La estancia

Un encuentro brillante entre dos dramaturgos, Shakespeare y Marlowe, para especular sobre su verdadera identidad

La importancia que tiene la figura de William Shakespeare para el mundo anglosajón no solo radica en su valor literario; sino, también, en su influencia política. La cultura con mayúsculas siempre ha sido esgrimida por las naciones como producto genuino y excelso de su poder en el mundo. Por lo tanto, defender al Bardo ha implicado soslayar multitud de teorías ―algunas de ellas más que verosímiles―; con el fin de tener un embajador universal que superase, sin ir más lejos, a Cervantes. Sigue leyendo

La cueva de Salamanca

Con motivo del octavo centenario de la fundación de la Universidad de Salamanca, se ha pergeñado esta comedia desarrollada con un tono chusco

El destrozo que ha perpetrado Emilio Gutiérrez Caba con el auspicio de Salvador Collado en la producción, nos confirma que las celebraciones de los centenarios las carga el diablo (nunca mejor dicho). Parece que para conmemorar los ochocientos años de la constitución de la Universidad de Salamanca se deben organizar todo tipo de espectáculos y eventos tildados de «culturales». Por lo tanto, resultará adecuado programar una obra de teatro con algún motivo referido a la ciudad castellanoleonesa. Suena bien recurrir a La cueva de Salamanca; aunque no al entremés de Cervantes, sino a la comedia de magia de Juan Ruiz de Alarcón. La leyenda sobre tan esotérico lugar se extiende desde el siglo XV hasta nuestros días, que aún pervive. Se cuenta que en la cripta de la iglesia de San Cipriano (perfectamente visible hoy en día en la localidad), daba clase el mismísimo Diablo, concretamente a siete alumnos, durante siete años (el simbolismo del número siete es una constante). En pago, uno de ellos quedaba a su servicio para siempre. Por lo visto, el marqués de Villena (o, quizás, su hijo), logró escapar gracias a su astucia. Todo esto es un trasfondo para darle importancia al enigmático lugar; porque la cosa va como sigue. Resulta que como lo que se lleva es el metateatro, pues una pequeña compañía se ha puesto manos a la obra ya que han pillado cacho en la programación para la conmemoración. Hay que montar algo sobre Salamanca. Ante nuestros ojos vemos cómo se ensaya una escena cualquiera de La fénix de Salamanca, de Antonio Mira de Amescua, y, posteriormente, irrumpe el director, un Daniel Ortiz que se esfuerza con gran desparpajo por dar unidad al asunto, para suministrar instrucciones como si fuera un ensayo real. Comienzan los primeros chascarrillos con la insistencia de María Besant por imprimirle a su personaje, Leonor, un tono más lésbico (repetirá el chiste después). Este es el cariz. Su compañera, Eva Marciel, será protagonista femenina en los tres roles que interpreta y, será quien dote al espectáculo de una mínima sutileza. Llega por allí José Manuel Seda con la sempiterna queja del mundo actoral sobre lo mal que está la profesión. Hubiera estado curioso que hubieran ejecutado un ejercicio de metateatro dentro del metateatro, y que se hubieran quejado por la propia obra que estaban llevando a cabo; conscientes de cómo hay que devaluar las obras del Siglo de Oro para ajustarse a un público más amplio y salir del paso económicamente. En el grupo, Chema Pizarro se enviste de «mariposón» y se lanza al estereotipo de actor afeminado con reiteración. El humor que se destila en esta primera parte es de una ingenuidad pasmosa. Tras representar una escena (también cualquiera) de Obligados y ofendidos, y gorrón de Salamanca, de Francisco de Rojas Zorrilla; hete aquí que reconsideran todo lo realizado, puesto que apenas sale Salamanca. Cambio de planes. Han leído bien. Cambio de planes. A Juan Carlos Castillejo se le enciende la bombilla. Tiene la intuición de que existe una obra titulada La cueva de Salamanca que no es el entremés de Cervantes. Nada como atrapar el móvil y buscarlo en internet. Eureka. Bueno, pues después de media hora larga, va a comenzar la susodicha función, y todo lo demás hay que aceptar que era para entrar en la atmósfera (prosaica). La siguiente hora será para ventilarse el texto de Ruiz de Alarcón. La comedia de magia, con algunos componentes de farsa, se deforma hasta rozar la astracanada, porque resulta que faltan recursos y hay que fingir algunos trucos que no se pueden llevar a cabo. El argumento, algo enrevesado en el original, queda reducido a una trama simplona, donde dos caballeros pretenden esconderse en la famosa cripta, en la que se encuentran con el mago Enrico, que les echará una mano con su fascinante «ciencia». Luego, aparece el Marqués de Villena, descendiente de aquel famoso que se libró del Diablo; para, a continuación, desarrollar el clásico nudo amoroso propio de las comedias de capa y espada con final feliz. Las múltiples escenas son breves en su consecución, con lo que se logra cierto dinamismo; pero, paradójicamente, están intercaladas por fundidos en negro que entorpecen el espectáculo. Tampoco es que se pueda valorar muy positivamente la escenografía de Alfonso Barajas, pues se sustenta esencialmente en unos cortinones con dibujos pergeñados por el grafitero Suso33; aquí la gracia estaba en la magia. En definitiva, el montaje es un sinsentido que arrumba cualquier conclusión sobre las ideas acerca de la nigromancia o algunas ideas filosóficas del Barroco que se insertan en el texto; además del ambiente estudiantil tan vivaz de la época (y de esta). Fatal homenaje a un autor que estudió en la célebre universidad y donde hoy es enseñado desde la mejor facultad de Filología Hispánica.

