Iñaki Miramón y Llum Barrera ven cómo se desvanece su matrimonio en esta dramedia de Nacho Faerna
Los relatos sobre rupturas de matrimonios burgueses, producto de múltiples factores, pero inequívocamente motivados por el hartazgo, trufan la literatura, el cine y el teatro. Los espectadores, de alguna manera, se sienten reflejados; ya sea porque han pasado por ese trance o porque se han visto imaginariamente en tal tesitura. La última gran bronca la contemplamos en Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach. Y si desde el punto de vista artístico, catártico y evasivo nos podía motivar, no solo era por la ruptura tan dolorosa en un ambiente romántico en el que, en cierta forma, casi todos estamos inmersos; sino porque se añadía el factor de las vidas peculiares, las de los artistas. Es decir, requerimos una peculiaridad, una diferencia, algún hecho que llame nuestra atención, una vez Bergman y Woody Allen han puesto a funcionar todas las claves básicas. En teatro, por ejemplo, nos hemos podido conmover con La clausura del amor, porque se ponía en marcha un dispositivo estético realmente asfixiante y apabullador. Pero, ¿por qué habría de interesarnos a estas alturas la vida de Laura y Jaime, padres de un adolescente experto en el arte del cinco contra uno? Nacho Faerna, guionista de profesión, debuta con su primer texto teatral y parece que le ha temblado la mano a la hora de profundizar en cada uno de los temas que ha lanzado. Lo convencional y lo insignificante se aúnan para componer un comienzo que redunda en lo chusco. Chistes de pajas. Hacer comedia con visos de inteligencia, dejando que las primeras frases del montaje sean una ristra de mofas sobre hecho de que a su hijo lo han pillado masturbándose en el baño del instituto. Un leitmotiv (tenemos otro, como veremos) que sirve para describir sucintamente al papá y a la mamá. Digo sucintamente, ya que apenas atisbamos un tanto el carácter de uno y de la otra; pues, lo que se dice conocer algo más de su vida, pues no llegamos a nada. Por lo tanto, ¿quiénes son Laura y Jaime? Unos cualquiera. ¿Se puede hacer una obra de teatro con unos cualquiera? Si se le da un enfoque peculiar, puede. Pero no es el caso. Con la parábola de Onán —que nos narran al completo en el prólogo de la función—, aquel personaje bíblico que derramaba su semen sobre la tierra (el coitus interruptus), para no dejar preñada a su cuñada Tamar, con la que había tenido que casarse después de que falleciera el hermano de aquel; sirve para hablar levemente de sexo, de la educación sexual, del amor, de la sexualidad femenina y de alguna cosa más. El asunto es que estas insinuaciones no acaban de fraguar en una incursión mayor de carácter existencial o político. Es decir, que no sabemos cómo ha sido la relación de esta pareja —es que, insisto, sabemos muy poco de ellos—, ni de cuáles son los deseos vitales de cada uno. Iñaki Miramón aprovecha ese estilo deslavazado que muestra con frecuencia para enrarecer algunos aciertos irónicos, con una chabacanería rancia y prototípica del marido celoso e inseguro que se intenta sobreimponer ante cualquier pérdida de posición. Por eso, que el tutor los haya convocado le vale para criticar al susodicho profesor de una manera zafia. Parece que el autor quiere justificar las posiciones de este papel, haciéndole contar batallitas sobre cómo se afilaban el lapicero en plena clase cuando iba a un colegio de curas. Aunque luego se le quiera situar como un ajedrecista muy afanado y como alguien que, según sus palabras, introdujo a su esposa en el mundo de la «cultura», a saber: ver clásicos del cine, asistir a exposiciones, recomendar ciertos libros, etc. Cuesta hacerse a la idea de un tipo medianamente culto, porque sus gracietas son un tanto arevalescas. El actor, a la postre, sabe encontrar un punto de ternura que nos redime de las andanadas iniciales. Muy distinta se muestra Llum Barrera, pues no da tantos bandazos y parece tan sensata como algo conservadora en ciertas posturas sexuales. Ella arrastra el desencanto matrimonial hacia una ilusionante y, seguramente, ilusoria nueva relación. Adivinen. Quizás sea un personaje al que le falte más fuerza y consistencia en sus planteamientos amorosos; ya que da vueltas sobre ideas —se repiten en varias ocasiones—, que no terminan de definirse con más claridad. Sea como fuere, el tercero en discordia es Fernando Soto, quien realiza una interpretación medida y correcta, que no es poco para un personaje absolutamente anodino. Supongo que no se puede esperar nada más del prototipo de profesor de Educación Física. Ricardo es un simple, que ha surgido con su afabilidad y su cariño a parchear un roto. De cómo se entera Jaime de que le están poniendo los cuernos, haremos un gran esfuerzo por concederle verosimilitud al hecho técnico de que el desdichado cogiera el teléfono en el momento preciso. Sería, desde luego, un detalle a pulir. Por otra parte, los sendos monólogos que lanzan en apartes los tres intérpretes redundan en la idea de conducir en exceso al público; para, además, romper el dinamismo sin aportar demasiada información relevante que pudiera incluirse de soslayo en los diálogos. El otro leitmotiv con el que se trabaja es la película de Rossellini, Te querré siempre (1954); una especie de fetiche que el matrimonio aún atesora y que viene a representar la esperanza última para recuperar lo que parece destinado al fin definitivo. Porque Faerna, en Onán, parece querer trabajar con dos mundos, con dos ideas, que no llegan a casar de manera definitiva o, al menos, fértil para el espectador. Así descubrimos cómo, en el último tramo de la propuesta, la cuestión amorosa se aleja ya totalmente de lo masturbatorio y plantea el tema de las afinidades, de los gustos, de la forma de ver el mundo a través del otro; de que más allá del cariño, del sexo o el cuidado, está el hecho de compartir una política, una estética, una moral que den sentido interesante a la abrumadora cotidianidad. De esta manera, la función mejora al final, ya que se vuelve más sutil y la expresión se hace franca. Por otra parte, el espectáculo resulta sugerente con el apartamento que ha ideado Monica Boromello, que también sirve de despacho en el instituto, con unas puertas correderas que permiten la proyección de algunos fragmentos del film italiano. Es paradójico que este montaje, desde el punto de vista estructural y conceptual tenga al coitus interruptus como símbolo máximo.
