Hedda

Aurore Fattier entremezcla a Ibsen con Chéjov en un montaje esplendoroso de cine y teatro cargado de metateatralidad

Hedda - Foto de Claire Bodson
Foto de Claire Bodson

Debemos asumir con normalidad el estilo que aúna el cine con el teatro (el film performance). No paran de llegarnos cada año propuestas de este cariz y ya podemos hacer diferentes comparativas sobre su meticulosidad, sobre su trasfondo o, incluso, sobre su insignificancia; si los procedimientos no vienen a cuento. Esta Hedda se sitúa en la senda de la limpieza visual. No descubrimos a camarógrafos inmiscuyéndose entre los intérpretes como ha ocurrido en otras ocasiones (véase Orlando, de Katie Mitchell). Parte de lo que vemos en pantalla se representa detrás y, como siempre, uno especula con la posibilidad de que no sea así, y lo que observemos sea una «simple» grabación, y el elenco esté descansando gustosamente en los auténticos camerinos de los Teatros del Canal. La referencia más directa que nos viene a la mente (habría otras) es Pieces of a Woman, de Kata Wéber.

Hace unos meses revisitábamos este clásico de Ibsen de la mano de Rigola en su particular visión encajonada (hace años Cayetana Guillén Cuervo había encarnado a esta desgraciada). Ahora nos colocamos en una myse in abyme para ir más allá de la obra representada, ensayada, en este caso. Podemos apreciar la estela de Noche de estreno, de John Cassavetes. Recordemos que su Under the influence tuvo su propia versión de esta mezcla de film y performance en estos mismos teatros. Como así ocurre, evidentemente, con el carácter bergmaniano en Después del ensayo. También, respecto a este, el año anterior se nos deleitó con El silencio (más film performance).

El juego que se establece entre la sala donde se ensaya que, inicialmente, la contemplamos de frente y que, a continuación, se traslada mecánicamente hacia atrás, mientras avanza el camerino y el habitáculo donde descansar y tomar un refrigerio, resulta chocante y reclama de nosotros esa multiplicación de la atención a la que estamos hoy tan acostumbrados. No solo debemos fijarnos en la gran pantalla (y leer los subtítulos), sino también en otra pequeña que se inserta dentro del decorado; además, por supuesto, del propio movimiento de la cámara. Es el ilusionismo que nos fascina por su viveza, como un laberinto real y metafórico por donde discurren esos individuos esquizofrénicos que portan ropajes del XIX. Luego, para el desenlace, volveremos a la oscura sala de ensayo, donde se sitúa una casa de muñecas de referencia obligada.

Quien termina por cautivarme soberanamente es el padre, quien nos revela que ha cuidado de su esposa, que es quien más se preocupa de su nieta, a la que llama hasta cuatro veces al día, sufre por la muerte de su hija y a la otra, que tiene presente, la apoya con una composición musical que no consigue terminar; porque todo el mundo se empeña en vivir en permanente griterío. Qué descomunal la expresión de Carlo Brandt con todo ese pesar de hombre complejo, anciano, ante su soberbia heredera, que se oculta bajo la mesa, aplacada por tamañas sinceridades. Luego habrá otra escena, repleta de surrealismo, locura y ebriedad, cuando este músico se desborde con su furia ante la impotencia de la vida.

Maud Wyler, una joven y rigurosa directora de teatro que apenas cuenta con unos días para dejarlo todo listo es quien se alza con el protagonismo. Su transformación y la evidencia de sus cuitas configuran una trama absorbente. Todo en ella es dialéctica. Con su padre, con su amante, con su sobrina y con esa actriz, Anna Schaeffer, que hace de Hedda y que tanto se parece a Esther, la fallecida hermana que también era intérprete. El fantasma está ahí, paseándose entre bambalinas, con los nervios del estreno y a punto de perder su trabajo, quizás, ya que está embarazada, como la propia burguesa del dramaturgo noruego.

