El nuevo espectáculo de La Zaranda es un viaje quijotesco sobre las miserias del teatro

Después de La batalla de los ausentes, que supuso un revulsivo (otro más) en La Zaranda, quizás, este Manual para armar un sueño se quede un tanto escueto en relación a la profusión de temas que parecen insinuarse. No es solo que sea una función breve, es que no termina de ahondarse más en ese proceso de autocrítica (y crítica) de la farándula y del mundo del espectáculo ─en gran medida lo habían hecho en El desguace de las musas─. De alguna manera, sirve este proyecto de prontuario, de materialización y expresión casi prescriptiva de su propia filosofía. En este sentido, es de una coherencia absoluta y debe quedar como una obra significativa en cuanto a su despliegue teórico-práctico. Sin embargo, en cuanto al relato, a la interrelación de los personajes, podrían estar dando vueltas por esos vericuetos regodeándose con los interminables vicios que se podrían evidenciar.
Podemos apreciar tres partes más o menos diferenciadas. El prólogo ya nos sitúa frente a una especie de mineros que buscan con su cedazo algún mineral valioso. Con lentitud, como siempre ocurre, van desentrañando un mundo cavernario, alegórico y platónico. Se adentrarán en algo así como en el círculo del Infierno de Dante para enjuiciarse, para recetarse una normativa con la que idealizar, con la que soñar. Sería, realmente, un antimanual, pues el catálogo de rémoras se muestra con avidez; aunque linealmente. Ahí están las consabidas señas de identidad de la compañía, esa humildad, ese desprecio de lo material, propio de Diógenes. Vagabundos que se arreglan con cualquier cosa. No hay más que ver la escenografía, con esos tarabancos, esos estaribeles, el estrado tan endeble. Maderos, palos, cartelones, harapos,… Sin embargo, cuando deben convertirse en tipos elegantes, se portan la chaqueta con la percha puesta, para propiciar la comicidad (y gafas de modernos), mientras el diablillo, Enrique Bustos, acompaña a los viajeros, con gran ironía y aire de guasón. Un suave seductor; pues nuestros protagonistas son, como no podía ser de otra manera, unos perdedores. Parecerá un tópico; pero también creo que ninguna otra imagen hubiera sido más coherente que terminar, como hacen, subidos en su particular caballo Clavileño, con los ojos vendados. Su mundo de la imaginación tendrá múltiples caras, desde la deformada y esperpéntica, cuando se enfrentan a esa puerta chapada y ferruginosa en la primera etapa (Orfeo reflejándose en la película de Cocteau), hasta la confusa vanidad de la egolatría, cuando repasan sus grandes éxitos y algunas de las frases más significativas de los montajes de temporadas anteriores que se vislumbran a través de los carteles. Son unos monigotes, unos inocentones; pero su sentido quijotesco y sanchopancesco nos conmueve; porque no tienen maldad. Sencillamente es que la lección está clara, cuando se adentran en esa feria de la hipocresía. Resulta, en cualquier caso, gracioso cómo se abren tantos caminos hacia ninguna parte como alfombras rojas que se desenrollan. Para luego atravesar por el fango de la burocracia y de esa insolencia institucional que tan poco entiende de las peculiaridades del arte.
Finalmente, es la emoción romántica del riesgo, del afán, de la entrega máxima a pesar de que el fracaso sea lo más probable. «Acabaron con el espíritu, hicieron del arte un pasatiempo». Esta es la frase que mejor define la pieza. Quizás el gran santo y seña de Eusebio Calonge en su escritura. ¿Cuántos grupos teatrales son más fieles a sus principios y horadan y horadan lo insondable a través de sus esencias? Gaspar Campuzano y Francisco Sánchez (Paco) se complementan perfectamente en un diálogo fértil, brioso, por el que pasean Segismundo y hasta Bernarda. La butaca convertida en trono frágil para las futuras estrellas de la actuación.
La Zaranda sigue firme en su andadura. Este montaje posee un cariz de contemplación, un deseo por observarse y analizarse en relación a todo ese cosmos de la farándula. Quizás un pequeño paso atrás para coger carrerilla hasta la próxima andanada de realidad.
Autor: Eusebio Calonge
Dirección y espacio escénico: Paco de la Zaranda
Reparto: Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos
Dirección de iluminación: Peggy Bruzual
Diseño de vestuario: Encarnación Sancho
Dirección artística: Morgan Surplus
Ayudantía de dirección: Andrea Delicado
Realización artística: Eduardo Saborido
Fotografía y cartel: Víctor Iglesias
Una producción de La Zaranda, Teatro Inestable de Ninguna Parte con la colaboración de Teatro Español, Teatre Romea y Teatro de Rojas
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 17 de marzo de 2024
Calificación: ♦♦♦
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