Autor: Nacho Faerna
Dirección: Fernando Soto
Reparto: Iñaki Miramón, Llum Barrera y Fernando Soto
Ayudante de dirección: Alex Stanciu
Escenografía: Monica Boromello
Diseño de iluminación: Ion Aníbal
Diseño sonoro y vídeo: Fernando Soto y Bela Nagy
Vestuario: Ana Llena
Ayudante de vestuario: Tania Tajadura
Coordinación técnica: Bela Nagy
Diseño de imagen y fotografía: Geraldine Leloutre
Producción ejecutiva: Manuel Sánchez y Elena Martínez
Producción: Cayuga Ficción, Sanra Produce, LaZona y Elena Martínez
Prensa: María Díaz
Distribución: Elena Martínez Artes Escénicas
Teatro Infanta Isabel (Madrid)
Hasta el 12 de octubre de 2021
Calificación: ♦♦
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Ya se dio cuenta en 2019 en las tablas del Corral Cervantes de
Parece lógico, en estos tiempos de supuesta crispación —diría, por ejemplo, que nuestro parlamento es una sospechosa balsa de aceite comparado con otros hemiciclos y otras épocas—, donde las trincheras de la nimiedad se cancelan y se la cogen con papel de fumar, tratar sobre la Política en su encarnación alegórica; aunque se entrevera indefectible y filosóficamente con «lo político». También es cierto que dada la tendenciosidad de gran parte del teatro tildado de «político» que trufa nuestra escena, cualquier espectador avisado acuda a ver la propuesta de la compañía La trapecista autómata, con los prejuicios afinados y a flor de piel. Y sí que encontramos varios detalles más escorados hacia un prototípico lado de nuestra historia, fundamentalmente en algunas frases de los últimos minutos, que recuerdan a proclamas de corte guerracivilista, cuando el discurso principal, como vamos a ver, se maneja desde una perspectiva teórica muy distinta. Y, además, la gansada grotesca de proceder con la «Gasolina», de Daddy Yankee, que es ya un lugar común de corte clasista, y que está muy relacionado con la visión peyorativa que se tiene del reguetón, por estar vinculado, en general, con estratos sociales bajos. 
Que una obra estrenada en 2012 en la Sala Triángulo (ahora Teatro del Barrio) y que estaba destinada al fervoroso y minoritario circuito off regrese a los escenarios, ya supone una rareza. Pero los intérpretes de aquel proyecto han decidido darle otro brío y ellos mismos, enmascarados en el Komité de Expertos, se han dirigido, con la inestimable dirección de Isabel Sánchez. De esta manera, el montaje Exhumación de Carlos Be, ahora es Hamlet/21: Informe de una exhumación. Lo más llamativo de esta nueva «intromisión» es la dramaturgia; pues han optado por las técnicas del viewpoints. Procedimiento este, que en España está explorando y explotando fértilmente Gabriel Olivares. Esta mirada es crucial para el espectáculo que nos compete, y si bien se logra en bastantes momentos una extrañeza sugerente sobre el acontecimiento dado; también creo que es justo reconocer que ciertos excesos perspectivistas acaban por adensar la función, por romper cierto dinamismo y por entorpecer una claridad que se anhela entre tanta capa. 

Vamos a pensar que Juan Luis Iborra, de quien podemos leer en el programa de mano: «Una comedia llena de verdad, porque es en la verdad donde nace la mejor comedia», ha escrito una genialidad, una alegoría de España, una sátira revolucionaria, una fábula con mensaje subrepticio que requiere descodificarse pormenorizadamente; y que lo que parece un monólogo propio del Club de la Comedia, de apenas una hora y que propende con generosa ingenuidad, es, en realidad, una ejemplo moral digno de la Ilustración. Pues, oigan, si el dramaturgo y la dramaturga (Sonia Gómez) hubieran afinado más por aquí y por allá, y no hubieran tenido tan claro a qué público se dirigen en este estío de nuevas normalidades, pues quién sabe hasta dónde se podría haber llegado. En ustedes está excederse en los pruritos interpretativos, que en la crítica hace tiempo que se dan corrientes que observan mucho más de lo que el mismo autor quiso exponer. Pero la cuestión es que ya el propio título nos hace recordar el grito de los liberales en su apoyo de la constitución de 1812 de Cádiz, como nuestra actriz. ¿Y qué deducir de la protagonista?