 

La cueva de Salamanca

Basada en el texto de Juan Ruiz de Alarcón y en escenas de La fénix de Salamanca, de Antonio Mira de Amescua; y Obligados y ofendidos, y gorrón de Salamanca, de Francisco de Rojas Zorrilla

Dramaturgia y dirección: Emilio Gutiérrez Caba

Reparto: Eva Marciel, María Besant, Daniel Ortiz, Juan Carlos Castillejo, Chema Pizarro y José Manuel Seda

Realización de escenografía: Ac Verteatro

Realización de vestuario: Sastería Cornejo

Sastra: Charo Siguero

Regiduría y maquinaria: Bernardo Torres

Dirección técnica. Iluminación y sonido: Visisonor

Ayudante de dirección: Pilar Valenciano

Ayudante de vestuario: Liza Bassi

Ayudante de producción: Javiera Guillén

Directora de producción: Marisa Lahoz

Escenografía: Suso33 y Alfonso Barajas

Vestuario: Alfonso Barajas

Iluminación: Juanjo Llorens

Música: Luis Delgado

Producción: Salvador Collado

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 17 de junio de 2018

Calificación: ♦

El encuentro

Después de 37 años se recrea el trascendental encuentro entre Suárez y Carrillo evitando todo desliz panfletario

A1-33888719.JPGEl domingo 27 de febrero de 1977 se reunieron en la finca del periodista José Mario Armero dos líderes antagónicos puestos ahí por la historia (no desde luego por ningún pueblo). Enfrentados bajo tintes pugilísticos, la Sala Pequeña del Teatro Español acoge a un Santiago Carrillo bronco, temeroso y hasta chulesco (muy alejado de la imagen que la gente más joven de este país tenía de él cuando se le escuchaba en los micrófonos de la SER por las tardes en una tertulia) que un actor como Eduardo Velasco perfila sin caricaturización, apostando por una especie de seguridad dubitativa muy apoyada en los gestos de los brazos, en la mirada y, sobre todo, en las pausas. Al otro lado del cuadrilátero, iluminado por los brillos del coñac, José Manuel Seda interpreta a un Suárez que por momentos pierde los nervios, que llega incluso a soltar palabrotas con su flequillo impertérrito y su sonrisa encantadora. Sigue leyendo