La madre

Aitana Sánchez-Gijón realiza una interpretación asfixiante en este drama de Florian Zeller

La madre - Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Foto de Bárbara Sánchez Palomero

La impronta procede de la versión de El padre que se está realizando en el Teatro Bellas Artes. Aquella es la obra más célebre de Florian Zeller, sobre todo por la película encabezada por Anthony Hopkins. La madre también tuvo su relevancia, cuando la interpretó Isabelle Huppert. Y aunque esta obra de la trilogía, que se completa con El hijo, es la primera y data de 2010, ciertamente pienso que se inmiscuye en unos vericuetos psicológicos que resultan más interesantes. Principalmente a causa de que no se da tanto el enganche costumbrista. Es más, uno se mantiene en la duda, como si estuviera asistiendo a un thriller. Incluso algún espectador puede perder la paciencia; puesto que el padecimiento de la protagonista se lleva casi hasta el final. Sigue leyendo

El padre

El texto de Florian Zeller sobre la demencia de un anciano vuelve a cobrar vida gracias al montaje que protagoniza Josep Maria Pou en el Teatro Bellas Artes

El padre - FotoYa dio cuenta este mismo Teatro Bellas Artes de esta misma obra de Florian Zeller con Héctor Alterio como protagonista. Ahora la gracia está en que podemos disfrutar de dos montajes del dramaturgo francés en los teatros madrileños, pues Aitana Sánchez Gijón está comandando La madre en el Teatro Pavón (nos faltaría El hijo, para cerrar la trilogía). Además, la función que nos compete está mediada por el éxito que tuvo la versión cinematográfica con Anthony Hopkins a la cabeza. Sigue leyendo

La lucha por la vida

La adaptación de José Ramón Fernández sobre la trilogía de Pío Baroja se envuelve en un tono excesivamente caricaturesco

La lucha por la vida - FotoQue la empresa, a priori, era arriesgada eso es más que evidente y, por eso mismo, la producción parece que debiera haber sido más acorde con el magno planteamiento. Porque la factura se torna macilenta, pobre y repetitiva. Una especie de quiero y no puedo permea el ritmo. Conviene comparar este montaje con El laberinto mágico, la adaptación del ciclo novelístico de Max Aub que José Ramón Fernández hiló para que Ernesto Caballero lo dirigiera en el CDN. Evidentemente, son historias muy distintas; pero la ambición inicial posee elementos similares en cuanto a su magnitud y a su longitud. Pienso que el versionador, en este caso, no ha estado tan fino a la hora de reducir o, incluso, anular la presencia del propio Baroja (trasmutado en ocasiones en el Unamuno más nivolesco, con esos guiños metaliterarios infunde) que encarna Ramón Barea. Sus descripciones, sus acotaciones valen para que tomemos aire; aunque también para que el dinamismo se resienta. Sigue leyendo

Instrucciones para sobrevivir en lo oscuro

El Club Caníbal ofrece un episodio más de la estupidez ibérica en un espectáculo tan gracioso como sesgado políticamente

Instrucciones para sobrevivir en lo oscuro - Foto de Vanessa Rabade
Foto de Vanessa Rabade

Tengo en mente dos referencias cuando me aproximo a este espectáculo. Por un lado, claro, la trilogía Crónicas ibéricas (este último montaje podría ampliar el proyecto a tetralogía) que estaban compuestas por Desde aquí veo sucia la plaza, Herederos del ocaso y Algún día todo esto será tuyo. Hechos verídicos de nuestra historia, repletos de picaresca, cutrerío, barbarie y todo ese folclore tan propio. La sátira y la farsa que han puesto al Club Caníbal como adalides de un estilo berlanguiano, que se actualiza con la parodia más desenfrenada para situarnos frente al espejo cóncavo. Sigue leyendo

El Rey que fue

Els Joglars le hace una semblanza timorata al rey Juan Carlos, con un destacable Ramón Fontseré

