El bramido de Düsseldorf

El dramaturgo Sergio Blanco presenta en el Teatro de La Abadía un capítulo más de su vida a modo de montaje autoficcional

¿A quién le importa la vida de Sergio Blanco? A Sergio Blanco. Un dramaturgo que miente mal sobre sus mentiras verdaderas en la ficción real. Sencillamente, porque el eterno juego de la autoficción, de la heteronimia, de la metaliteratura, del metateatro, debe contribuir a una experiencia revitalizadora para el espectador; o, si no, para qué tanta mandanga sobre un yo que no tiene mucho de extraordinario. No vamos a hacer el recorrido sobre los ínclitos del motivo ―si nos quedamos en la patria, podemos empezar por Cervantes, terminar con Sergio del Molino (La hora violeta y La mirada de los peces), pasando por Unamuno o Vila-Matas o Sánchez Dragó y sus «japonesitas»―. Desde luego, existen dramas con tintes autoficcionales (véanse los montajes de El Brujo) y otros que se basan en el ego, en el egotismo, en la egolatría, en el egocentrismo, que es el caso que nos compete. Después de haber contemplado El bramido de Düsseldorf, Tebas Land me parece mejor de lo que me pareció entonces. Centrándonos en el asunto, lo primero que cabe destacar es que nuestro autor quiere ser el rey de la autoficción, por eso cada poco, como si fuera un niño pesado, te insiste con eso de que la verdad y la invención se imbrican, y para ello establece permanentes intercambios entre el actor y el personaje. El efecto, humorístico a la postre, se diluye en su reiteración. Si Sergio Blanco conviviera entre nosotros y fuera un tipo famoso del que tuviéramos noticia de vez en cuando, entonces, lo verdadero se pegaría inextricablemente a lo real y el espectador se convertiría en un voyerista o en un cotilla. No creo que nadie se vaya a su casa a intentar descubrir si esto o lo otro es cierto. Debe ser un plus eso del «basado en hechos reales». Es cierto en cuanto ficción dentro de un teatro. La autoficción, en este sentido, es ficción. Empezamos con una captatio (benevolentiae) a ritmo dance, con el tema «Prayer in C» del dúo francés Lilly Wood and the Prick, remezclado en 2014 por el dj alemán Robin Schulz. Bailoteo del elenco, chichisbeo del público invitado (a toda esta gente la he visto yo en otro lugar o, incluso, en el mismo. Será autoficción). Hay que animarse. Luego tendremos más canciones extraídas de M-80 (ahora Los40 Classic). Karaoke con REM. También Haendel y su Mesías, en el instante luctuoso. Para que el personal no se pierda, nos introducen el argumento como a la antigua usanza (como se hace en las funciones escolares). Sobre todo es para insistir y requeteinsistir en que ellos son ellos y no son ellos; pero que sí. El veterano Walter Rey inicia ―micrófono en mano― las presentaciones, un comentario desenfadado sobre la biografía de su compañera Soledad Frugone y los papeles que va a representar. De igual forma hará ella sobre Gustavo Saffores, quien se ocupará de manera distanciadora del propio Sergio Blanco. A partir de ahí, el hilo conductor serán los últimos días de la vida del padre tras un ataque al corazón durante su estancia en Düsseldorf. Sin demasiado ensañamiento en cuanto a la pesadumbre y a la trascendencia del momento. El espectáculo se ve salpicado como un collage por retales de turismo e informaciones de la Wikipedia, ya sea la referencia ineludible al asesino Peter Kürten, popular gracias a la magnífica cinta de Fritz Lang (de la que, por supuesto, recibiremos ese fragmento donde Peter Lorre se horroriza de sí mismo); ya sean referencias al holocausto. En general, relleno de imágenes, vídeos, anécdotas de difícil encaje en los asuntos privados del protagonista, a saber: su conversión al judaísmo (¿por qué? ¿De dónde viene esto? ¿A qué se debe? No sabemos), su contrato como guionista con una productora de películas porno y, finalmente, su colaboración en una exposición sobre el célebre asesino. Más retazos que relatos de aquí y allá, tareas profesionales que tímidamente se interrelacionan sin llegar a fraguar en una intencionalidad conceptual, en uno o varios motivos que justifiquen los acontecimientos y los hagan dignos de una propuesta teatral. No hay inmersión onírica, ni absurda más allá del acople abrupto como en una tormenta de ideas donde Bambi y el bramido del ciervo, en suma, deben conllevar una metáfora de raigambre telúrica. Demasiada displicencia. En el desenlace, la recapitulatio, reubicado todo en un acoplamiento vital con la obra anterior de Blanco, La ira de Narciso, la cual «provocó» el suicidio de un joven en Montevideo. Además de otras cuestiones sobre la repercusión «auténtica» de la propia obra que estamos viendo cuando fue estrenada y a un rabino, por ejemplo, le pareció mal que lo llamara Peter Kürten. Una recursividad lógica en el planteamiento. Insisto en que la especulación religiosa, artística o existencial es un engrudo acometido lúdicamente y sin ansias de ir más allá. En la composición actoral a medias, nos debemos conformar con ese entrar y salir; aunque debemos reconocer que Soledad Frugone, en el papel de responsable de la productora del porno, se muestra dubitativa y fallona. Ellos actúan, de alguna manera, con el estilo de andar por casa. En cuanto a la escenografía de Laura Leifert y Sebastián Marrero, con una blancura y una asepsia tenebrosa que dialoga estéticamente con la Medea de Simon Stone, de la que hablaba aquí hace unos días, funciona porque nos permite de forma limpia adentrarnos en la ciudad alemana y en otras ilustraciones de distintas escenas. La autoficción de corte irónico es toda una industria repleta de beneficios: puedes decir y hacer lo que quieras con la excusa de que pudo ser así o no, los actores no tienen que transformarse enteramente en personajes (a veces, nada) y, si recurres a la narración, te ahorras espacios, tiempos, cuadros y composiciones. Eso sin tener en cuenta que vivimos en la redundante existencia de los autoficcionadores múltiples que desean agónicamente gritarte, selfie mediante, que ellos son diferentes y que merecen la fama eterna y tu atención, y tu amor. ¡Qué romántico! El bramido de Düsseldorf es un engaño.

