Veneno para ratones

Una obra de suspense sobre el encuentro de tres individuos que esconden secretos y ambiciones determinantes para su existencia

veneno-para-ratones_15El género del thriller está inventado y explotado con creces, aunque en el teatro no sea frecuente. Uno puede, y debe, intentar transgredir sus normas, pero si quiere mantener el suspense, es evidente que se tienen que cuidar una serie de máximas de imperioso cumplimiento. La primera de ellas es no dar explicaciones (aunque esto vale para cualquier obra literaria). Bien, pues Alberto F. Prados, autor de Veneno para ratones, no espera ni diez minutos para comenzar, a través de sus personajes, a explicar y a explicar. Un grave error de principiante que arrastra hasta el final. Tenemos a una madre, Julia, una señora que se ha dedicado a cuidar de una rica anciana de la que ha heredado parte de su fortuna. Vive con su hijo, Diego, un joven de veinticinco años, convertido en un maleducado dictadorzuelo de esos que podemos ver en el programa Hermano mayor y que, igual que en el espacio televisivo, se nos informa de su tortuosa infancia. Aquí se alcanzan tintes grotescos, tortuosos y hasta satánicos. La acción transcurre durante una tarde en la que recibirán la visita del novio que se ha echado Julia, un tal Mau, un hombre de negocios, un jefazo que debe manejar mucha pasta. Para no desvelar demasiado del argumento, simplemente comentaremos que el dramaturgo quiere rizar el rizo y volverlo a rizar. Y aspira a que cada pieza encaje, cuando él mismo ha decidido que por azar se generen una serie de situaciones del todo inverosímiles. Y para que al final resulte almodovariano en tres aspectos: en lo rocambolesco de la historia, en los toques escabrosos y en la incapacidad para relatar tanto en tan poco tiempo (véase a Blanca Portillo en Los abrazos rotos, contando todo el pastel en una cafetería). Y es que este aspecto resulta esencial. Prados quiere abarcar unos sucesos tan procelosos y con tantas bifurcaciones, que no le queda más remedio que plantar a sus actores a contarse entre sí, a contarnos a nosotros, qué ha ocurrido en el pasado, quién es el vecino, a qué se dedica el hijo, por qué este Mau ha flirteado con una mujer que no le «corresponde» socialmente, qué pasó en Soria, por qué el joven tiene una cicatriz, por qué los pisos de la alta burguesía tienen puerta de servicio, por qué el vecino de arriba celebra ciertos eventos y un etcétera que no deja espacio para que el diálogo fluya. En una hora y cuarto no se puede pretender crear misterio y, a la vez, exponer una novela. Porque otra máxima necesaria en los thrillers es la elipsis, la evocación, el detalle, los silencios, las falsas pistas y la creación de dudas; y para ello se deben utilizar los recursos visuales (gestos, vestuario, maneras, movimientos, elementos escenográficos, etc.) que reduzcan las justificaciones (es el espectador el que cierra los silogismos). El referente es, claramente Hitchcock, aunque en los últimos tiempos tenemos otros maestros como David Fincher. Si nos centramos en el mundo teatral, Antonio Rojano posee un acierto (La ciudad oscura) y un reciente desacierto (Windsor).

Otro cantar es la creación de los personajes. Ella es Isabel Ampudia, debe representar a la viuda apaleada y triste que ha tenido que luchar para salir adelante, que, aunque lee habitualmente el periódico, no posee mucha cultura (algo que se recalca en varias ocasiones). Esto no es óbice para que guarde en su interior unas buenas dosis de pundonor y avidez que ha reservado para aquella velada, porque el destino ha puesto en su camino a un hombre que ya conocía del pasado y que resulta que ronda por el edificio. A pesar de ser una actriz con buena gestualidad, las situaciones en las que se ve envuelta nos trasladan una imagen de ella estática, principalmente cuando se debe dirigir a Mau, interpretado por Mauricio Bautista. Forman una pareja inconsecuente, donde no se percibe el más mínimo sentimiento amoroso (en teoría deben fingir y engañarnos). Él representa al ejecutivo exitoso que esboza las consabidas proclamas liberales sobre el esfuerzo y el dinero. En la definición de este personaje encontramos ejemplos idóneos de los errores en la escritura de la obra. Así, tenemos varias frases donde se insiste en lo caro que debe ser el reloj que lleva, algo innecesario si luego él mismo te va a contar en qué trabaja. Lo mismo ocurre con las botellas de vino. Como la mujer es «tonta» ha comprado la más cara, mientras que él entiende y ha traído uno con renombre. Este es el cariz. Luego, además, la madre saca un par de noticias en las que lee (datos, más datos) las acusaciones que se ciernen sobre él, como si fuera uno de sus ases guardados en la manga (con los titulares hubiera valido). Se salvan de la quema tanto Sergio Pozo como su personaje. Diego lanza su rabia a cualquiera que se le pone por delante, lleva la ira pegada a sus ojos, fustiga a su madre con respuestas insolentes. Lee libros, escucha ópera, maneja ciertas ideas entre nihilistas y sádicas, y es el único que esconde parte de su existencia, que podemos deducir cuando dialoga con Mau (debo apuntar que cuando ellos dos hablan, las luces se oscurecen en una especie de recurso para crear intimidad. Con charlar bajito no vale). Realmente podemos admirar una interpretación medida, sagaz, que favorece su credibilidad.

Como señalaba más arriba, Alberto F. Prados no ha sabido pulir su texto. Supongo que a él como espectador tampoco le debe gustar que le den todo mascadito. No puedes forzar tanto la trama para que cada cabo encaje en su sitio y, además, introducir una anagnórisis propia de tragedia griega, más concretamente sofoclea, con la que se rompe en exceso cualquier principio de verosimilitud. No está de más valorar el atrevimiento de mostrar en escena un thriller y de que por debajo de la trama transcurran ciertas ideas interesantes sobre el bien y el mal, la cultura y el submundo de algunos adinerados. Esperemos que la experiencia nos traiga futuras obras más redondas.

Veneno para ratones

Autor y director: Alberto F. Prados

Reparto: Mauricio Bautista, Isabel Ampudia y Sergio Pozo

Ayudante de dirección: Juanma Martínez

Producción: Inma Durán

Diseño de vestuario: Sandra Campillo

Fotografía: Chus Blázquez

Diseño iluminación y sonido: Matyssa Pérez

Maquillaje y peluquería: Marcela Pérez

Casting: Mariam Grande (La Lunares)

Música: Cía Campillo & Anxo Seco

Teatro Lara (Madrid)

Durante enero y febrero de 2017

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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