El rey que fue - FotoEl vodevil de nuestro monarca en las últimas dos décadas pedía protagonismo en alguna comedia teatral. A falta de un Berlanga, no hubiera estado mal que Els Joglars hubiera afinado con el tono de la farsa y hubiera encontrado un argumento más sugestivo. No se puede sostener que sean equidistantes, más bien, insignificantes; aunque un público tan entregado, tanto a la figura representada como a sus representantes, cualquier guiño hacia un extremo u otro les regocija. Aceptemos que el prólogo es poco fascinante, con unos «moros» limpiando aquí y allá, hablando en árabe, claro, y generando las primeras risas para un montaje naíf, sin pullas desopilantes. Se entiende que esta vaguedad sirva para que sus señorías resuelvan suspender su móvil ─los soniquetes con ciertos espectadores parecen inevitables─. Sigue leyendo

Helen Keller, ¿la mujer maravilla?

Chévere continúa con sus propuestas de teatro documento para sumergirnos en la vida de esta gran mujer sordociega en un espectáculo moroso

Helen Keller - La mujer maravilla - Foto de Sabela Eiriz
Foto de Sabela Eiriz

En la deriva del teatro documental, Chévere, compañía ducha en este estilo (véanse algunas de sus últimas y extraordinarias propuestas: N.E.V.E.R.M.O.R.E. y, sobre todo, Curva España), ha dado un paso más, que yo creo que es un paso menos. A mí este espectáculo, desde la perspectiva dramatúrgica, me parece un retroceso en el itinerario vital de este grupo. Principalmente, porque su formalismo se fagocita, se canibaliza, va contra toda posible claridad y representación, contra la conmoción del respetable o contra la provocación intelectual. Y es que el punto de vista es metaescritural; es decir, nuestro dramaturgo Xron adopta una actitud previa antes de ponerse a la acción, y nos transcribe en la pantalla sus intenciones. Un «tutorial» de teatro-documento. Básicamente, se proponen responder a la pregunta: ¿fue Helen Keller una mujer maravilla? (en referencia a su mito y al cómic Wonder Woman que ilustraba sobre su peripecia). Así que, sí, tendremos que leer y mucho en esa gran pantalla (los sordos, que también podrán leer, podrán, a su vez, fijarse en la transcripción signada). Si ustedes son ciegos, como la ¿protagonista? de esta obra o un espectador que tenía delante en la fila 5, pues tendrán que escuchar a través de unos auriculares o aceptar que no se puede llegar a todo en el arte. ¿Debería haberse forzado más la máquina dramatúrgica para que el público asumiera más pérdida sensorial? Algunas experiencias próximas han evidenciado el «fracaso» en este tipo de proyectos en su idea maximalista. Así pienso que ocurrió con el Ricardo III, de Marco Paiva, la temporada anterior, donde precisamente participaba Ángela Ibáñez, quien tiene en esta pieza una actuación relevante. Su propia vida, con algún detalle personal, en unas motas autoficcionales, se cuela, como viene siendo habitual en toda performance teatral contemporánea. Es más, hay un ansia en hacer su propio activismo con la lengua de signos ─creo, en este sentido, que el CDN está haciendo bastante por darle importancia─ y, de rondón, hablar de que el gallego también es una «lengua minorizada» (sic). Cada uno a lo suyo comparando lo incomparable. Ella está fetén en su expresividad e introduce una escena un tanto accesoria en la trama; pero simbólica desde el punto de vista sígnico. Escenifican un cuento navideño a través del «visual vernacular», un sistema de signos idóneo para la escena, más expresivo y que no corresponde con los signos de cada una de las lenguas establecidas en las comunidades sordas. Y no recibiremos ninguna traducción. Otra boutade más para la incomunicación.

