Roberto Santiago recupera a la famosa protagonista para someterla a un juicio repleto de sarcasmo
La heroína creada por D. H. Lawrence ha dado —desde que fue escrita— para todo tipo de interpretaciones y mitificaciones, hasta situarla como un epítome de la liberación femenina. Basta leer la novela en la actualidad para comprender que muchas veces se olvida el contexto en el que se recrea la historia. Lo comentábamos hace poco con los juicios a Oscar Wilde en Gross Indecency: es la escapatoria al puritanismo victoriano. En este caso, nos situamos a principios de los años treinta del siglo pasado, en un ambiente burgués donde la alargada sombra de ese periodo basado en un conservadurismo insensato, aún perdura. Lo que se nos presenta delante debemos aceptarlo (o no) como una impostura; pues resulta más creíble como invención casi genuina que como desarrollo de un personaje ya existente de la literatura. Cualquiera que haya leído la novela —casi es imprescindible si se pretende profundizar y entender lo que vemos— comprueba que sí que es verdad que Connie y su hermana han tenido una educación más liberal, si se quiere. Rodeadas de libros. Hasta el punto de que nuestra protagonista hace sus pinitos como escritora junto a su marido, Clifford, un militar que ha vuelto de la guerra con paraplejia y con la inevitable postración en una silla de ruedas (con motor). Sigue leyendo

Campo de La Mancha: árido, pobre y deshidratante. Los cómicos marchan con paso lento, cargando sus bártulos y su desesperanza de pueblo en pueblo. El cine y el fútbol compiten desigualmente con un repertorio efectista, popular y que, a pesar del empeño de sus entregados actores, no es más que un modo de supervivencia totalmente alejado de los focos que iluminan a las estrellas en la capital. El viaje a ninguna parte marca el ocaso de una profesión, entendida desde la artesanía, la paciencia y el pundonor, aunque la recompensa no sea monetaria y, a veces, ni siquiera espiritual.