La estancia

Un encuentro brillante entre dos dramaturgos, Shakespeare y Marlowe, para especular sobre su verdadera identidad

La importancia que tiene la figura de William Shakespeare para el mundo anglosajón no solo radica en su valor literario; sino, también, en su influencia política. La cultura con mayúsculas siempre ha sido esgrimida por las naciones como producto genuino y excelso de su poder en el mundo. Por lo tanto, defender al Bardo ha implicado soslayar multitud de teorías ―algunas de ellas más que verosímiles―; con el fin de tener un embajador universal que superase, sin ir más lejos, a Cervantes. Chema Cardeña, con su texto, ha enhebrado con pericia una trama de ficción (sustentada en la «Teoría Marlowe»); pero que con las nuevas investigaciones va cobrando un aire de sospecha más certero. La estancia (qué poca pegada tiene el título) es el encuentro de dos dramaturgos célebres nacidos en 1564, que establecen un baile de espejos y de equívocos muy persuasivo. Pronto la balanza se inclina hacia un lado; si debemos valorar la seducción de los personajes. Por una parte, el Marlowe de Javier Collado es pendenciero, un ejemplo de astuto individuo adaptado a la pestilente Londres; un escurridizo tipo, juerguista y tan avieso como para trabajar de espía ―como se sabe, Isabel I fue la creadora del primer servicio inglés de espionaje―; aquí se da por supuesta su homosexualidad (expresada abiertamente y sin ambages). La verdad es que es un personaje muy atractivo y de una sagacidad incuestionable, posee los atributos propios de alguien que conoce muy bien a la sociedad de su tiempo y a la que puede ofrecer lo que desean (características que siempre se le han asignado a Shakespeare). Collado, quien siempre propenso a demostrar su energía y su entrega, ofrece en esta función, además de requiebros rufianescos y sarcasmo algo soez, cierta sentenciosidad de alguien muy vivido (podemos recordarlo en La puta enamorada, proyecto de los mismos responsables que este). Enfrente de él, William Shakespeare es interpretado por José Manuel Seda, ajustando su tono para que su personaje se nos ofrezca como un bisoño pueblerino que aún no se maneja en los entresijos de la urbe; un hombre con ansias creativas y con una ingenua moral. Es muy interesante observar cómo ante nuestros ojos el poeta de Stratford-upon-Avon está muy lejos de ser un genio y de llegar a serlo. El actor, por lo tanto, da una réplica idónea a su compadre. Según avanza la función y se van limando sus asperezas dentro de ese escondrijo ―no falta un duelo de espadas bravío, coreografiado por Javier Mejía―,  parecen lanzados a vender su alma a Mefistófeles y flirtean con la idea de despojarse de sus principios con tal de sobrevivir en esas tretas que se van amasando. El thriller se va disponiendo con gran equilibrio; aunque a la mitad, aproximadamente, la obra decae un poco con diálogos que parecen más de enlace y sostenimiento del misterio que de profundidad en otros asuntos; me refiero a esas referencias sobre si este o aquel ha reconocido a William haciéndose pasar por Chis. No faltan todo tipo de pistas sobre obras en curso, relación con otros escritores, un pasaje humorístico sobre la reina que supera con mucho el chismorreo y que resulta muy gracioso. También, de alguna manera, el espacio único en el que debe transcurrir todo el argumento, impide agrandar la acción a todas esas incursiones policiacas, artísticas y sociales que se traslucen. El trabajo de Jesús Castejón como director es loable; pues ha logrado dotar al espectáculo de un dinamismo que revaloriza el propio texto. En cuanto al espacio escénico de Alfonso Barajas, creo que funciona mejor en la estrechez de este improvisado Corral Cervantes (ya en su segunda edición y esperemos que se asiente como un reclamo del verano) que en otros escenarios. Un gran lecho, una mesa de trabajo y, sobre todo, una trampilla casi secreta para acceder con nocturnidad. Una iluminación sombría y efectista de Juanjo Llorens, y una adecuada música —con sus convenientes sonidos callejeros que se sumaban a los reales de la Cuesta de Moyano— de Luis Delgado. La estancia entraña muchas cuestiones auténticamente significativas sobre las autorías de los grandes genios que se van mitificando entre lo cierto y lo inventado a lo largo de la historia. Cada uno deberá sacar sus propias conclusiones, además de disfrutar intensamente con esta propuesta.

La estancia

Autor: Chema Cardeña

Dirección: Jesús Castejón

Reparto: Javier Collado y José Manuel Seda

Espacio escénico: Alfonso Barajas

Música y espacio sonoro: Luis Delgado

Iluminación: Juanjo Llorens

Vestuario: El Matrimonio Secreto

Maestro de armas: Javier Mejía

Dirección de producción: Marisa Lahoz

Cartel: David Morago

Peluquería: Esther Ruiz Aranda

Fotografías: Nieves Ferrer

Técnico: Bernardo Torres

Dirección técnica: Visisonor

Producción: Salvador Collado

Corral Cervantes (Madrid)

Hasta el 24 de agosto de 2018

Calificación: ♦♦♦

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