Por otro lado, debemos especular acerca del conocimiento sobre Helen Keller en nuestro país. Me atrevería a afirmar que en la actualidad es prácticamente nulo. Quizás una minoría haya visto la célebre película El milagro de Ana Sullivan, de Arthur Penn. En la función, además, se emplea como documento, sobre todo para reseñar aquella escena donde la joven tiene una especie de despertar cerebral, cuando toca el agua que sale de una fuente bombeada, que le lleva a entender la relación entre las cosas y los gestos que percibe de su maestra en la palma de la mano. Por otra parte, puede que algunos asistentes recuerden que hace un par de años Eva Rufo ideó un espectáculo para dar cuenta de esta heroína, inspirada por el libro El mundo en el que vivo. Aquello se tituló Cada átomo de mi cuerpo es un vibroscopio.

En cualquier caso, el ¿argumento? se ve atraído por una de esas fake news que en Estados Unidos hacen furor. Americanos con virus woke haciendo de las suyas han elaborado teorías conspiranoicas como la transmitida en TikTok, negando la existencia de esta mujer o, en su caso, de sus logros. O, afirmando, como hizo la activista negra Anita Cameron, que, al fin y al cabo, fue una «blanca privilegiada» que pudo sobrellevar su «discapacidad» con gran apoyo. Así que ni ejemplo para otras personas sordociegas, ni consideración por su titulación universitaria, ni por sus libros, ni por su activismo. De hecho, esta última característica parece ser una de las que más interesa a Chévere ─ya sabemos de qué pie cojean. No lo esconden─. Helen Keller fue socialista y promovió en USA esta ideología, con lo que eso suponía sobre todo en la época de la caza de brujas. Lástima, nuevamente, que apenas sean esbozos, recorridos a través de fotografías que se posan en el escenario y que ni llegamos a ver. Aceptemos que se juegue con nuestra imaginación cuando se nos habla de otras fotografías que no poseen y donde Keller se encuentra con alguna gran personalidad como algún presidente del Gobierno, con Chaplin o con Mark Twain. Digamos que es un tanto cursi intuirla como un ser inmortal que hubiera seguido con su defensa de los derechos fundamentales en el presente y que se hubiera retratado con Greta Thunberg (comparen ustedes, entonces, a los activistas de antes con los de ahora. Cómo es posible), la joven ecologista sueca también es empleada en un montaje actual en el Matadero (Instrucciones para sobrevivir en lo oscuro). Resulta llamativo quienes defienden esta figura (¿no se dan cuenta que es puro sistema, que no hiere a nadie con sus enfados?). Los auténticos activistas acaban en la cárcel o perseguidos a perpetuidad o fatalmente muertos; porque verdaderamente tocan claves y asuntos de calado (Navalni, Assange o Narges Mohammadi). Hacia este destino acude esta crónica con uno de los más célebres discursos de Helen Keller, donde expresa sus meditaciones políticas, su pensamiento de cariz obrerista (de cuando la izquierda hablaba de esto). La función toma concisión demasiado tarde.

De todas formas, insisto, todo este planteamiento documental, como si se habitara un archivo con multitud de cajas con objetos y testimonios que las tres componentes del reparto van descubrimiento, marca un ritmo poco propicio para el misterio, si es que lo hay. Un maniquí sustituye a la gran protagonista, mientras, por ejemplo, Patricia de Lorenzo nos demuestra cómo ha sido capaz de aprender la lengua de signos; aunque tiene pocas oportunidades para desarrollar sus virtudes actorales. Luego, Chusa Pérez de Vallejo, que es quien participa, además, como asesora en todas estas lides lingüísticas, da soporte escénico; pues, realmente, no se pretende una representación en sentido estricto.

No sé si merece la pena contestar a la cuestión inicial o si tenemos suficientes elementos de juicio puestos sobre el tapete. La pieza deambula por trozos inconexos entremezclados con las pretensiones particulares de sus intérpretes con una morosidad insufrible. Demasiado empeño en no ahondar en algo más sustancial. ¿Para qué tanto estudio y documentación si lo que se expone tiene poco recorrido?

