Refugio

Miguel del Arco traza la historia de una familia y un refugiado sirio ante la tesitura de la incomunicación

Foto de marcosGpunto

Europa dentro de un cubo, de un búnker acristalado donde se recluye la cultura milenaria y triunfante como el tiburón disecado de Damien Hirst. Incapaz de renacer en este capitalismo tardío en el que las plusvalías son cada vez más escasas —nada que ver con las posguerras o el despegue tras una dictadura o tras la caída de un muro—. Si no hay mucho que repartir, dónde queda la exitosa socialdemocracia. Esclavos del hijo bastardo que nos gobierna desde el otro lado del océano y petrificados ante un futuro repleto de incertidumbres, cuando deberíamos solazarnos por estos decenios de paz. Ponga un refugiado en su familia. Miguel del Arco partió de Teorema, el film de Pasolini que dirigió en 1968; pero el resultado queda muy alejado. ¿En qué medida Farid, un migrante sirio, perturba la vida de esos especímenes en plena descomposición? La incomunicación es permanente, es como si hubieran adoptado a un niño mudo y se negaran a aprender la lengua de signos; es casi un elemento decorativo propio de advenedizos. Sigue leyendo

Hablando (último aliento)

Irma Correa ha escrito un texto sobre la desesperación de una mujer que busca razones para seguir viviendo

Foto de marcosGpunto

Nuestra conciencia, como un enemigo interno, una termita que nos va royendo lentamente a través de la angustia, es, definitivamente, nuestro peor rival. La soledad comienza a ser un tema frecuente de nuestra época, una situación para la que paradójicamente no encontramos asidero, cuando vivimos en sociedades densas que nos ofrecen todo tipo de posibilidades de acción y de ocio. En ocasiones ese aislamiento se alcanza tras la continua violencia en el hogar. Parece que nadie puede ayudar a esa mujer atemorizada, que nadie la comprende, que ningún familiar o amigo se preocupa lo necesario por ella. Es ahí cuando el pensamiento se desboca y la depresión resuelve que no hay más camino que el fin definitivo. Hablando (último aliento) se aleja de la crónica típica y realista acerca del maltrato machista. Sigue leyendo

Zenit

Ramon Fontserè se encarna en un Quijote que quiere luchar por la verdad en el periodismo

Foto de David Ruano

La crisis que vive el periodismo en nuestros días, tanto en el plano material (bajada de ventas de las publicaciones en papel), como en el plano deontológico (la disputa por la audiencia y los lectores está conllevando falta de escrúpulo en el tratamiento de las noticias) ha logrado que el concepto de posverdad se haya convertido en toda una revelación del estado de la cuestión. Es indudable que los cambios que vivimos en la actualidad están absolutamente relacionados con la llegada a nuestra vida cotidiana de unas tecnologías que nos permiten comunicarnos de una forma aparentemente multidireccional, que hasta hace poco era inimaginable. El hecho de que los Joglars se aproximen a este asunto tan candente es en sí un motivo para que nos interesemos en su propuesta; aunque tendremos que determinar si han sido lo suficientemente incisivos, dada la catastrófica situación en la que nos hallamos. Sigue leyendo

La esfera que nos contiene

Carmen Losa retrata los avatares de dos maestros republicanos a través de un viaje en la memoria de España

Foto de Eduardo Portal

Inevitablemente la función que se nos ofrece en la Sala de la Princesa dialoga con el montaje que se escenifica en la sala principal (In memoriam. La quinta del biberón). No solo por el contexto, sino también por ese deseo documental y testimonial que ambas exponen; aunque con resultados muy distintos. Digamos para empezar que el texto escrito por Carmen Losa posee ambición en cuanto que quiere trazar diversas líneas de acción; pero también posee una amplia ambición contextualizadora que la lleva a encuadrar su historia desde los finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX (aunque podría ser perfectamente un tiempo tan cercano como el nuestro, ciertos dejes que se aprecian en el lenguaje aún no se han perdido). Esa sobredimensión temporal es, desde mi punto de vista, una rémora; puesto que en la duración del espectáculo —una hora y veinte minutos—, entre el ir y el venir de una época a otra, el lapso que resta para el meollo de la cuestión —las vivencias de unos jóvenes maestros republicanos— es insuficiente como para adentrarse en las dificultades, las contradicciones y las resistencias que se encontraron, con la profundidad necesaria. Sigue leyendo