El bramido de Düsseldorf

Texto y dirección: Sergio Blanco

Intérpretes: Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frugone

Videoarte: Miguel Grompone

Escenografía, vestuario y luces: Laura Leifert y Sebastián Marrero

Diseño de sonido: Fernando Tato Castro

Preparación vocal: Sara Sabah

Preparación de bajo: Nicolás Román

Comunicación y prensa: Valeria Piana

Comunicación en redes sociales: Matías Pizzolanti

Imagen de portada: Rubén Lartigue

Diseño gráfico: Augusto Giovanetti

Fotografía: Narí Aharonián

Asistencia de dirección: Juan Martín Scabino

Asistencia de producción: Danila Mazzarelli

Producción y circulación: Matilde López

36º Festival de Otoño

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 25 de noviembre de 2018

Calificación: ♦♦

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Medea

Simon Stone trae a la protagonista de Eurípides al mundo contemporáneo bajo una mirada aséptica

Foto de Sanne Peper

Vuelta de tuerca estetizante sobre la tragedia de Eurípides para aproximarla a la concepción contemporánea; pero, también, en su frialdad descontextualizadora, para alejarla de la empatía propicia. Es una propuesta de corte cinematográfico y, diríamos, que hasta publicitario. No solo porque se utilicen pantallas gigantes y se proyecten las imágenes que se están grabando in situ en algunas escenas; sino porque Simon Stone domina el movimiento del montaje con una ductilidad asombrosa, empastando situaciones y tiempos como si fuera una película. Los intérpretes penetran de improviso por los laterales, acometen su actuación simultáneamente con otros aprovechando la profundidad del escenario. En el sentido técnico, la función es loable. Luego, la escenografía de Bob Cousins juega al espacio vacío, al maximalismo y a una blancura que transforma a unos médicos en auténticos neuróticos. La trastornada, sin duda, es ella; pero su marido, Lucas, no le va a la zaga. Sigue leyendo →

Tratando de hacer una obra que cambie el mundo

Más metateatro para criticar el metateatro contemporáneo en la propuesta de estos chilenos con ganas de satirizar su propia existencia

