Escena – Fin de temporada 2021-22

Balance sobre la temporada teatral 2021-22 que finaliza ahora y que ha estado sometida por las distintas medidas de seguridad derivadas de la pandemia. Sobresale la obra El Golem de Juan Mayorga, dentro de un panorama algo timorato

El Golem - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

La eterna crisis del teatro se acentúa sin parar y parece que los espectadores están reticentes a la hora de volver a las butacas. Eso dicen distintos observadores de la cuestión. Pero déjenme que lo ponga un poco en duda, pues, verán, a mí me da que esta temporada han faltado unos cuantos grandes montajes de esos que arrastran al personal. Y no estaría mal que siguiéramos reflexionando sobre el divorcio existente entre el público veterano y las nuevas hornadas. A los primeros se los está espantando de algunos templos; puesto que ya tienen bastante experiencia como para tragarse las absurdeces de nivel amateur que, por ejemplo, Sanzol ha incluido en su programación del Centro Dramático Nacional. Blast y Lengua madre son para mí paradigmas de un teatro que no alcanza la calidad suficiente como para estar en cartel más de un mes y en los espacios con mayor aforo. Súmenle decenas de piezas en otras tantas salas (véase La Abadía), que superarían con creces la censura más estricta de alguna distopía woke que ustedes se imaginen. El empeño por agradar a los jóvenes con su supuesto lenguaje moderno es competir por lo bajo con otras formas de ocio. Hay que ser muy ingenuo hoy en día para pensar que desde las consabidas fórmulas pop se pasa luego a lo trascendente. Nuestro mundo puede ofrecer divertimentos aparentemente «rompedores» (¡vaya broma!) para vivir eternamente en la inopia. Sigue leyendo

The Quest

Cédric Eeckhout nos suelta su insignificante monólogo sobre sus propios desamores y las desavenencias en la Unión Europea

The Quest - Andrea MessanaA mí me tranquiliza mucho que este proyecto esté patrocinado por ING a través de Tax Shelter, y también que esté sufragado por un montón de instituciones públicas europeas como nuestro Centro Dramático Nacional, porque así me puedo permitir concederle el beneficio de la duda al facedor de este entuerto, quiero decir, chorrada. Entiendo que este último calificativo puede estar un poco fuera de tono; pero más fuera de tono me parece desaprovechar la oportunidad para ahondar en las quiebras políticas de este superestado inédito en su formato llamado Unión Europea. Tanto aparataje y tanta simulación —muy endeble dramatúrgicamente, eso sí— para que el discurso ni siquiera atisbe o roce el meollo de la cuestión; es decir, quiénes mecen la cuna, quiénes están consiguiendo nuestro adormecimiento de esta pax europea, mientras llegan los bárbaros de oriente montados en briosos caballos de ceros y unos. Sigue leyendo