Hacia la alegría

Abre un agujero por el que Pedro Casablanc se cuela con todo su cuerpo

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

La pesadilla en la noche y el despertar enloquecido en las tinieblas no son más que los síntomas de una enfermedad que a todos nos acecha, pero que bien abrazaditos pisoteamos hasta el subsuelo. El protagonista de Hacia la alegría recoge la llamada y emprende una carrera embravecida por los círculos que componen la ciudad; su voluntad de poder lo aviva, las construcciones que él ha creado se le muestran deshumanizadas y con el único destino de cubrir nuestra propia estulticia. Es un viaje dantesco, alegórico, que recuerda en el tono y en el desenvolvimiento de los avatares a Bajo el volcán de Malcolm Lowry (una novela simbólica que pretendía ser parte de una trilogía sobre la Divina comedia). Pero ante todo es una obra nietzscheana. El cuerpo cobra una importancia sobresaliente, desde la desnudez hasta el embadurne de porquería grasienta pasando por el cansancio, el sudor y la dolencia. El cuerpo, por lo tanto, como llamada a la razón.  

Si el texto de Olivier Py requiere atención máxima, de la misma forma debemos exprimir la cantidad de modulaciones, de giros declamatorios, de ritmos que imprime Pedro Casablanc (fue uno de los actores más destacados la temporada anterior en Tirano Banderas) y que nos ofrece una versión de sí mismo agónica y vitalista. Tiene en su cuerpo la responsabilidad de representar la catástrofe del hombre contemporáneo, urbano y constreñido por la cosmética.

El monólogo apenas flaquea en unas cuantas frases cuando se acerca a temas demasiado próximos a nosotros como la política o la moda, y no acaba de encontrar las metáforas maduras y sorpresivas que nos lleven más allá de la crítica habitual. Aunque enseguida retoma esa concatenación de paradojas intensas que se ven acompañadas de todo un aparataje escenográfico. Desde las dos paredes que esconden el kafkiano dormitorio del arquitecto hasta la colección de elementos que se van integrando en la acción (humo, mantas térmicas, pintura, bolsas de basura). Es una pena que necesiten de la presencia de unos asistentes demasiado visibles y que despistan, en ocasiones, la carrera extasiada de Casablanc sobre la cinta transportadora, mientras en el fondo un enigmático trazo blanco cruza como un electrocardiograma que necesita una imperiosa carga de energía. Todo ello acentuado por un cuarteto de cuerda que interpreta las pulsaciones del protagonista con partitura de Fernando Velázquez.

La obra me ha gustado y hasta me ha maravillado por dos razones: porque ofrece una vía, una salida, una posibilidad que es la de los sentidos, los instintos, el cuerpo, el dolor y el reconocimiento de nuestro propia carne; y, por otro lado, porque se manifiesta estéticamente en plena correspondencia representativa con lo que tanto el protagonista como el público pueden sentir. Hay que estar dispuesto a integrarse en el discurso que nos declama Pedro Casablanc y aceptar que debemos reencontrarnos con las entrañas del organismo.

Hacia la alegría

Texto y dirección: Olivier Py

Interpretación: Pedro Casablanc

Músicos: Stamen Nikolov, Desislava Karamfilova, Petya Kavalova y Albert Skuratov

Música original: Fernando Velázquez

Traducción: Fernando Gómez Grande

Técnicos en escena: Jesús Arroyo, Giovanni Colangelo, César Esteban, Álvaro Salcedo, José Ramón Salguero

Escenografía y vestuario: Pierre-André Weitz

Iluminación: Bertrand Killy

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 7 de diciembre de 2014

Calificación: ♦♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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