Poeta (perdido) en Nueva York

Jesús Torres ofrece un espectáculo visualmente atractivo para configurar a un Lorca confuso

Si uno compara este espectáculo con Puños de harina, comprobará que Jesús Torres es un tipo que pone toda la carne en el asador, que ofrece entusiasmo y que habla de tú a tú al espectador. Pero aquí hablamos de Lorca, y yo ya no sé en qué posición situarme. Lo que lleva ocurriendo con el dramaturgo granadino en las últimas décadas es digno de estudio. Es una fascinación desmesurada. Es el tótem al que se agarran muchos (todos) para seguir viviendo del teatro. Es un esperpento, una deformación, una santificación, es una nebulosa que se adapta a cualquier cuerpo. Hace unos días me refería aquí a La comedia sin título, montaje que indagaba con buenos fundamentos documentales en las horas previas a su fusilamiento. La temporada que acaba de comenzar regresará a las obras magnas del insigne. No obstante, es necesario tomar como referencia la performance Poeta en Nueva York, de Carlos Marquerie, por su riesgo y evidente dificultad. Pero también a El público (recordemos aquella dramaturgia de Rigola), porque fue concebida en el año y pico que el autor pasó en la ciudad estadounidense y en su paso por Cuba.

Sinceramente, uno puede valorar la predisposición de Torres, quien es responsable del texto, de la dirección y de la actuación. Se percibe ese hálito de buena didáctica, de hacerse comprender para los jóvenes. Igualmente, podemos apreciar ─si el espectador no cae en los extremos de las gradas laterales─ la escenografía giratoria de Juanjo González Ferrero. Artefacto atractivo que asimilamos a un reloj y a un espejo oracular donde se proyectan distintas fotografías. Quizás se echa en falta un empleo más acendrado de los dibujos que el propio Lorca realizó y que denotan su amargura. Luego, además, la música Alberto Granados Reguilón genera mucha vivacidad. Y este es el meollo. Creo que la espectacularización de este montaje, esa ansia por convertir aquella estancia en una aventura, en un descubrimiento, nos aleja de la hondura poética y de la incursión compleja en la estética surrealista. No es una cuestión de trastorno, de ensoñación y o de pulsión onírica, sino de poner en práctica los procedimientos de la vanguardia, y esto implica solapamiento de imágenes a través de la metáfora, por ejemplo.

Y sí, insisto, el actor, que se presenta en el preámbulo con una entrañable anécdota sobre sus primeros acercamientos al artista, deja su huella con pundonor ─flojea un tanto en su interpretación de cabaret─. Sin embargo, me cuesta ver a un hombre treintañero, con su propio bagaje personal, dolido por su ruptura con Emilio Aladrén, y dispuesto a la experimentación formal, a indagar en nuevas formas escriturales verdaderamente difíciles. No exijo, por supuesto, una imitación; pero sí una compostura menos juguetona o juvenil. Tiene algo de hollywoodiense, de espectáculo de variedades con aire de feria, como ese autómata-vidente ­─como en la película Big─ que te lee el futuro si le introduces una moneda (así se nos recibe antes de entrar en la sala). El tumulto de algunos pubs, la inconcreción de otros personajes ─sus amigos españoles aposentados allí─, o ese joven, Lorenzo, que no termina de definirse. De hecho, ya desde el inicio parece que su postura es la propia de un adolescente entusiasmado porque va a salir de su tierra. Esto ya lo habían evidenciado en 1919, cuando se marchó a Madrid, en aquel proyecto titulado Federico hacia Lorca, de La Joven. Ahí tenía justificación esa actitud. Aquí lo contemplamos escribiendo para pedirles dinero a sus padres y recibiendo la respuesta de su madre, a quien, por cierto, «conocimos» hace un par de años en ese mismo espacio (Lorca, Vicenta).

Por otra parte, claro, los poemas brotan con mucho ahínco y van trufando la función para ofrecer un hilo conductor. La «Oda a Walt Whitman» con toda esa braveza crítica de la homosexualidad ─el tema tendría que dar para más todavía en la obra─ o el célebre «El rey de Harlem». También habrá versos de otros poemarios y esto hará que se suavicen los modos, y se favorezca la comprensión. Todavía, por momentos, la propuesta se refrena y la reflexión sobre las gentes, sobre los trabajadores, los negros y esas consideraciones de solidaridad y de consignas socialistas se plantean con pasión y tristeza. Son pizcas más genuinas, más coherentes con aquel lugar y aquella época, máxime si, como pudo vivir, aconteció el crac del 29 y su consiguiente Gran Depresión.

Por lo tanto, me pregunto qué idea sobre Lorca extraerán los asistentes menos avezados, los que, sin duda, habrán oído hablar del autor andaluz en sus clases. Quizás la idea no era adentrarse en un libro concreto ─aunque el título sería equívoco─, sino transmitirnos aquella experiencia tan fundamental. A pesar de ello, pienso que falta seriedad, contrición y un diálogo más intenso con la angustia.

Poeta (perdido) en Nueva York

Texto, dirección e interpretación: Jesús Torres

Con la colaboración actoral de Jorge Enrique Caballero, Eva Rodríguez y Silvia Petrelli

Diseño de iluminación: Jesús Díaz Cortés

Escenografía y vestuario: Juanjo González Ferrero

Espacio sonoro: Alberto Granados Reguilón

Videoescena: Leonardo Lapeña

Coreografía: Mercé Grané

Coordinación técnica y técnico audiovisuales: Antonio Villar

Ayudante de escenografía: Ione Teso

Diseño de suelo: Carlos Brayda

Robótica: Sonia Copacalle

Construcción giratorio y estructura: Readest Decorados

Construcción elementos y utilería: Metanoia Artes Escénicas, Guisante Taller

Confección telón: Sfumato

Impresión suelo: Scnick

Vídeo: Ángela Ugalde

Producción: Iván Flores

Fotografía: Moisés F. Acosta

Maquillaje: Olaya Moreno, Irene Fernández

Diseño gráfico: En bl_nco

Comunicación: Raquel Berini

Gamificación: Yellow Jacket Videogames Studio

Produce: El Aedo Teatro

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 19 de octubre de 2025

Calificación: ♦♦

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