14.4

Sergio Peris-Mencheta y Juan Diego Botto elaboran un montaje infantilizado para que Ahmed Younoussi nos relate la compleja peripecia que lo trajo a España

14.4 - Vanessa Rabade
Foto de Vanessa Rabade

Ante todo, el deseo de que Sergio Peris-Mencheta se recupere de su enfermedad. Nada hay más importante que eso. Ahora, no queda más remedio que enfrentarse a lo acontecido. Tercera colaboración con Juan Diego Botto, después de Una noche sin luna y Un trozo invisible de este mundo. Creo que no han hallado una dramaturgia más consistente, madura y eficaz en este 14.4 (referencia a los kilómetros de distancia en el Estrecho).

Quiten la palabra «hostias», que se repite, aunque afablemente, a cada rato, y la función estará destinada a un público de diez años, menos, incluso. No es esta una afirmación baladí, pues el lenguaje, las interpelaciones al auditorio, las preguntas que se lanzan como un examen de cultura general, el tratamiento excesivamente próximo y conciliador que, a su vez, intenta ser moralista, ahorma el espectáculo. Ustedes deben sentirse verdaderamente unos asesinos, unos colonialistas, unos esclavistas y unos, en definitiva, inmorales, pues no tienen más que sostener su teléfono móvil para intuir en él «coltán de sangre»; ya que muchos menores extraen este mineral de minas en países africanos. Nuestra existencia está repleta de contradicciones insoportables. ¿Por qué esta contextualización tan maniquea?

¿Qué puede hacer un asistente adulto de un espacio como el Matadero, donde se presume que los espectáculos deben y pueden ser más elaborados, más exigentes en lo artístico, cuando se procede con gestos como estos? Atiendan: jueguecito admonitorio para que el personal apague el móvil, con ensayo para un posible abucheo si alguno sonase durante la función. Más: descubrir en un mapa de África distintos países, zonas… Más, más: ¿alguien sabe…?: fechas a tutiplén de la historia (seleccionadas con «finura»). Otro juego más: adivinar ─con carnet de identidad probatorio─ qué grandes personalidades no han nacido en España (con el rey Juan Carlos a la cabeza, junto a Emilio Aragón) para probar, hete aquí, que los mucho españoles también pueden ser extranjeros. Bienvenido a las democracias liberales. Más todavía: tratar torticeramente el tema de la esclavitud en la consabida acusación al hombre blanco y europeo. Claro, por supuesto, ¿quién puede negar el genocidio en el Congo promovido por Leopoldo II? Lo que chafaría el argumento sería meter en el discurso el comercio de esclavos propiciado por los árabes, por los berberiscos… Es decir, para contar el relato de Ahmed Younoussi en un teatro no hace falta esputarnos a todos nosotros la plena culpabilidad; porque todo resulta mucho más complejo que todo eso. Si no se va a desentrañar esa complejidad, ya que la trama ansía discurrir por la emotividad, es mejor ajustarse a la cruda vivencia de un niño. Víctima de todas todas, si no ha recibido el cariño de sus padres, ni de su sociedad, ni, siquiera, de aquellos que defienden unos valores (nosotros); pero que luego ponen pegas de manera desnortada.

¿Todo esto lo hace el chaval protagonista? No, esta es la fábula reconfigurada de un esquema salvífico. Un chiquillo acomoda, como cualquiera, sus recuerdos y se revela a posteriori en el diálogo con los adultos. Eso sí que sería interesante: cómo, pasados los años, ha tenido que resolver cuestiones de gran calado. No obstante, en realidad, esta propuesta se ajusta a lo esperable por unos espectadores concretos.

Ahmed Younoussi no hace de él, se empeña en ser él. Mucho tendría que evolucionar esta obra para que su actuación no fuera tan plana; puesto que apenas encontramos una representación de la crudeza. Un chico de Ksar el Kebir (Marruecos) que recuerda con una sonrisa irónica cómo su padre le daba con la zapatilla, cómo lo maltrataba, cómo su madrastra lo despreciaba, cómo tuvo que trabajar en un taller desde muy pequeño y cómo luego tuvo que dedicarse a vender distintas mercancías hasta que acabó solo en las calles de Tánger (véase, para hacerse una idea, Cafarnaúm, el film de 2018, de Nadine Labaki).

