Els Joglars le hace una semblanza timorata al rey Juan Carlos, con un destacable Ramón Fontseré
El vodevil de nuestro monarca en las últimas dos décadas pedía protagonismo en alguna comedia teatral. A falta de un Berlanga, no hubiera estado mal que Els Joglars hubiera afinado con el tono de la farsa y hubiera encontrado un argumento más sugestivo. No se puede sostener que sean equidistantes, más bien, insignificantes; aunque un público tan entregado, tanto a la figura representada como a sus representantes, cualquier guiño hacia un extremo u otro les regocija. Aceptemos que el prólogo es poco fascinante, con unos «moros» limpiando aquí y allá, hablando en árabe, claro, y generando las primeras risas para un montaje naíf, sin pullas desopilantes. Se entiende que esta vaguedad sirva para que sus señorías resuelvan suspender su móvil ─los soniquetes con ciertos espectadores parecen inevitables─. Sigue leyendo →
Chévere continúa con sus propuestas de teatro documento para sumergirnos en la vida de esta gran mujer sordociega en un espectáculo moroso
Foto de Sabela Eiriz
En la deriva del teatro documental, Chévere, compañía ducha en este estilo (véanse algunas de sus últimas y extraordinarias propuestas: N.E.V.E.R.M.O.R.E. y, sobre todo, Curva España), ha dado un paso más, que yo creo que es un paso menos. A mí este espectáculo, desde la perspectiva dramatúrgica, me parece un retroceso en el itinerario vital de este grupo. Principalmente, porque su formalismo se fagocita, se canibaliza, va contra toda posible claridad y representación, contra la conmoción del respetable o contra la provocación intelectual. Y es que el punto de vista es metaescritural; es decir, nuestro dramaturgo Xron adopta una actitud previa antes de ponerse a la acción, y nos transcribe en la pantalla sus intenciones. Un «tutorial» de teatro-documento. Básicamente, se proponen responder a la pregunta: ¿fue Helen Keller una mujer maravilla? (en referencia a su mito y al cómic Wonder Woman que ilustraba sobre su peripecia). Así que, sí, tendremos que leer y mucho en esa gran pantalla (los sordos, que también podrán leer, podrán, a su vez, fijarse en la transcripción signada). Si ustedes son ciegos, como la ¿protagonista? de esta obra o un espectador que tenía delante en la fila 5, pues tendrán que escuchar a través de unos auriculares o aceptar que no se puede llegar a todo en el arte. ¿Debería haberse forzado más la máquina dramatúrgica para que el público asumiera más pérdida sensorial? Algunas experiencias próximas han evidenciado el «fracaso» en este tipo de proyectos en su idea maximalista. Así pienso que ocurrió con el Ricardo III, de Marco Paiva, la temporada anterior, donde precisamente participaba Ángela Ibáñez, quien tiene en esta pieza una actuación relevante. Su propia vida, con algún detalle personal, en unas motas autoficcionales, se cuela, como viene siendo habitual en toda performance teatral contemporánea. Es más, hay un ansia en hacer su propio activismo con la lengua de signos ─creo, en este sentido, que el CDN está haciendo bastante por darle importancia─ y, de rondón, hablar de que el gallego también es una «lengua minorizada» (sic). Cada uno a lo suyo comparando lo incomparable. Ella está fetén en su expresividad e introduce una escena un tanto accesoria en la trama; pero simbólica desde el punto de vista sígnico. Escenifican un cuento navideño a través del «visual vernacular», un sistema de signos idóneo para la escena, más expresivo y que no corresponde con los signos de cada una de las lenguas establecidas en las comunidades sordas. Y no recibiremos ninguna traducción. Otra boutade más para la incomunicación.
Por otro lado, debemos especular acerca del conocimiento sobre Helen Keller en nuestro país. Me atrevería a afirmar que en la actualidad es prácticamente nulo. Quizás una minoría haya visto la célebre película El milagro de Ana Sullivan, de Arthur Penn. En la función, además, se emplea como documento, sobre todo para reseñar aquella escena donde la joven tiene una especie de despertar cerebral, cuando toca el agua que sale de una fuente bombeada, que le lleva a entender la relación entre las cosas y los gestos que percibe de su maestra en la palma de la mano. Por otra parte, puede que algunos asistentes recuerden que hace un par de años Eva Rufo ideó un espectáculo para dar cuenta de esta heroína, inspirada por el libro El mundo en el que vivo. Aquello se tituló Cada átomo de mi cuerpo es un vibroscopio.