In memoriam. La quinta del biberón

Lluís Pascual documenta en escena a esa generación perdida en la sangrienta batalla del Ebro

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

La historia es la que es y debemos descubrir su verdad entre las versiones, los testimonios y las trazas de lo verosímil. Tropelías del mismo calibre se podrían afirmar en el otro bando, pero nosotros asistimos a la revelación macabra de los republicanos, de aquella leva del biberón —la popularizada como Quinta del biberón—, según parece, así nombrada por Federica Montseny. A nuestros ojos actuales, una salvajada tanto la guerra civil al completo, como aquella batalla del Ebro, de la que aquí nos compete. Un enfrentamiento, desde el punto de vista militarista, seguramente inevitable; si no se sopesan la rendición y las consecuencias de esta. Difícil dilema. Un matadero durante y después. Pocas opciones para esos payeses insuflados por un patriotismo inyectado en vena fulgurantemente. En apariencia bastante mayores, diecisiete años, para lo que luego han sido los niños soldados de Sierra Leona, por ejemplo, o esos pobres pequeños que hoy se emplean para la inmolación en algunos de los conflictos bélicos que siguen humeando, pero de los que apenas tenemos acceso (hace ya demasiado que la prensa ha sido secuestrada definitivamente). La vista se nos está acostumbrando a la recreación cinematográfica. En la última película de Mel Gibson, Hasta el último hombre (2016), encontramos una buena andanada de locura para todos esos chicos que se juegan la vida en un segundo frente a unos japoneses igualmente invitados al sinsentido en la segunda guerra mundial. Poco antes, de julio a noviembre de 1938, en la frontera que marca el río Ebro, se libró la batalla más larga y cruenta de la contienda; cuando se ponía de manifiesto que la balanza se había inclinado hacía más de un año del lado nacional, del lado de ese General Franco que había decidido optar por el lento aplastamiento. Según el historiador Julián Casanova, lucharon, durante esos casi cuatro meses, 250000 hombres. «Los franquistas perdieron más de treinta mil y los republicanos el doble». Delante de nosotros, arriba en el escenario, seis tipos a punto de la transformación; entes actorales, futuros personajes, espíritus indelebles como testigos de la barbarie. La función se centra concretamente en seis tíos que impregnan toda la platea de verosimilitud. Sus biografías parten de la pura exposición de los orígenes, de cuando sorpresivamente los llamaron a filas saltándose la ley. Retazos de sus oficios, su inocencia: «Éramos como ahora los de doce, no sabíamos nada del mundo». Pronto se metamorfosean en soldados, cambian sus vestimentas urbanas y los actores se adentran en sus personajes plenamente. Todo este juego metateatral tiene una utilidad y está al servicio de la obra, contribuye a la asunción y comprensión del testimonio, del documento que se debe desentrañar. Comienza su entrenamiento sofocante y aturdidor. Correr, correr sin parar a todas horas. Y empieza, sobre todo, la instrucción, el adoctrinamiento, la inoculación del ímpetu bélico para que no duden en disparar a esos «fachas» de enfrente que son sus compatriotas. También da inicio, afortunadamente, su satisfecha camaradería, su hermanamiento. Joan Amargós, Enric Auquer, Quim Àvila, Eduardo Lloveras, Lluís Marquès y Joan Solé ofrecen una compacta actuación, una manifestación de grupo llena de entusiasmo y altas dosis de desconcierto. Hacen desembocar todo su recorrido vital en las necrológicas de aquellos malhadados; aspecto  que da buena cuenta del desgarro y la estulticia de aquel episodio. Perfectamente hubiera podido ser en catalán toda la obra y no en esa mezcla algo artificial en ciertos momentos. Si así hablaban aquellos muchachos de todos esos pueblos de donde los trajeron, con ese acento tan marcado (algo que fuerzan en escena), bien hubiera estado darle un realismo completo. Hubiera cobrado mayor simbolismo político en los tiempos de disputa que corren. Lluís Pascual ha querido cargar las tintas en esa mirada que va fraguando desde el interior, desde el verdadero acercamiento de estos chicos de hoy en día a lo que debieron pasar aquellos. Ha reducido la escenografía al mínimo y se ha apoyado en la potente ambientación musical, lo que le confiere al espectáculo un tono emotivo que nos impacta más por el sentido auditivo, tanto por lo que escuchamos de los protagonistas como por lo que oímos de los músicos que habitan la escena. Este hecho logra una síntesis fenomenal de discurso e impacto sensitivo. Refrendado, a su vez, por la imágenes en vídeo que se proyectan en la enorme pantalla y que sirven para ilustrar todo el suceso. De esta manera, todos los elementos, envueltos en una aparente austeridad, tienden hacia el punto en el que esos chavales se nos escapan. Indudablemente, In memoriam. La quinta del biberón escarba en la historia desde una posición concreta, desde un lado; algo que no nos debe llevar a olvidar que frente a estos también hubo muchachos casi tan jóvenes como ellos, y con una conciencia del acontecimiento tan endeble como la suya. Al salir, tras los merecidísimos aplausos, será imposible no arrastrar fuera del teatro los dilemas que desgraciadamente aún generan divisiones.