En el manifiesto que viene impreso en el programa de mano (cada vez más básico), y que firma Teatro La Re-sentida, están todas las preguntas, todos los cuestionamientos que esta compañía se plantea y, también, algunas de las respuestas. Digamos que su propuesta, Tratando de hacer una obra que cambie el mundo, debería ser su posicionamiento estético y ético; pero la paradoja (o no) es que termina adoptando la voz más empleada en esa posmodernidad, que es el metateatro ―en este caso, el metadiscurso, también― y, por lo tanto, ese regodeo distanciador sobre la incapacidad para crear algo nuevo y para expresar ideas revolucionarias (la izquierda les podría ayudar; pero están solucionando su quiero y no puedo). «Vive en nosotros el anhelo de modificar la sociedad a través de nuestro arte». Y para ello recurren a la sátira de la propia funcionalidad del teatro, del teatro posmoderno en contraposición al teatro político anterior. Al epatante y lleno de guiños conceptuales soliviantados por los fuegos artificiales e infectado de un marxismo que huele añejo y que no conecta con el público actual (ahora hay que venderlo con las proclamas de los marginados sociales). Sigue leyendo →

Cuzco

Víctor Sánchez Rodríguez presenta esta obra sobre una pareja de jóvenes en crisis con la ciudad andina de fondo

Cuando se dispone sobre el escenario el conflicto manido entre una pareja en sus horas más bajas del amor, uno espera alguna deriva diferente, alguna incursión hacia derroteros inéditos. Una forma de huir de los habituales clichés del tedio marital es situarlos en un contexto que los saque de su rutina, un espacio que suponga interacciones provocativas e imprevistas. Unas circunstancias que generen la deseada catarsis, la limpieza de todas esas costras purulentas que no dejan curar las heridas, ya sean de la vulgar cotidianidad o ya de un dolor concreto que el tiempo no ha podido borrar. La ciudad peruana de Cuzco se atisbaba en este sentido (viajar o tener un hijo, tabla de salvación de muchos amantes mal avenidos) como elemento de transformación personal; pero la verdad es que la estructura de la obra no consiente la imbricación requerida. Y es que el espectáculo se anquilosa en el enfrentamiento y en esa narración de hechos que les ocurren en otros lugares y con otras personas. Es decir, los otros personajes nos resultan muy lejanos, más allá de la descripción que nos aportan. ¿Por qué nos debería interesar esta pareja? Sigue leyendo →

Enigma Pessoa

Pablo Viar propone una mirada algo naíf sobre el famoso escritor lisboeta a través de retazos de su vida

Cuando uno admira a un artista, en este caso un poeta, y se ha imbuido en sus obras; más allá de su biografía, construye un itinerario vital ficticio, una especie de recreación romántica absolutamente particular. Reconozco que, seguramente por esperar un montaje que encajara más o menos con esa imagen que uno ha creado en su cabeza, este espectáculo me ha decepcionado mucho. Es más, apenas he llegado a creerme que ese de ahí, ese tipo de bigote que deambula por el escenario, sea el gran escritor lisboeta. Ante un texto que se titula Enigma Pessoa se espera que se demuestre que realmente aquel es un misterio ―como así lo es―, para después intentar desvelarlo ―aunque sea imposible―. Las incógnitas que atenazan la personalidad de este paradójico y polifacético autor están plenamente relacionadas con sus heterónimos, con esas máscaras (Pessoa, ‘persona’, ‘máscara’). Más de setenta, por lo visto, que fue adoptando a lo largo de su existencia y que, incluso, empleaba fuera de la ficción literaria. Sigue leyendo →

Los cuerpos perdidos

José Manuel Mora y Carlota Ferrer discurren con un plantamiento frívolo para tratar los feminicidios de Ciudad Juárez

Foto de Sergio Parra

El desconcierto llega enseguida, cuando se establece un tono ilógico y trastabillado que ya no remontará en las dos horas tediosas de función. Porque algunos dramaturgos, adscritos a la narración como técnica preponderante para contarnos su historia ―con lo que eso conlleva en cuanto a la anulación de la representación en sí misma y a que el público se tenga que poner a trabajar imaginativamente más de lo debido y de lo exigible―, intentan tirar por la calle del medio con una voz que dirige el asunto y que simplifica las interpretaciones. «Ustedes se preguntarán por qué les cuento todo esto en lugar de dejar que los actores interpreten sus papeles. Si les soy sincero, he de aceptar que no lo sé…». Reconozcamos que es un recurso fácil y efectista (y lo que te ahorras en escenas y en escenografías). Además, este yo que nos habla ―micrófono en mano, por supuesto―, y que Cristóbal Suárez acoge con su imponente presencia y esa manera de proceder algo blanda y agradable, es un individuo que se metamorfosea súbitamente en un monstruo. Un profesor de física, recién separado de su mujer, acepta una oferta de trabajo en Ciudad Juárez, y nada más llegar se transforma, en un consentidor de violaciones, de maltratos y de crímenes adentrándose en el submundo allí impuesto («Busco. Facilito. Engaño. Proporciono información. Callo. Recibo. Doy. Oculto. Cierro los ojos. Hago que otros cierren los ojos. Juego. Contribuyo. Para que algunos cuerpos disfruten otros han de desaparecer»). Sigue leyendo →