Helen Keller, ¿la mujer maravilla?

Creación: Chévere

Idea: Chusa Pérez de Vallejo

Dramaturgia, documentación y dirección: Xron

Reparto: Ángela Ibáñez, Patricia de Lorenzo y Chusa Pérez de Vallejo

Espacio escénico: Chévere y Nononon.lab

Iluminación: Fidel Vázquez

Vestuario: Uxía P. Vaello

Espacio sonoro: Xacobe Martínez Antelo

Espacio audiovisual y tráiler: Lucía Estévez

Voz grabada: Iván Marcos

Adaptación a LSE: Ángela Ibáñez y Chusa Pérez de Vallejo

Asesoramiento y apoyo en inclusión: Chusa Pérez de Vallejo

Asesoramiento en lengua de signos: Ramón Costoya Lens

Ayudante de dirección: Borja Fernández

Audiodescripción: Nieves García y Susana Longueira

Programador subtítulos: Iñaki Ruiz

Fotografía: Sabela Eiriz

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Producción: Centro Dramático Nacional, Chévere y Teatre Lliure

Apoyo: Agadic-Xunta de Galicia

Colaboración: Centro Dramático Galego, Concello de Ames, ONCE y Sala Ártika

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 7 de abril de 2024

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La casa de Bernarda Alba

Aires juveniles para esta versión dirigida por Alfredo Sanzol en el Centro Dramático Nacional

La casa de Bernarda Alba - Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Cuanto más se aproximan estéticamente las puestas en escena de La casa de Bernarda Alba más elocuencia pierden, más se quiebra su verosimilitud, más se deshilachan los símbolos. Ahora, si lo que se pretende una y otra vez, de manera torticera e inconsistente antropológicamente es insistir en que el patriarcado continúa entre nosotros, en España; entonces, cualquier erre que erre servirá para que todos aquellos que necesitan alimentar su sesgo de confirmación se queden a gusto. Recordemos que patriarcado no es sinónimo de machismo; sino, precisamente, lo que ocurre dentro de ese hogar comandado por una dictadora. Sigue leyendo

El teatro de las locas

Lola Blasco lleva al Teatro María Guerrero aquella experiencia performativa que empleó el neurólogo Jean-Martin Charcot en La Salpêtriere

El teatro de las locas - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Las últimas temporadas hemos tenido varias aproximaciones a las vivencias de afectados por algún tipo de trastorno síquico. Así, por ejemplo, en dos piezas que funcionan en paralelo estéticamente como Hacer noche, de Bárbara Bañuelos y en Contención mecánica, de Zaida Alonso, hallamos una mirada más posmoderna de la cuestión; mientras que en La madre de Frankenstein, basada en la novela de Almudena Grandes, se da cuenta, precisamente, del sanatorio mental femenino de Ciempozuelos y, además, de las tropelías del siquiatra Vallejo-Nágera. Aunque, evidentemente, la gran correspondencia para lo que nos compete es el Marat-Sade, de Peter Weiss (recordemos las versiones más recientes, la de Luque y la de Atalaya). Sigue leyendo

ANGELA (a strange loop)

Susanne Kennedy plantea un sofisticado viaje alquímico en un espectáculo tan tedioso como fascinante en los Teatros del Canal

ANGELA (a strange loop) - Foto de Julian Röder
Foto de Julian Röder

¿Esta propuesta de Susanne Kennedy es una tediosísima genialidad? Partamos de la casi ausencia de aplausos y del absoluto desconcierto del público en el estreno en los Teatros del Canal. Por fin algo de sinceridad en el respetable. Fuera caretas. Ciertamente, una función costosa, aburrida, sin aparente sentido; pero, paradójicamente, radical en su compromiso estético-filosófico. Si aceptamos la apuesta, tendremos que hacer el esfuerzo de desencriptar un dispositivo que da una serie de claves básicas; aunque nos sostiene en una alegoría de corte posmoderno. Sigue leyendo