Medida por medida

Una propuesta shakesperiana sobre la hipocresía y la lujuria que pretende combinar lo dramático con lo cómico

Foto de Miguel Sarti

Salir bien parado de esta tragicomedia, de este drama azuzado por un soez polvo bufonesco, es imposible; puesto que la ambigüedad en el planteamiento y en el tono nos deja estupefactos. Las cuestiones son tan serias que tomarla por comedia únicamente porque termina con varias bodas; sería demasiado torticero. Además de que se resuelve con una intemperancia que solamente a Shakespeare es a quien habría que pedirle cuentas. El último gran montaje de esta obra la realizó Declan Donnellan en septiembre de 2014; una función tremendamente coral y oscura que nos puede servir de referencia; aunque la versión de Isidro Timón y Emilio del Valle es bien distinta. Estos han optado por complacer al público primero con un recorte de las situaciones más morosas y de las participaciones más laterales (como las del borracho Bernardino) y, después, con una acentuación estrafalaria de lo cómico, principalmente en el prólogo y en el desenlace. Es cierto que han querido introducir gracietas en diferentes instantes del espectáculo, con gestos y bailecitos irónicos que resultan demasiado contradictorios. Desde mi punto de vista, en esta visión, algo desmadrada, lo que ciertamente persuade es el meollo dramático que ocupa la parte central; porque lo cómico, es algo populachero y tendente al vodevil. Y es que combinar pena de muerte, violación y abuso sexual con amor, justicia y chistes lujuriosos es de una complejidad insuperable. Nos situamos en Viena, una Viena anacrónica, descrita por un lenguaje repleto de guiños actuales y de expresiones que, en ocasiones, suenan banales (el uso de «mierda» en algunas sentencias determinantes sobraría); pero debemos imaginarnos una capital de la lujuria «infectada» de lupanares. Nacho Vera elabora un extenso prólogo sui géneris a modo de captatio benevolentia que comienza, desde mi humilde opinión, muy abajo en cuanto a gracia (eso de rimar con el cinco a estas alturas… pues no); pero es inevitable reconocer que su Lucio ―tan presente en toda la función― es un elemento primordial y tan extraordinario como significativo. Un bufón, un músico ambulante, un hombre orquesta, una especie de Robin Williams con sus buenas dosis de histrionismo, un juglar cachondo y un tipo capaz de metamorfosearse para no sucumbir a las tiranías. Vera se emplea a gusto en su personaje y nos deleita con buenas canciones, unas cargadas de ironía y otras mucho más sutiles y hermosas. El enrevesado argumento no deja de ser una ejemplificación de aquella máxima extraída del «Sermón de la montaña», «según juzgues, así serás juzgado». Toda la idea parte del Duque Vincenzo, un individuo que parece situarse por encima del bien y del mal, y que ha decidido ausentarse de la ciudad para auscultarla en la sombra con la intención de ver cómo el estricto Ángelo, «un inquisidor incorruptible», revierte la situación de aquella Babilonia ingobernable. Es complejo descubrir cuál es la verdadera personalidad de este Duque. En el cuerpo de David Luque nos puede parecer un Javier Gurruchaga lúbrico y grotesco con la sabiduría precisa como para enmascarase en un monje. El actor demuestra su manejo en ambas tesituras. ¿Cómo va a proceder este Ángelo? Pues con una estricta observancia de la ley. Desgraciadamente pienso que a Jorge Muñoz le han desdibujado a este castigador profesional, porque le faltan matices. Le falta, sobre todo, que se le vean sus verdaderas inclinaciones, su debilidad por la carne (su trastorno es muy abrupto). Así, en el centro de la trama, al pobre Claudio (un Juan Díaz espléndido tanto en los papeles profundos como en los marginales —Codo, el alguacil que tergiversa las palabras, es una creación fantástica) lo sentencian a muerte por dejar embarazada a su novia Julieta y su hermana debe intentar pedir clemencia. Esta es encarnada por Muriel Sánchez, una sentida actriz que le imprime carácter a su Isabella, cuando debe enfrentarse a Ángelo y sopesar que en su propio cuerpo está la salvación de su hermano. Lo cierto es que las tramas accesorias que confluyen en ese final disparatado de anagnórisis sobrepuestas con explicaciones que rompen todo ritmo adecuado establecido anteriormente, surgen en el último tramo para desenmascarar a ese gran impostor moral que es el inquisidor. La conclusión se desenvuelve nuevamente en la comedia con las habituales bodas y lo cómico; pues Lucio y el Duque vuelven a imponer su tono estrafalario. Hasta llegar allí también nos hemos aproximado al mundo del hampa con varios personajes que nos dan buena cuenta de esa Viena henchida de lujuria. Gonzala Martín Scherman se meterá en la piel de Madame Overdone —y también de Mariana, la mujer que revelará el secreto definitivo—, con gran desparpajo y provocación. Junto a ella se sitúa Pompeyo, un alcahuete al que da vida Salvador Sanz. No podemos olvidarnos de Chema de Miguel, quien se ocupa de Escalo, el noble anciano, el lugarteniente hipócrita; no obstante, más compasivo que su señor. Además de interpretar al alcaide, con el que se esfuerza al máximo para ofrecernos a un tipo arrastrado y macilento. La escenografía de Arturo Martín Burgos es lo suficientemente funcional como para crear espacios esquemáticos de los diversos lugares que se deben ocupar, a través de los cuatro muretes móviles que no presentan. Desde luego, le echa una mano enorme la iluminación de José Manuel Guerra. Tendremos que aceptar que el vestuario de Juan Ortega es un pastiche general bastante coherente con la propuesta, entre los elementos kitsch del Duque, los harapos de Lucio y los hábitos de monje (estamos fuera de todo tiempo y lugar verdaderamente definible). Por lo tanto, esta versión de Medida por medida me parece desnortada en las incursiones cómicas; puesto que me resulta chirriante en su aire vodevilesco como para luego emplastarla con todo el argumento dramático. Aunque no tengo dudas de que el público sabrá disfrutar, según su gusto, de aquellas escenas más pertinentes.

Medida por medida

Autor: William Shakespeare

Dirección: Emilio del Valle

Versión: Emilio del Valle e Isidro Timón

Intérpretes:  Nacho Vera, Gonzala Martín Scherman, David Luque, Chema de Miguel, Jorge Muñoz, Juan Díaz, Salvador Sanz y Muriel Sánchez

Escenógrafo: Arturo Martín Burgos

Figurinista: Juan Ortega

Iluminador: José Manuel Guerra

Ayudante de dirección: Gonzala Martín Scherman

Coreógrafa: María Mesas

Música original: Nacho Vera (www.capitanbazofia.bandcamp.com)

Producción ejecutiva: Gabriel Blanco

Fotógrafo: Miguel Sarti

Producción: Factoría Teatro – Inconstantes Teatro

Teatros Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 2 de septiembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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