Eduardo II, Ojos de niebla

José Luis Gil se lleva las alabanzas del público en el Teatro Bellas Artes gracias a la encarnación de este rey inglés acusado de sodomía

He de reconocer que, a veces, como me ha ocurrido en esta ocasión, un cartel y ciertas fotos promocionales te hacen saltar todas las alarmas y te imponen unos prejuicios que suelen cumplirse en gran medida. El abuso del Photoshop y otras malquerencias estéticas es lo que tiene. Todo fue mejor de lo esperado y el público respondió como no recordaba para una tragedia de este tipo (los aplausos al final de casi cada escena así lo certifican y la larga ovación final, más todavía). No creo que sea para tanto; pero, como vamos a justificar, es una propuesta respetable y entretenida. La gran referencia, por supuesto, es el Eduardo II de Marlowe, de la que hemos tenido varios montajes en la historia reciente de España. Además, en 1991, Derek Jarman dirigió una versión cinematográfica con sus habituales anacronismos. Alfredo Cernuda se ha quedado con el cogollo del relato. Nos lanza in medias res a resolver una amalgama de conflictos que se enmascaran unos con otros. Tenemos la ambición de poder, el ansia de venganza, la expresión de la homofobia (dicho en nuestro lenguaje actual) y todas aquellas perspectivas políticas, religiosas, económicas y morales que conflagran en la Inglaterra del siglo XIV. Tanto se ha centrado en el meollo, que la estructura no deja espacio para un mayor dinamismo o para la participación de un número más considerable de personajes. Tres actos con escasísimas escenas y apenas cinco intérpretes con un papel cada uno. Hay que aceptar que la intensidad dialéctica que se alcanza en algunos momentos está pergeñada con pericia. Cernuda ha perfilado a su protagonista con los tintes de un mesías o de un revolucionario decimonónico o, evidentemente, con las ínfulas libertarias que hoy reconocemos tan bien en nuestra sociedad. Aceptemos el juego dramatúrgico y fantaseemos pensando que un rey inglés pudo expresarse mínimamente así. Porque, digámoslo ya, el auténtico atractivo de esta obra es José Luis Gil y su Eduardo. El actor domina la escena con vehemencia, con soltura sin igual, con un empuje digno de un líder de masas, con verbo irónico y sagaz. Un defensor de los «derechos humanos» avant la lettre que enervan al público, fustigador de las creencias religiosas, de las hipocresías eclesiásticas, del cinismo sexual; vindicador del amor con mayúsculas, y melancólico de un tiempo que no es el suyo. Algo del Cyrano que interpretó Gil tiene este rey inglés. Y tanta brillantez oratoria no hace olvidar que, por lo visto, fue este un monarca un tanto incompetente en su genuino cometido de gobernar. Por otra parte, también despliega su aura sobre el resto de personajes para situarlos en un escalón o dos por debajo de él, tanto en modulación y gestualidad, como en el desarrollo del carácter. Así ocurre con Ana Ruiz quien se queda a medias entre la solemnidad inicial (algo exagerada) y sus ansias de venganza tan malévolas que demuestra después; cuando decide que una esposa, una reina, no puede soportar la humillación de tener un marido imbuido en tales prácticas sexuales. Otro tanto podemos decir de Ricardo Joven, el obispo de Hereford, quien parece incapaz de manifestar el poder que tiene; aunque hay que reconocer que mantiene el tipo en los embates más forzados. Peculiar e interesante es la presencia de Manuel Galiana como el judío Tolomei. Es cierto que está bosquejado con todos los tópicos sobre la usura, la avidez y el mercantilismo más astuto; pero también resulta entrañable y ofrece un contrapunto humorístico muy eficaz. Finalmente, Carlos Heredia se asimila con su Mortimer a su nueva partenaire, la reina Isabel; pues incide en esa carga sentenciosa cuando trama la intriga para derrocar al sodomita. Una de las mayores pegas que se pueden encontrar en el montaje es que se obvie la relación carnal y vivencial con su amante ―del que tanto se habla― Gaveston. Sobre todo, porque la brutalidad con la que muere el rey, requiere un anclaje emocional al que nosotros, como espectadores, también podamos asirnos. La factura del espectáculo es correcta y sencilla; pues la escenografía de Juan Manuel Zapata es directa y se concreta con ese grandioso trono de hierro que se sitúa en el centro y que, luego, resulta tan versátil; y que la iluminación de Juan Ripoll consigue marcar muy bien los momentos más espléndidos con aquellos definitivamente tenebrosos. Además de las proyecciones de Álvaro Luna, que ilustran las situaciones más angustiosas de la guerra y de la reclusión. Otro asunto bien distinto es el vestuario; ya que se mueve entre lo esperable y algunos aderezos poco convincentes, como la llamativa corona y, fundamentalmente, una peluca que desluce totalmente a José Luis Gil. Aunque es una función algo antigua en los detalles artísticos y que la dirección de Jaime Azpilicueta favorezca un estatismo algo pesado, cuando el amontonamiento de nombres, de linajes y de familias nos aleja del nudo; posee verdaderos instantes de candor dramatúrgico que hace de este Eduardo II, Ojos de niebla una obra que se puede disfrutar.

Eduardo II, Ojos de niebla

Autor: Alfredo Cernuda

Dirección: Jaime Azpilicueta

Reparto: José Luis Gil, Ana Ruiz, Ricardo Joven, Carlos Heredia y Manuel Galiana

Ayudante de dirección: Maximiliano Lavía

Música original: Julio Awad

Diseño de iluminación: Juan Ripoll

Diseño escenografía: Juan Manuel Zapata

Figurinista: Covadonga Orviz Díaz

Proyecciones: Álvaro Luna

Caracterización y maquillaje: Mauro Gastón

Vestuario: Sastrería Cornejo

Fotografía: Moisés Fernández

Diseño de cartel: Manuel Vicente

Producción ejecutiva: Ana Ruiz Domínguez

Distribución: Pentación Espectáculos

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 25 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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