El idiota

Una ajustada versión de la novela de Dostoievki sobre la posibilidad de un «hombre bello» para la sociedad

Gerardo Vera no tuvo suficiente con abordar al Dostoievski de Los hermanos Karamázov, una obra con mayores tensiones internas y trascendentes que esta que ahora nos compete. Porque El idiota, cuando su argumento se reduce al acontecimiento teatral y la trama se vertebra con un movimiento tan eficaz como poco asentado en la maduración de los sentimientos, da una sensación ―sobre todo si nos fijamos en el tramo final― de convertirse en un vaivén oscuro y bizantino sobre las impotencias del amor haciéndola más romántica de lo que verdaderamente es. Se puede comprender la elección de Fernando Gil para encarnarse en el príncipe Myshkin, desde una perspectiva paradójica; quiero decir, colocar al actor más alto y grande para interpretar al personaje más endeble. Pero ciertamente no me parece lo más coherente. Por ejemplo, si nos detenemos en dos de las adaptaciones cinematográficas más sobresalientes, la de Kurosawa y la del ruso Ivan Pyryev, el efecto de observar a unos jóvenes veinteañeros, machacados por la epilepsia y caracterizados naturalmente por la fragilidad y una bonhomía exultante por momentos. Fernando Gil, desde luego, realiza un trabajo excepcional y se entrega a fondo con una forma de expresión vocal que permanentemente nos indica que es un individuo que se piensa todo lo que va a contar. Sigue leyendo

El cojo de Inishmaan

Llega a Madrid la versión de la exitosa obra de El cojo de Inishmaan

cojo_inishmaan_escena_07La tragicomedia de Martin McDonagh que Gerardo Vera trae al Teatro Español se vertebra mediante una capa de humor cáustico que sirve de parapeto a los habitantes de Inishmann. Las exageraciones caricaturescas llevadas al límite de la crueldad, la colección de coletillas, de motes, de comparaciones odiosas, de sinceridad hiriente esconden la dureza de una tierra de la que da buena cuenta el famoso realizador Robert J. Flaherty (conocido por su cinta Nanuk, el esquimal) en un documental que pretende rodar en las islas de Arán. La aridez del terreno, la humedad y el viento, la dureza, en general, de ese clima contrasta con las vidas aparentemente simples de los personajes de El cojo de Inishmann; más, incluso, si la escenografía peca de austera. Por eso, quizás, no seamos muy conscientes del modo de vida de aquellos individuos que no paran de tirarse los trastos a la cabeza y que acaban siendo gentes entrañables, para un lugar demasiado agreste. Sigue leyendo