El drama rural de Jacinto Benavente se embellece de la mano de Juan Carlos Rubio y de Natalia Menéndez

¿Qué podemos hacer con un final tan desastroso? ¿Deberíamos cerrar los ojos, obviarlo, y quedarnos con todo lo acontecido anteriormente? No nos quedará más remedio si queremos salvar este montaje en nuestra memoria. La inverosimilitud, la inconsecuencia y hasta el visto y no visto irrumpen en la última escena de esta versión firmada por Juan Carlos Rubio y por Natalia Menéndez. Nada que no esté escrito por don Jacinto Benavente allá por 1913; pero requeriría otro ritmo, otro cuidado. Si ante una tragedia así el público se carcajea, algo está mal. Puedo certificar que en el espectáculo que dirigió Joaquín Vida y que protagonizaba Nati Mistral en el año 2000 ocurría igual. Nuestro Nobel debería ser enmendado, ya que aquí se vuelve a caer en el mismo error. Parece una farsa, un vodevil. Sigue leyendo



Desgraciadamente, tanto el dramaturgo Mark Rosenblatt, como los responsables de traernos este proyecto tan pronto a España, han tenido el don de la oportunidad. Los bombardeos sobre Gaza, esa terrible matanza cometida por Israel, añadidos a los últimos acontecimientos han devuelto al debate internacional conceptos como sionismo, responsabilidad de los judíos, antisemitismo y toda una serie de aspectos consabidos y de tan ardua solución. Con esta misma tesitura se encontró Roald Dahl en aquel turbulento verano de 1983. 
La grandiosidad clasicista que destila esta propuesta de Juan Carlos Pérez de la Fuente contrasta notablemente con aquella que presentó en el CDN 