En cualquier caso, el ¿argumento? se ve atraído por una de esas fake news que en Estados Unidos hacen furor. Americanos con virus woke haciendo de las suyas han elaborado teorías conspiranoicas como la transmitida en TikTok, negando la existencia de esta mujer o, en su caso, de sus logros. O, afirmando, como hizo la activista negra Anita Cameron, que, al fin y al cabo, fue una «blanca privilegiada» que pudo sobrellevar su «discapacidad» con gran apoyo. Así que ni ejemplo para otras personas sordociegas, ni consideración por su titulación universitaria, ni por sus libros, ni por su activismo. De hecho, esta última característica parece ser una de las que más interesa a Chévere ─ya sabemos de qué pie cojean. No lo esconden─. Helen Keller fue socialista y promovió en USA esta ideología, con lo que eso suponía sobre todo en la época de la caza de brujas. Lástima, nuevamente, que apenas sean esbozos, recorridos a través de fotografías que se posan en el escenario y que ni llegamos a ver. Aceptemos que se juegue con nuestra imaginación cuando se nos habla de otras fotografías que no poseen y donde Keller se encuentra con alguna gran personalidad como algún presidente del Gobierno, con Chaplin o con Mark Twain. Digamos que es un tanto cursi intuirla como un ser inmortal que hubiera seguido con su defensa de los derechos fundamentales en el presente y que se hubiera retratado con Greta Thunberg (comparen ustedes, entonces, a los activistas de antes con los de ahora. Cómo es posible), la joven ecologista sueca también es empleada en un montaje actual en el Matadero (Instrucciones para sobrevivir en lo oscuro). Resulta llamativo quienes defienden esta figura (¿no se dan cuenta que es puro sistema, que no hiere a nadie con sus enfados?). Los auténticos activistas acaban en la cárcel o perseguidos a perpetuidad o fatalmente muertos; porque verdaderamente tocan claves y asuntos de calado (Navalni, Assange o Narges Mohammadi). Hacia este destino acude esta crónica con uno de los más célebres discursos de Helen Keller, donde expresa sus meditaciones políticas, su pensamiento de cariz obrerista (de cuando la izquierda hablaba de esto). La función toma concisión demasiado tarde.
De todas formas, insisto, todo este planteamiento documental, como si se habitara un archivo con multitud de cajas con objetos y testimonios que las tres componentes del reparto van descubrimiento, marca un ritmo poco propicio para el misterio, si es que lo hay. Un maniquí sustituye a la gran protagonista, mientras, por ejemplo, Patricia de Lorenzo nos demuestra cómo ha sido capaz de aprender la lengua de signos; aunque tiene pocas oportunidades para desarrollar sus virtudes actorales. Luego, Chusa Pérez de Vallejo, que es quien participa, además, como asesora en todas estas lides lingüísticas, da soporte escénico; pues, realmente, no se pretende una representación en sentido estricto.
No sé si merece la pena contestar a la cuestión inicial o si tenemos suficientes elementos de juicio puestos sobre el tapete. La pieza deambula por trozos inconexos entremezclados con las pretensiones particulares de sus intérpretes con una morosidad insufrible. Demasiado empeño en no ahondar en algo más sustancial. ¿Para qué tanto estudio y documentación si lo que se expone tiene poco recorrido?
Aires juveniles para esta versión dirigida por Alfredo Sanzol en el Centro Dramático Nacional
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Cuanto más se aproximan estéticamente las puestas en escena de La casa de Bernarda Alba más elocuencia pierden, más se quiebra su verosimilitud, más se deshilachan los símbolos. Ahora, si lo que se pretende una y otra vez, de manera torticera e inconsistente antropológicamente es insistir en que el patriarcado continúa entre nosotros, en España; entonces, cualquier erre que erre servirá para que todos aquellos que necesitan alimentar su sesgo de confirmación se queden a gusto. Recordemos que patriarcado no es sinónimo de machismo; sino, precisamente, lo que ocurre dentro de ese hogar comandado por una dictadora. Sigue leyendo →
Lola Blasco lleva al Teatro María Guerrero aquella experiencia performativa que empleó el neurólogo Jean-Martin Charcot en La Salpêtriere
Foto de Luz Soria