Obabakoak

Un elenco montado en bicicleta para esta propuesta deslavazada de Calixto Bieito sobre la novela de Bernardo Atxaga

Foto de E. Moreno Esquibel

No es aquí el lugar para discutir acerca de la calidad literaria de la novela de Bernardo Atxaga, ni de si debe considerarse tal o una colección de veintiséis cuentos que intentan meterse dentro de un marco narrativo, de igual manera que ocurre en Las mil y una noches o en esa tradición de la cuentística mundial (Calila e Dimna o Decamerón). El aspecto esencial de la propuesta que enseña Calixto Bieito es si en algún momento ha pretendido trazar un itinerario mínimamente coherente o si se ha planteado dotar de autonomía escenográfica a cada uno de los relatos. Este montaje es terrible para el espectador y las deserciones parecen del todo justificadas. Entre las máximas de esos cuentos clásicos a los que hacía referencia se encuentra la tradición oral (es decir, información consabida en los pueblos que la trasmiten de generación en generación), el estereotipo (los personajes vienen determinados por rasgos muy concretos) y un contexto que permite comprender la moraleja final. Trasladado esto a escena, implicaría una definición de los personajes, a través de la descripción clara, de un vestuario, de unos atributos, de unas señas en las que pudiéramos apoyarnos para que nuestra imaginación se vaya coloreando y pueda salir de la oscuridad. Sigue leyendo →

Generación Why

Unas millennials se preguntan acerca del futuro en un espectáculo tragicómico repleto de guiños humorísticos

Todo queda dicho si unas jóvenes que rondan la treintena han esperado a llegar a tal frontera para preguntarse por el futuro. Es signo de los tiempos. Es evidente que ese retraso, ese lapso ralentizado de la veintena y de una adolescencia en la inopia tecnológica también propicia la respuesta casi unánime: la duda, el no saber ni por dónde empezar, el no querer asumir que dejar la contestación en blanco supone continuar con una inercia de la que no eres dueño. Así que las de Teatro en Vilo se han montado un work in progress de testimonios autobiográficos y de jueguecito tipo los fantasmas de la Navidad dickensianos: el presente, el pasado y el futuro. Generación Why es un espectáculo tragicómico de pretensiones existencialistas y derivas absurdas, grotescas y hasta testosterónicas (¡qué manera de gritar y exudar angustia!). Tres actrices a la intemperie de un espacio casi vacío y expuestas a la voz oracular de su directora, Andrea Jiménez García, que las somete seductoramente para que expresen su sentir ante una vida de la que deben hacerse responsables. Sigue leyendo →

El precio

Aires de elegancia melancólica para esta obra de Arthur Miller, interpretada por un elenco muy afinado

Foto de Javier Naval

Es común aplicarle el término de clásico a ciertos dramas estadounidenses concretados por el desarrollo psicológico profundo de sus personajes, bajo unas circunstancias determinadas. Son textos firmados por O`Neill, por Tennessee Williams o, como es en este caso, por Arthur Miller. El precio saltó a escena en 1968 y continuaba ese discurso tan meditado sobre el devenir de las familias tras el crac del 29. Estas obras, en definitiva, se las apoda de clásicas; porque infunden seriedad y están escrita bajo unos parámetros perfectamente identificables; porque el público al que van dirigidas es precisamente esa clase media que las hace revivir a cada poco; ya que son ellos quienes padecen estos conflictos propios de la sociedad urbanita inmersa en los ciclos económicos de crisis y de crecimiento alborozado. Otro tema será que lleguen a formar parte del canon por virtudes literarias. Al fin y al cabo, lo que contemplamos es un manierismo chejoviano. Más allá de que nos conmueva la historia o que la reconozcamos cercana, posee unos diálogos que, por su adensamiento pausado, permiten a sus intérpretes dibujar al personaje en toda su extensión; lo pueden matizar con parsimonia y con madurez. Sigue leyendo →