Hay que tirar las vacas por el barranco

Una propuesta teatral austera y directa sobre la esquizofrenia, basada en cinco historias de casos reales

Apostarlo todo al texto. Así, casi a palo seco. Frente a un micrófono. Desvestir al drama de lo dramático, al teatro de sus elementos estéticos, de la subjetividad percutida por la retórica, por la interpretación, por la emoción encontrada al final de un acibarado trago. Hay que tirar las vacas por el barranco se aproxima peligrosamente a la objetividad del periodismo o al testimonio confesional. Cinco relatos que podrían ser diez o quince ―por lo visto, en algún momento, fueron cuatro― sobre la esquizofrenia, sobre el trastorno mental. Son duros, claro; pero, aunque muchos de estos enfermos vivan apartados de la sociedad o profundamente empastillados y vigilados entre nosotros, lo cierto es que el tema resulta recurrente en la literatura, el cine y el arte en general. También en la prensa, por supuesto. Parece que nos alivia saber que ocurrió esto y aquello, y que fue debido a un trance de locura. Una excusa que nos aleja del auténtico mal, que es aquel que no comprendemos. Todo lo que escuchamos se basa en el libro Las voces del laberinto (2005) del periodista Ricard Ruiz Garzón (1973), quien recoge hasta quince historias reales para desentrañar la susodicha cuestión. Es innegable la importancia de lo tratado; pero no lo considero suficientemente persuasivo teatralmente este montaje del venezolano Orlando Arocha. Entiendo su decisión estética: despojar la escena de todo aquello que nos pueda despistar. No obstante, mantenernos a la escucha de Diana Volpe, que es la primera, sentada en una silla frente a una mesa y un micrófono para monologar durante más de veinte minutos, es aceptable. Que el resto sea similar, nos adentra en la monotonía expresiva. Sí existe una interpretación, evidentemente; pero hacerlo de manera tan estanca y tan comedida, me parece que nos disuade de la conexión íntima. Sigue leyendo

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Panorama desde el puente

Un acartonado texto de Arthur Miller que protagoniza formidablemente Eduard Fernández

panorama-desde-el-puente-fotoNo podemos afirmar que Panorama desde el puente se acerque en ambición a Muerte de un viajante; es más, resulta un texto con una estructura tan definida que a poco que uno esté atento puede adelantar el desenlace mucho antes de que llegue. Además, el melodrama se asfixia en la concreción de un único personaje redondo circundado por satélites que orbitan para darle mayor credibilidad. Este motivo simplifica una obra que, por si fuera poco, viene acompañada del cargante narrador con el que Miller nos apostilla el camino trillado. Demasiados elementos en contra para montar una buena función. Pero Georges Lavaudant ha sabido orientar la sangre hirviente de Eddie Carbone hacia el difuso onirismo de unos muelles que marcan los ritmos de la familia. Ninguno de los subtemas que se trazan en las dos horas de espectáculo acaba de ofrecer verdadera sintonía con el asunto principal. Sigue leyendo

Tirano Banderas

La versión teatral de Tirano Banderas de Valle-Inclán llega al Teatro Español (Madrid)

tirano_banderas_escena_04El proyecto Dos Orillas, que viene con el cometido de producir obras teatrales bajo el auspicio de varias ciudades latinoamericanas y Madrid, presenta su primer texto: Tirano Banderas.

La novela que publicó Valle-Inclán en 1926 después de su larga estancia en Méjico, pretendía configurar un retablo esperpéntico de la historia dictatorial del país centroamericano. Santos Banderas es un prototipo que bebe de Porfirio Díaz, pero también de Primo de Rivera. La república imaginaria donde ejerce su poder es Santa Fe de Tierra Firme, un lugar en el que se está preparando una revolución para derrocar al autócrata. En principio, puede parecer una novela más de dictador, pero su tratamiento del lenguaje, tan empapado de mejicanismos, con una sintaxis escueta, fulgurante y atizadora, sirve para que la versión teatral que Oriol Broggi nos presenta en el Teatro Español posea un verdadero sustento. Si no fuera por el lenguaje, por esa caricatura, por esa constante animalización de cada uno de los personajes, por esa intensidad literaria y persuasiva, pareciera que la obra de teatro aún no está del todo perfilada. Falta, por un lado, mayor compactación entre las escenas y sus intérpretes, da la impresión de que por momentos no acaban de reconocerse; además, por otro lado, varios actores no tienen tomado plenamente el papel, no terminan de fluir las sentencias valleinclanescas. Es cierto que tienen que interpretar diversos personajes cada uno de ellos e incluso de diferentes sexos y, también, que algunos parlamentos son farragosos y hasta pareciera que están en verso. Supongo que con el tiempo las desafinaciones se paliarán. Sigue leyendo