseca, quien interpreta con sencillez y entrega distintos personajes, se envestirá del propio caballero andante, como una presencia onírica. El actor discurrirá con ajustada simpatía en sus diferentes facetas. Sigue leyendo

Berlín, Berlín

Una comedia vodevilesca en los días previos a la caída del muro de Berlín, dirigida por Gabriel Olivares

Berlín, Berlín - FotoDespués de que la versión de Ser o no ser, dirigida por Juan Echanove, recorriera exitosamente España en los últimos años, parece que se nos mantiene en la retina cuando la comparamos con esta Berlín, Berlín, de los franceses Patrick Haudecoeur y Gérald Sibleyras. Desde luego, esta última sale peor parada y uno debe situarse en lo que supone el humor francés en general. Es verdad que tenemos a gente como los Chiens de Navarre deambulando por territorios más salvajes (véanse No todo el mundo puede ser huérfano o La vida es una fiesta); pero lo cierto es que nuestros vecinos se manejan con una blancura y un tono naíf que uno apenas tiene ganas de reírse con tanto tópico inofensivo, incluso para las guardias inquisitoriales que hoy asolan nuestra sociedad. Sigue leyendo

Depois do silêncio

La creadora brasileña Christiane Jatahy adapta la novela Arado torcido para denunciar los eternos abusos cometidos contra los trabajadores

Depois do silencio - FotoChristiane Jatahy es una creadora brasileña que conocemos muy bien ya en España. Hace un año nos ofrecía su peculiar visión del Dogville, de Lars von Trier, y ahora la emprende con un tema de gran calado. Siempre apegada a esa estética híbrida de teatro y cine; y que, en los últimos tiempos, se ha entremezclado, además, con el documental y la proclama directamente política, sin ambages. De hecho, la carga política en esta última propuesta es alta y, si no queda claro, ya se encargan de manifestarnos que ahora con Lula están contentos, de la misma forma que con Bolsonaro estaban espantados. Que se nos remarque esto es un exabrupto antiteatral. Ya sabemos, más allá de las incongruencias de siempre, de qué pie cojea cada uno. Sigue leyendo

Hechos y faltas

Bernabé Rico versiona y dirige en El Pavón esta diatriba sobre la verdad en el periodismo

Hechos y faltas - FotoDentro del mundo periodístico se lleva hablando mucho en los últimos años sobre la posverdad. Este mismo oficio ha favorecido, no solo desde el deleznable amarillismo y la imperiosa necesidad de llegar los primeros con las exclusivas, la creación de géneros que se han hibridado cada vez más con la literatura, es decir, con la ficción. Por otra parte, las falacias, las mentiras, los bulos y toda una gama de estrategias distorsionadoras trastocan cualquier posibilidad de alcanzar la verdad de lo que ocurre ahí fuera. Esta es la razón de que hayan aparecido los factcheckers, es decir, los verificadores de datos. En España tenemos a Ana Pastor con Newtral en esas pioneras labores. Ahora, ¿quién verifica al verificador? Sigue leyendo

La Tuerta

La ópera prima de Jorge Usón se inserta en ese estilo expresionista que cae en el formalismo para hablarnos del desamor

La Tuerta - Foto Vincent Urbani
Foto de Vincent Urbani

Llevamos ya unos cuantos años recogiendo la cosecha de las dos compañías que han asumido con más vigor los preceptos estéticos de La Zaranda. Ambas en permanente interrelación, tanto La Estampida, con José Troncoso al frente, como Nueve de Nueve, poseen unos modos claramente identificables. De estos últimos, ahora recibimos La Tuerta, con Jorge Usón como máximo responsable. En esta se exprimen mucho más esas características de las que hablo, si nos fijamos en su anterior obra Con lo bien que estábamos (Ferretería Esteban). Sigue leyendo

Prima Facie

Vicky Luengo ofrece un estupendo trabajo actoral para encarnar a una abogada que ha sufrido una violación. Es, de hecho, el gran valor de la obra, en la órbita del movimiento #MeToo, firmada por Suzie Miller

