El beso

Isabel Ordaz y Santiago Molero protagonizan este encuentro sorpresivo y romántico sobre el devenir de la vida

Foto de Roberto Carmona

Esta obra que el holandés Ger Thijs estrenó en 2011 es tan sencilla, que uno tiene la sensación de haberla visto cientos de veces en el cine, con pequeñas variaciones. Es, claro, la sencillez de la vida misma, con esa profundidad soterrada que solamente aflora cuando nos salimos del camino marcado o cuando los avatares propios de la existencia humana nos desplazan abruptamente. Lo que ocurre es que, como espectador, las claves de este proceder romántico resultan demasiado manidas e, incluso, por redundancia, artificiosas. Se echa en falta mayor espontaneidad; porque cuesta mucho creer que dos almas que ansían vagar en silencio ―aunque, en el fondo, quieran consuelo y escucha―, se abran de esa manera en tan poco tiempo y, sobre todo, con alguien tan alejado de su carácter. Por eso, creo que existe un público que acogerá con más gusto esta obra que otro. Y aquí la edad importa; porque se necesita gastar suficientes años como para echar la vista atrás y apabullarse con la melancolía, con la nostalgia o, seguramente, con algún que otro arrepentimiento. Y, además, aquí se ve reflejada una clase social ―al menos la de ella― bien avenida (son holandeses, el primerísimo mundo desde casi el inicio de toda esta dialéctica de la modernidad). Nos situamos en la zona montañosa de Limburgo. Sigue leyendo

Una habitación propia

Clara Sanchis se transforma en Virginia Woolf para recrear el famoso y trasnochado ensayo

Foto de Diego Ruiz
Foto de Diego Ruiz

Llegados a este punto de complejidad (y trinchera) en la cuestión no solo de la mujer, sino del feminismo, cabría preguntarse si el ensayo de Virginia Woolf, Una habitación propia, posee alguna enseñanza válida en nuestros días (quizás, también, si, en puridad, la debió tener en algún momento). No es este el lugar para dilucidarlo, pero es increíble que un texto con un argumentario tan endeble haya generado tantas interpretaciones. Me inclino a pensar que el efecto halo ha propiciado que se lea con los ojos de aquellos que reconocen el soberano valor literario de sus novelas. Su libro casi se reduce a un eslogan: «Una mujer necesita dinero y una habitación propia para dedicarse a la literatura». Sobre la pasta, concreta que deben ser 500 libras, y si alguien espera una respuesta de cómo conseguirlas, la señorita Woolf afirma que heredando una renta vitalicia proveniente de una tía rica recientemente fallecida en India. Sobre el cuarto, más allá de la literalidad de la expresión, se ha especulado sobre el espacio interior, sobre la parcela que todo ser humano debe poseer, la voz propia de la conciencia; pero esto son hipótesis. Sigue leyendo