Hallamos momentos que deberían conmocionarnos hasta el súmmum; sin embargo, el hecho de que llevara comida a unos muchachos que dormían en un callejón transcurre en el cuentecillo como un avatar más. Unas patadas a un balón, traficar con esto y aquello, buscarse la vida como un pícaro deberían ser tan fascinantes como tenebrosos en escena. Nosotros requerimos literatura que rellene los huecos con la elucubración de cómo pudieron ser algunas de las situaciones más angustiosas, y que nos sirvieran para imaginar otras tantas hazañas que acontecen hoy en día de modo similar. Pero el tono de afabilidad no baja y solo queda que saque la lagrimilla al público a través de una canción de David Bowie.

Hablamos de intentar llegar a España en siete ocasiones y conseguirlo en la octava. De colarse en un hueco de la cabida que no todos los camiones poseen. De esperar hasta que la suerte le sonría y pueda alcanzar de forma sorpresiva Barbate. Y más adelante Madrid. Y después encontrarse con su ángel de la guarda, Borja, en el centro de menores, donde estuvo interno, y que falleció. ¿No hubiera merecido atender mucho más a aquellas vivencias? Y de cómo estudió interpretación con Cristina Rota (la madre, como saben, de Botto) o cómo coincidió con Peris-Mencheta en el rodaje de una película. Demasiado fugaz todo. El aire de conferencia emotiva no se frena y los matices están ausentes. Las escenas no se elaboraban con dramaticidad y a cada poco el didactismo nos trata como a infantes. Con esas imágenes en la pantalla de la rácana escenografía de Alessio Meloni.  Ni siquiera la muerte de su amigo Achraf nos alcanza con suficiente enjundia.

He conocido alumnos que han pasado por circunstancias parecidas. Es terrible. Y por eso el teatro debe afrontar hechos así con madurez. En la última cinta de Mateo Garrone, por poner un ejemplo cercano, Yo capitán, que también tiene sus dosis de ingenuidad, muestra cómo dos jóvenes senegaleses se juegan la vida atravesando el desierto para llegar a Italia. Vemos la muerte, la violencia, la extorsión… O sea, qué punto de vista se adopta en un drama resulta más que esencial. Si es la visión de un niño en primera persona, es evidente que los aspectos geopolíticos se le escapan. Si, por el contrario, se quiere introducir una carga explicativa ─como se ha decidido hacer─, entonces un espectador culto no puede aceptarlo. Mucho me temo que será nuevamente el emotivismo quien dicte sentencia favorabilísima a esta función.

14.4

Dramaturgia: Juan Diego Botto, Sergio Peris-Mencheta y Ahmed Younoussi

Dirección: Sergio Peris-Mencheta

Reparto: Ahmed Younoussi

Diseño de espacio escénico: Alessio Meloni (AAPEE)

Diseño de iluminación: Javier Ruiz de Alegría (AAPEE)

Diseño de vestuario: Elda Noriega (AAPEE)

Diseño de videoescena: Ezequiel Romero

Composición música original: Joan Miquel Pérez

Diseño artístico: Eva Ramón

Diseño de sonido: Benigno Moreno

Dirección de producción y producción ejecutiva (Barco Pirata): Nuria – Cruz Moreno

Adjunto dirección de producción (Barco Pirata): Fabián Ojeda Villafuerte

Ayudante de dirección: Óscar Martínez-Gil

Agradecimientos: Teatro Auditorio Escorial, Rozalén, Ismael Guijarro y Diana Palazón

Una coproducción de Barco Pirata y Teatro Español

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 28 de julio de 2024

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Un comentario en “14.4

  1. Creo que asumieron que en las gradas tendrían a los votantes de Vox y del PP y se dedicaron constantemente a aleccionarnos con dedo acusador. -Apaga el móvil. -Tenme pena. -Siéntete culpable. -Llora un poco más. Todas esas cosas las sé hacer por mi mismo, cuando corresponde. El teatro de la subestimación constante del público. Una pena.

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