Prima Facia - Foto de Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Viene esta obra a redundar en el estado paranoico de nuestra «cuestión». Y no me refiero ni al consentimiento, ni al caso Rubiales, ni a los que vengan; sino a cómo se juega con distintas teorías de la verdad (o de la falsedad) según nos convenga. En nuestra coctelera de la comunicación social entran las leyes ad hoc, la moral x y las emociones y, los prejuicios que sí o no, lo grabado, lo contado, los antecedentes, la presunción de inocencia, el sexo/género, las redes sociales, las inquisiciones contemporáneas y, como vamos a ver, mi yo, mis sentimientos, mi perspectiva, el POV (point of view) del personal impuesto como objetividad suprema, la del dios omnipresente. De esto va Prima Facie. Sigue leyendo

Salomé

Magüi Mira incide en la corriente feminista de los últimos tiempos, para ofrecernos una visión más moderada de esta célebre princesa interpretada por Belén Rueda

Salomé - Foto de Jero Morales
Foto de Jero Morales

Ya resulta un modo de hacer teatro este que se ve impelido al sesgo feminista, al que retuerce aquello que no termina de encajar en nuestros parámetros actuales (¿liberales?, ¿nihilistas?, ¿narcisistas?, ¿timoratos?). Lo mismo vale la Clitemnestra, protagonizada por Cristina Castaño, que aún es acogida por el Festival de Mérida; como aquella Glícera, que se inventaron Carol López y Xus de la Cruz, y que se quejaba en El misántropo de que no tenía nombre (como tantas otras). Escucharemos aquí una retahíla similar. Sigue leyendo

Aristócratas conversos

José Andrés López de la Rica ha escrito y dirigido una astracanada sin gracia sobre unos nuevos ricos venidos a menos

Aristócratas conversos - FotoSi una obra de esas que se tildan de veraniegas (refrescantes y todo eso), de esas que no pretenden asfixiarse con honduras, porque el cerebro está refrito por las altas temperaturas, lo menos que puede hacer es gracia. Una comedia que aburre, donde no se escuchan las carcajadas, donde nos vamos a negro al finalizar cada una de las escenas (para recolocar un poco el atrezo, en la mayoría de los casos sin necesidad), difícilmente puede lograr algún éxito. Entiendo que muchos espectadores cautivos se dejarán seducir por el efecto halo, y concluyan que si Corta el cable rojo es divertido, atractivo y no sé qué más, pues lo que haga esta gente cumplirá definitivamente las expectativas. Pero, claro, construir una pieza «convencional» exige una estructura diferente a la empleada en la esfera de la improvisación.

Solo desde la distancia irónica se puede elaborar hoy una astracanada; puesto que, en sí, ese subgénero no es suficientemente irrisorio en cuanto que el referente, ya sea una materia medieval romantizada o, como en este caso, los enredos aristocráticos a la manera más anglófila, se nos escapan en el tiempo. Hoy nuestra nobleza se bandea entre las correrías de un monarca en el exilio y una pija griñonada que hace tertulia en prime time. Si no anhelamos acudir a la pleitesía que le hemos concedido los españolitos a los fastos de los Windsor, entonces no queda más remedio que exprimir hasta el ridículo a estos desdichados protagonistas. Provocar mofa con unos parvenús va a demandar un acusado contraste entre los auténticos adinerados y los que carecen de prosapia reconocida. Unos tendrán altivez y manejarán códigos sutiles, y los otros resultarán groseros por más que intenten estar a la altura a cada instante. Si se van al desastre, más se les notarán las costuras.

