El pesimismo alegre

Mario Gas se encarna en el pedagogo Henri Roorda para dictarnos su larga carta antes del suicidio cometido hace cien años

Foto de Javier Naval

Convengamos que es muy excepcional que un hombre acepte de buen grado su suicidio, cuando aún cuenta con buenas facultades y no está sumido por la desesperación. Nos puede parecer que nuestro protagonista recurre, de alguna manera, a diversos valores estoicos como los propugnados para este tema por Séneca. Aunque, como veremos, nos encontramos con un pedagogo imbuido por la fascinación hedonista. No creo que debamos especular demasiado por las razones de tal determinación, sino que debemos aprovechar para reflexionar por el sentido de la vida, tal y como señala Albert Camus al inicio de El mito de Sísifo, precisamente preguntándonos por qué no nos suicidamos.

El montaje se origina en 2003 y se retoma en estos momentos, cuando se cumplen los cien años de aquel acontecimiento. Mario Gas es mayor para interpretar ahora este papel. Observamos a un anciano, no al tipo de casi 55, delgado y de gesto enérgico que podemos identificar en algunas fotos. Evidentemente, el experimentado actor le da un tono sentencioso, discurriendo por derivas de ironía socrática. La edad para este caso resulta verdaderamente determinante. Que alguien que se va acercando a los ochenta años plantee su «retirada» puede resultar bastante honorable y comprensible. Este hecho, desde luego, compromete el trasfondo de la obra y es una pega importante. Añadámosle otros detalles que parece que no terminan de encajar con lo verosímil, tanto con el propio pensador habitante de Laussane, como con un ideal que se aproxima al anarquismo individualista. Pienso en Max Stirner, por ejemplo, o en Émile Armand; y en la veta nihilista de Nietzsche. Sostiene Roorda: «Siento la necesidad de defender al Individuo egoísta frente a las exigencias de la Moral». O sea, me falta una pulsión de entusiasmo que perfile el título de la función.

Está claro que el texto de referencia aborda una serie de cuestiones sobre nuestro devenir, sobre el comportamiento de la gente y otros aspectos relevantes; pero sus escritos sobre el humor me parecen ineludibles para configurar su propia personalidad. No hay más que fijarse en su ensayo La risa y los que ríen, donde elabora un recorrido por las consideraciones de múltiples filósofos. Me pregunto y especulo: ¿han acertado Fernando Bernués, Mario Gas y Vicky Peña con el perfilamiento de su carácter? Dentro de las profesiones o aficiones de este ser polifacético está la de humorista. Es que en escena está el estereotipo del maestro que, estando de vuelta, es capaz de hacer alguna gracia sobre su propio fallecimiento. Son unas sencillas pinceladas. Su discurso es un pesimismo influido por Schopenhauer, sin embargo, «alegre». No obstante, habría que imaginárselo, quizás, cómico.

En 2017, con la publicación de La mirada de los peces, el novelista Sergio del Molino recordó el día que su ex profesor de filosofía, un ser humano auténticamente sabio que estaba postrado en una silla de ruedas, decidió que se largaba de este mundo. La idea de morir dignamente, de la eutanasia, de su legalización, compiten en minoría con la cantidad de suicidios que acontecen al año en España, casi cuatro mil en 2024. Es decir, tal y como hemos ido comprobando en los últimos años, el asunto ha saltado a la palestra y se ha ido alejando del tabú. La ristra de obras va agrandándose como hemos comprobado de un tiempo a esta parte: El ruido de Júpiter, El dios de la juventud o Sabes que las flores de plástico nunca han vivido, ¿verdad?, de los propios Tanttaka. Solo son unos ejemplos que circundan ese cajón desastre de la salud mental. Muy distinto es el enfoque de la templanza.

Inicialmente, la lluvia de fondo marca una atmósfera melancólica. Es un elemento que favorece la credibilidad. Ante nosotros surge un señor vestido elegantemente que se planta en el centro. Clamará, tal y como le dejó escrito a un amigo, que tiene pensado suicidarse al día siguiente. Esto ocurrió el 7 de noviembre de 1925. Incluso se planteó convertir su propio fin a través de un disparo en el pecho en un espectáculo. Este docente, que firmaba artículos con el seudónimo de Balthasar, repasa en este breve manuscrito póstumo diferentes temas que le competen filosóficamente. Ante todo, una transcurso sencillo y repleto de placeres. El vino, le gusta el vino, asevera. Y así procede nuestro actor en las tablas. Debemos elucubrar sobre sus deudas y, sobre sus gastos desmedidos. Tenemos a un vividor en el amplio significado de la palabra. Él ha sido educado en la austeridad y en el rechazo al dinero; pero ha comprendido que este puede hacerte la existencia más fácil. Quizás una de sus sentencias clave sea: «Necesito percibir, en el futuro inmediato, instantes de exaltación y de alegría. Solo soy feliz cuando adoro algo. No comprendo la indiferencia con la que tantas personas soportan todos los días esas horas vacías en que no hacen otra cosa que esperar». En cierta medida podemos hallar algún paralelo con Paul Lafargue, autor del Derecho a la pereza, que también se suicidó según lo había planificado.

Al final, en la reconstrucción que debemos realizar sobre este planteamiento, nos topamos con un hombre ─padre de dos hijas─ que se dirime en una bipolaridad: «Es necesario que en mi vida haya frecuentes momentos deslumbrantes». Reflexionaremos sobre lo escuchado. En lo dramatúrgico, poco: lluvia.

El pesimismo alegre

Autor: Henri Roorda

Dirección y espacio escénico: Fernando Bernués

Dramaturgia: Fernando Bernués, Mario Gas y Vicky Peña

Reparto: Mario Gas

Vestuario: Antoni Belart

Iluminación: Xabier Lozano

Ayudante de dirección: Montse Tixé

Producción: Paola Eguibar

Producción ejecutiva: Ane Antoñanzas

Traducción: Miguel Rubio

Producción: Tanttaka Teatroa

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 2 de noviembre de 2025

Calificación: ♦♦

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