In memoriam. La quinta del biberón

Texto y dirección: Lluís Pascual

Cía.: La Kompanyia Lliure

Reparto: Joan Amargós, Enric Auquer, Quim Àvila, Eduardo Lloveras, Lluís Marquès y Joan Solé

Músicos:

         Violines: Oriol Algueró / Isaac Bachs / Ricart Renart

         Violonchelo: Guillermo Martínez / Joan Palet

         Clave y órgano: Dani Espasa / Marc Díaz

         Voz: Robert González

Dirección musical: Dani Espasa

Escenografía: Lluís Pascual

Iluminación: Pascal Merat

Vestuario: Alejandro Andújar

Caracterización: Eva Fernández

Sonido: Roc Mateu / Igor Pinto

Vídeo: Franc Aleu

Ayudante de dirección: Iban Beltran

Asistente de dirección: Òscar Fabrés

Ayudante de vestuario: Maria Albadalejo

Asistente de vídeo: Carles Tamayo / Enric Vilageliu

Profesor de dicción: Pere Navarro (URV)

Profesor de canto: Xavier Mestres

Diseño de cartel: ByG / Isidro Ferrer

Fotos: Ros Ribas

Producción: Teatre Lliure y Temporada Alta – Festival de Tardor de Catalunya Girona /Salt

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 12 de marzo de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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Escuadra hacia la muerte

La nueva incursión en la famosa pieza de Alfonso Sastre no consigue cautivar como antaño

Foto de Pedro CHamizo
Foto de Pedro CHamizo

Esta obra de Alfonso Sastre, estrenada en 1953 en este mismo Teatro María Guerrero, a pesar del éxito que ha ido cosechando históricamente, ha envejecido mal, puesto que requiere un contexto con el que dialogar que se ha perdido, aunque se mantengan ciertas pulsiones belicistas ahora reconfiguradas. La versión que presenta Paco Azorín sobre este grupo de jóvenes encerrados en un búnker (sustituye a la casa del guardabosques del original) a la espera de verse sacrificados en aras de una victoria durante la Tercera Guerra Mundial, aporta un cambio que podemos juzgar de trascendental para la interpretación del texto. Hablo del final ─no me queda más remedio que destriparlo─. Alfonso Sastre marcó que Pedro, mientras dice unas palabras, le ofrece su primer cigarrillo a Luis, el más joven e inocente de todos, y luego baja el telón. Sin embargo, Azorín ha optado por una resolución que puede tener múltiples lecturas. El caso es que nos topamos con este chaval, interpretado por Jan Cornet, con una fuerza expresiva que va de más a menos y que definitivamente remonta, se desnuda y sube esperanzado hacia las escaleras que llevan a la salida. Sigue leyendo

Los temporales

Un coach visita a los empleados de una ETT para una sesión que desencadena todo tipo de conflictos internos