Creo que una obra de referencia, si no queremos recurrir a la consabida La venganza de don Mendo, es Páncreas de Patxo Telleria, que se estrenó en 2015. También usaba el verso, se envolvía de un aire satírico de ranciedad y contaba con una comicidad macabra muy convincente. Por el contrario, apenas se encuentra en el texto de José Andrés López de la Rica algún atisbo de originalidad. El argumento es tan consabido y simple que se cae en el tedio rápidamente, pues, sin ingenio versal, lo que se cuenta no nos atañe. Que si estos nuevos ricos se han arruinado es un tópico que viene de lejos y que, si la solución al entuerto pudiera ser rocambolesca y hasta peculiar, aquí se traza con muy poca destreza. Y es que la hija, una Mireia Zalve creíble, se ha iniciado en la pintura, abstracta y figurativa —unos engendros que, en ciertos círculos, podrían colar por aquello de no perderse un objeto exclusivo—. Uno se imagina el verano en Sotogrande, en alguna de esas exposiciones variaditas que procuran captar a los clientes de alto copete, a quienes, por supuesto, se les podría dar gato por liebre. Aquí no se llega ni a ese punto; porque falta sagacidad y enseguida se resuelve el asunto. El autor se pierde por otros vericuetos de insignificante solvencia como darle cabida al hijo, interpretado por Álvaro Larrán con sobriedad, quien parece que está buscándose la vida como un tipo corriente. Sin embargo, del antagonista, del duque, un Jesús Cabrero lógicamente estereotipado, que debe caer en la trampa, está expuesto con unas cuantas pinceladas. Al que sí se exprime es a Juan Carlos Martín, que es el mayordomo, y, como suele ocurrir en estas comedietas, aporta el toque bufonesco y crítico, sotto voce, apuntalando la estupidez de sus señores con requiebros llenos de picardía. Que además de este perfil, más que suficiente, se le concedan un par de interludios del todo sobrantes en un montaje al que pide ritmo, es abusar del único personaje que tiene algo de fundamento. Ver al hombre sentado leyendo unas cartas que nos retrotraen a espectáculos televisivos de hace muchas décadas (ojalá hubiera sido tan chistoso como Gila), con un humor ruralista y bucólico a partes iguales, no deja de ser un paréntesis sin entidad. Luego, además, este sirviente se disfraza de entendido en arte, para dar el pego en la vernissage de la muchacha; y así conseguir las ventas suficientes para tomar oxígeno antes de la ruina. Pensaba en aquel célebre capítulo de El príncipe de Bel-Air en el que el mayordomo se envestía de estrafalario y bohemio poeta, aquel Raphael de la Guetto, que también ripiaba para que los «entendidos» cayeran rendidos con sus «carambolas». Humorada que reverbera aún en la generación correspondiente y que me sirve para compararla con lo que se observa en las tablas. Aquí no se va al fondo como para descacharrarnos, mientras disfrutamos de los absurdos comentarios sobre los diferentes estilos pictóricos.

Sí que posee esta propuesta algún momento digno de mención, que nos haría pensar en algo más atrayente, como esa escena del primer acto, cuando el matrimonio al tris del desahucio lanza la retahíla de sus calamidades inversoras, llevando la obra hacia una actualidad más acuciante. La lástima es que, tanto Carlos Chamarro como Yolanda Vega, están demasiado estáticos en sus diálogos.

Lo cierto es que el verso no fluye en unos intérpretes que, en general, no parecen dominar el metro. El texto está sobrecargado de ripios, de insistentes ripios que aspiran a entretenernos rimas forzadas. Mucho octosílabo que debería ser vivaz; pero que tendría que combinarse con otras extensiones silábicas para que la historia avanzara sin tener que remarcar el pareado consonántico. Es decir, se echa en falta pericia, agilidad y soltura tremenda. No haré escarnio de las entonaciones.

Aristócratas conversos es una función anticuada, sin fuste y dirigida con poca maestría. La comedia requiere una mayor vivacidad, máxime si el trasfondo no es, en absoluto, trascendente (no se percibe una crítica del esnobismo, del clasismo, del anticapitalismo de este sistema caduco de privilegios en la clase más alta, etcétera) y, sobre todo, en un mundo de percepciones aceleradas como el nuestro.

Aristócratas conversos

Autor y director: José Andrés López de la Rica

Intérpretes: Carlos Chamarro, Jesús Cabrero, Juan Carlos Martín, Yolanda Vega, Mireia Zalve y Álvaro Larrán

Teatro Fígaro (Madrid)

Hasta el 19 de agosto de 2023

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Una luz tímida

Àfrica Alonso Bada ha reelaborado una compleja relación lésbica a finales de los años cincuenta, entremezclada con canciones que difuminan en exceso las circunstancias políticas.

Una luz tímida - FotoAfortunadamente vamos accediendo a obras artísticas donde la homosexualidad aparece como una circunstancia más de la vida; pero también es cierto que lo abundante es reflejar el trance por el cual las parejas del mismo sexo se tienen que enfrentar a toda esa incomprensión social y familiar que tanto daño procura. Una luz tímida es otra más de estas últimas. Se nos vende como una historia basada en la realidad que transcurre durante el franquismo; no obstante, la dramaturga se ha resistido mucho a introducir aspectos realmente enjundiosos sobre política. Además, el relato supera el año 1975 e, incluso, nos destina a 1998; aunque el contexto apenas permea con unos pocos detalles del todo insuficientes. Sigue leyendo