Las últimas temporadas hemos tenido varias aproximaciones a las vivencias de afectados por algún tipo de trastorno síquico. Así, por ejemplo, en dos piezas que funcionan en paralelo estéticamente como Hacer noche, de Bárbara Bañuelos y en Contención mecánica, de Zaida Alonso, hallamos una mirada más posmoderna de la cuestión; mientras que en La madre de Frankenstein, basada en la novela de Almudena Grandes, se da cuenta, precisamente, del sanatorio mental femenino de Ciempozuelos y, además, de las tropelías del siquiatra Vallejo-Nágera. Aunque, evidentemente, la gran correspondencia para lo que nos compete es el Marat-Sade, de Peter Weiss (recordemos las versiones más recientes, la de Luque y la de Atalaya). Sigue leyendo →
Susanne Kennedy plantea un sofisticado viaje alquímico en un espectáculo tan tedioso como fascinante en los Teatros del Canal
Foto de Julian Röder
¿Esta propuesta de Susanne Kennedy es una tediosísima genialidad? Partamos de la casi ausencia de aplausos y del absoluto desconcierto del público en el estreno en los Teatros del Canal. Por fin algo de sinceridad en el respetable. Fuera caretas. Ciertamente, una función costosa, aburrida, sin aparente sentido; pero, paradójicamente, radical en su compromiso estético-filosófico. Si aceptamos la apuesta, tendremos que hacer el esfuerzo de desencriptar un dispositivo que da una serie de claves básicas; aunque nos sostiene en una alegoría de corte posmoderno. Sigue leyendo →
Fátima Delgado presenta un texto tremendamente endeble sobre la intersexualidad femenina en el deporte
Foto de Vanessa Rabade
Romper la dialéctica, la controversia y destinarnos hacia la «verdad» incuestionable es la forma más clara de soberbia en el teatro. Por no hablar de la pobreza intelectual que supone no incluir una diversidad de perspectivas sobre temas que, a priori, son complejos. Esto ocurre mucho en las dramaturgias contemporáneas donde la ideología se impone de manera panfletaria. Run Baby Run ─¿título en inglés para una obra que se alimenta del folclore gallego?─ es un ejemplo de este vicio. Aquí partimos nuevamente del egocentrismo (embebido de narcisismo) que afirma que si no se respeta eso que tan apabullantemente se llama «identidad» la discriminación será flagrante, insoportable y, por lo tanto, habrá que buscar unos culpables. Hoy, identidad es cualquier cosa y todo el valor que uno le quiera dar (supremo, según algunos). Todo muy delulu. Ya sea por causas de sexo, género, cultura, religión, arte, sentimiento,… Sigue leyendo →
El nuevo espectáculo de La Zaranda es un viaje quijotesco sobre las miserias del teatro
Foto de Raúl Sánchez
Después de La batalla de los ausentes, que supuso un revulsivo (otro más) en La Zaranda, quizás, este Manual para armar un sueño se quede un tanto escueto en relación a la profusión de temas que parecen insinuarse. No es solo que sea una función breve, es que no termina de ahondarse más en ese proceso de autocrítica (y crítica) de la farándula y del mundo del espectáculo ─en gran medida lo habían hecho en El desguace de las musas─. De alguna manera, sirve este proyecto de prontuario, de materialización y expresión casi prescriptiva de su propia filosofía. En este sentido, es de una coherencia absoluta y debe quedar como una obra significativa en cuanto a su despliegue teórico-práctico. Sin embargo, en cuanto al relato, a la interrelación de los personajes, podrían estar dando vueltas por esos vericuetos regodeándose con los interminables vicios que se podrían evidenciar. Sigue leyendo →
En el Teatro Fernán Gómez, Ana Mayo homenajea a su yaya en una autoficción de carácter costumbrista
Foto de Geraldine Leloutre
Uno puede ponerse en la tesitura sentimental y hasta compasiva de la autora, por supuesto. Cuántos hemos tenido abuelas viudas, muy ancianas, muy duras y singulares, con genio y pejiguerías, que pasaron la guerra (y quedaron con los perdedores) y atravesaron la posguerra pues nos podemos hacer cargo del asunto. Claro, pero esta abundancia de autoficciones en la escena, eso de que los artistas nos cuenten su vida, que viene a ser tan corriente como la de tantos, que intervienen sus textos tan poco ficcional y literariamente, que se ajustan a dramaturgias consabidas, te deja ya terriblemente agotado. Sigue leyendo →
Pablo Remón somete a los muy teatristas a una experiencia sublime con el clásico de Chéjov multiplicado
Foto de Vanesa Rabade
¿Qué hacemos con esto? ¿Doblete o no doblete? ¿Se imbrican o las imbricamos? ¿Teatro para muy teatreros? En Madrid (y en otras grandes capitales) algunos teatristas asistimos en un día a ver dos espectáculos seguidos. Entre ellos, queramos o no, dialogan; porque uno vive siempre la experiencia estética con ansias. Sales de un Lorca y te vas otro. Lo mismo con Shakespeare. Con Chéjov. Están exprimidos. Sigue leyendo →