El asunto se alargaría demasiado (y eso que alcanza las dos horas y media); pero definitivamente querríamos saber más de ese tal Stéphane, que interpreta Fabrice Adde, tan inquietante y ambiguo. Saber hasta qué punto echa en falta a esa chica que tienen interna, y que es su hija. O de otros, por supuesto, como Yoann Blanc, que hace de Jørgen Tesman y de Grebe Kojek, un tipo algo timorato ante la potencia de su amada (la jefa) y que aguanta el envite sexual de su compañera Valentine Gérard, que hace, claro, de Thea Elvsted, con soltura libidinosa. Son algunos de los vasos comunicantes internos que suelen darse en estas ficciones metateatrales que aquí fluyen con elocuencia.

Sébastien Monfè y Mira Goldwicht han logrado escribir un texto reverberante. Con la base de Ibsen han forjado un encuentro chejoviano con el presente. El tiempo y los avatares de ritmo vital van horadando en las apariencias para deslumbrarnos con un borbotón de sentimientos contrapuestos.

Hedda Gabler puede representar a esa mujer liberada, independiente (más allá de que se acabe de casar), que se ahoga en el nihilismo. Nuestra directora pretende no caer en la desesperación (en una entrevista telefónica afirma ser feliz) a través de la creación o a través de la exigencia totalitaria que soterre sus más profundos dolores. Observamos, sencillamente, que aquella premisa que lanzaba Albert Camus en El mito de Sísifo, continúa vigente. El planteamiento de Aurore Fattier es sofisticado y nos permite inmiscuirnos en el entresijo de realidades y de invenciones a través de perspectivas que se nos escurren inevitablemente, tanto como la vida de nuestra malhadada.

Hedda

Dirección: Aurore Fattier

Reparto: Fabrice Adde, Delphine Bibet, Yoann Blanc, Carlo Brandt, Lara Ceulemans, Valentine Gérard, Fabien Magry, Deborah Marchal, Anna Schaeffer, Alexandre Trocki y Maud Wyler

Concepto, dirección y puesta en escena: Aurore Fattier

Texto y dramaturgia: Sébastien Monfè y Mira Goldwicht, basado en Hedda Gabler, de Herrik Ibsen

Asistentes: Deborah Marchal, Lara Ceulemans

Escenografía: Marc Lainé, en colaboración con Stéphane Zimmerli y Juliette Terreaux

Cinematografía: Vincent Pinckaers

Vestuario: Prunelle Rulens, en colaboración con Odile Dubucq

Peluquería: Isabel García Moya

Maquillaje: Sophie Carlier

Consultora de vestuario: Anne-Sophie Vanhalle

Iluminación: Enrico Bagnoli

Composición musical: Maxence Vandevelde

Directora técnica: Nathalie Borlée

Administración general: Dylan Schmit

Regiduría: Manu Savini

Regiduría de sonido: Jérôme Mylonas

Dirección de vídeo: Gwen Laroche

Regiduría de iluminación: Jean-François Bertrand

Decorados y trajes: Théâtre de Liège workshops

Aprendices: Mégane Arnaud, Edouard Blaimont, Mahi Hadjammar y Berktan Yurdover

Producción: Théâtre de Liège y DC&J Création

Coproducción: Solarium Asbl, Théâtre National Wallonie-Bruxelles, Théâtre Royal de Namur, Théâtre de La Cité-Cdn Toulouse-Occitanie, Comédie de Valence-Cdn Drôme-Ardèche, the Théâtres de la ville du Luxembourg, MARS Mons Arts de la Scène, Comédie de Reims, Prospero – Extended Theatre, Tax Shelter del gobierno federal belga, Inver Tax Shelter y Club des Entreprises partners del Théâtre de Liège

El espectáculo se realiza dentro del proyecto internacional “Prospero Extended Theatre”, gracias al apoyo del programa “Europa Creativa” de la Unión Europea

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 7 de febrero de 2024

Calificación: ♦♦♦♦♦

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Un comentario en “Hedda

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