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Ya sabemos que lo último de lo último es que seas feliz en el trabajo. El nuevo mantra ha sustituido aquel otro de que el trabajo dignifica al ser humano (y el stajanovismo fortalece a la patria). Alienaciones. El mundo laboral se ha desencorsetado estéticamente para que te sientas como en casa. Se han tirado las paredes, han llegado los colorines, la música relajante (o acelerante, dado el caso), las ludotecas para mayores con piscinas de bolas, dianas con dardos, mesas de ping pong y de billar, gimnasio. La confraternización profunda con todos tus compañeros como si fuera una secta con propósitos trascendentales. Viste como quieras, todos somos hipsters. Tu jefe es tu colega. Siéntete como en casa. Quédate 14 horas seguidas, somos un equipo (somos tu familia). Cuando el estrés crece en tu interior hasta que te ves sentado frente a un siquiatra recetándote unos ansiolíticos, entonces puede que ya no haya marcha atrás, has quedado atrapado por un modo de vida similar al engranaje de una gran maquinaria. En una muestra de lo que podría ser este ambiente, nos encontramos en una empresa de trabajo temporal. Cuatro empleados reciben la visita de un joven coach, alguien avalado por las ventas de su libro-milagro, de su método de transposición de personalidades, un psicodrama en el que se intercambian los papeles y cada uno debe hacer de su compañero; un sistema, al fin y al cabo, para insuflarles altas dosis de absurda positividad, que es lo que hacen estos mercachifles que se nos cuelan por todos los lados. La cuestión es superar las crisis, fundamentalmente la de Olivia, una mujer desquiciada que ha sufrido un desvanecimiento y que parece dispuesta a tirar la toalla. Sigue leyendo

La rosa tatuada

Un Tennesse Williams menos melodramático en la versión de Carme Portacelli en el María Guerrero

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

En el imaginario de muchos espectadores colea una adaptación cinematográfica en la que Anna Magnani completó un papel creado ex profeso para ella, donde consigue ─aparte del Óscar─ una interpretación que encajaba excelentemente con unas circunstancias históricas, sociales y una consideración de lo que implicaban los extranjeros provenientes de Sicilia a Estados Unidos. También es cierto que el film no es fiel al texto escrito por Tennessee Williams. La cuestión principal radica en: ¿cómo se puede modernizar un relato en el que las costumbres de los protagonistas nos parecen ahora fuera de todo tiempo y lugar? Carme Portaceli se ha embarcado en la difícil tarea de encajar unos modos anticuados, en una sociedad más estilizada. Si la historia de Serafina delle Rose (¿existe alguna otra obra literaria de calidad en la que se abuse tantísimo de un símbolo como en esta? Uno acaba pinchándose con esas rosas por todos los lados), una costurera, inmigrante en un pueblo cercano a Nueva Orleans, enamoradísima de su marido ─a la sazón, un camionero que transporta plátanos y mercancías de otro cariz─ que muere abrasado durante una persecución policial, nos parece increíble; no hay más que fijarse en cómo acaba con un hombre que se define en estos términos: «¡Scusami, Signora, soy nieto del tonto del pueblo de Ribera!». O sea, después de idealizar a su esposo, un hombre, por lo visto, muy atractivo, varonil e impetuoso, que la mantenía y la mantiene en perpetuo encantamiento, esta se «cura» con alguien que de tan bueno, es tonto (incluidas unas orejas de soplillo que le regala el dramaturgo). Sigue leyendo

…y la casa crecía

Una sorprendente escenografía da cobijo a una inocentona comedia que critica a los advenedizos

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Como si las clases medias (sean lo que sean) no hubieran recibido su merecido con creces, por querer encaramarse a la clase superior con la ingenuidad de los crédulos homeopáticos, llega Jesús Campos García para aplastar a sus advenedizos protagonistas con el peso del lujo delicado. Una pareja es seleccionada para alquilar una mansión con el único inconveniente de limpiar y cuidar cada una de las piezas artísticas y decorativas que allí se encuentran. Sorpresivamente, el casón comienza a crecer al mismo ritmo que llegan nuevos artículos desde la aduana. Lo que en un principio estaba destinado al disfrute nobiliario, ahora se torna condena y enredo burocrático con absurdos tintes kafkianos. Y este planteamiento más el despliegue escenográfico son lo mejor de la función; el cómo ha trenzado el argumento, ese es otro cantar. Sigue leyendo