La grieta, entre animales salvajes

Un thriller compuesto de múltiples historias que sitúan a los tres protagonistas al límite de su humanidad

La grieta - FotoArrastra La grieta, entre animales salvajes hacia las tablas una concepción estética que ha producido un notable éxito con una webserie (http://serielagrieta.es/), donde precisamente se plasma ese sentido paradójico y sorpresivo que ahora vemos expuesto teatralmente. Tres amigos se desplazan al campo para vivir su particular descanso rural, esas depuraciones un tanto encorsetadas y snob de los urbanitas con las que pretenden liberarse de los ritmos frenéticos de la ciudad. A partir de su llegada, por el tono que se establece, uno permanece a la espera de que ocurra ese hecho transgresor que ponga en marcha toda la trama; pero lo que el espectador no concibe es que esas transgresiones se concatenen una detrás de otra en una sucesión de escenas altamente extrañas. No podemos afirmar que las escenas que componen la obra sean estrictamente sketchs porque, aunque tengan autonomía, forman parte de algo así como hipótesis ensoñadas; una especie de derivaciones chocantes que acontecen en momentos determinados, pero que luego terminan para regresar al punto de partida y continuar. De esta manera, por ejemplo, uno de los tres puede desaparecer, se genera una discusión entre los otros dos y, casi de improviso, se vuelve atrás. Es difícil comentar lo que ocurre en esos episodios sin destripar su contenido y la estupefacción que provocan; sencillamente se pueden describir como acontecimientos fantasiosos que plantean posibilidades que atentan contra la moral establecida o que abren soluciones que prácticamente a nadie se le pasarían por la cabeza. En esta medida, la atención que generan es máxima, puesto que no sabes por qué territorios «hostiles» nos van a llevar. Este hecho, absolutamente meritorio, también conlleva una leve pega, y es, en efecto, esa falta de unidad o de concreción como obra conjunta. Esperaba que el esquema, algo repetitivo, desencadenara no en un final cerrado, porque el texto no lo pide, tampoco en el caos con el que pretenden zanjar el asunto (el deseo de ofrecernos todo tipo de desenlaces resulta excesivo y disuasorio); sino algo que cohesionara el planteamiento, más allá de lo episódico y lo ejemplar, porque pareciera que el argumento se podría continuar ad infinitum. Tampoco considero que sea necesario ese breve discurso al público para entonar los conceptos sobre lo humano y lo salvaje que se están manejando.

La grieta está dirigida por Julio Fraga (a quien conocimos en El encuentro), y este le ha dado el ritmo que requería para que los cambios abruptos no trastabillen los sucesos que los tres actores ofrecen en una apuesta dramática inapelable. Aunque la preponderancia de cada uno de ellos está repartida con cierta igualdad, Piñaki Gómez se asegura las intervenciones de mayor insolencia y perplejidad. Es un tipo con desparpajo, alguien que tiene las cosas claras para esos días de descanso; entre otras, leer, leer un libro que no aparece. Un personaje que puede llegar a ser muy destructor con tal de conseguir lo que quiere para favorecer su egoísmo. Enfrente tiene a Larisa Ramos, una mujer que manifiesta cierta ambigüedad; de la misma forma que se muestra dura y concisa con sus deseos, también es capaz de atemorizarse. Digamos que ella es el fulcro de una balanza en la que Antonio Leiva ocupa una posición de aparente debilidad, como de alguien con menos valentía y arrojo, en un principio. Ciertamente la actuación del reparto funciona y su capacidad para la comicidad en tales situaciones es sobresaliente. Porque este es otro tema, claro, el humor está patente hasta en las circunstancias más controvertidas, fundamentalmente cuando se lanza la posibilidad de solucionar un entuerto a base de felaciones. Por lo tanto, además, es una obra divertida.

Las mayores felicitaciones deben destinarse a los dramaturgos Gracia Morales y Juan Alberto Salvatierra. Su ingenio afilado y su manera de crear momentos donde cuesta reconocer a esos personajes como enteramente humanos, donde la grieta se alza metafóricamente en un ansia por empujar a esos amigos hacia cuestiones como la culpa, la ambición, la vergüenza o, sobre todo, el salvajismo en un entorno que parece propicio para la anomia, marcan un estilo propio. Si además aprovechan el buen hacer de Miguel Ángel Butler y Félix Martín en la escenografía (toda una casa rural en escena) o el espacio sonoro creado por Paloma Peñarrubia, entonces asistimos a una función teatral en la que los espectadores van a inmiscuirse en la extrañeza que supone verse sometidos a todo tipo de paradojas que cuestionan nuestra humanidad.

La grieta, entre animales salvajes

Autores: Gracia Morales y Juan Alberto Salvatierra

Director: Julio Fraga

Reparto: Piñaki Gómez, Antonio Leiva y Larisa Ramos

Iluminación: Fernando M. Vidal

Música y espacio sonoro: Paloma Peñarrubia

    Violín: Luz Prado

    Cumbia del millón, de García. Adaptación de Paloma Peñarrubia

Piano: Susana Hernández

Percusión: Pelín Ruiz

Escenografía: Miguel Ángel Butler y Félix Martín

Vestuario: Araceli Morales

Ayudante de dirección: Noelia Rosa

Asesoramiento coreográfico: Rosa Mari Herrador

Vídeo y fotografía: Eva Lí

Web: Antonio Corral Carvajal

Comunicación: Sofía García Peula y Carlos Gil Company

Producción ejecutiva: Carlos Gil Company

Compañía Remiendo Teatro

Teatro del Barrio

Hasta el 26 de agosto de 2016

Calificación: ♦♦♦♦

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