PS/WAM

La última ocurrencia de Rodrigo García es una descomposición de elementos varios que apenas provoca la más mínima reacción

Nadear en la NADA con sus naderías nadeantes. NADA NADA NADA. Pretende Rodrigo García aprovechar sus estatus para esputar un espectáculo excrementicio con hálito escatológico y con las ínfulas de «crítica a las falacias del mundo contemporáneo». Espectáculo destinado a pacientes fans (poco más de una centena para cada función) que se largan tras terminar, ignorando si hay que aplaudir semejante tomadura de pelo. Creo que llega un punto en el que reírle la gracia al dramaturgo es llamarse imbécil; pues su aporte artístico es una vaga descomposición de cachivaches que configuran un engrudo realmente insufrible. El hilo conductor de semejante artefacto es tu propia imaginación y tu voluntad por encontrar sentido al caos. Este Piano Sonatas / Wolfgang Amadeus Mozart (PS/WAM) es una instalación dadaísta que se deglute sobre sí en el sinsentido azaroso que no significa NADA, que apenas llama la atención ―mucho menos a sus habituales espectadores―, que se agota en el aburrimiento y que únicamente sirve para descreer de este callejón sin salida esteticista. La Nave 11, la Fernando Arrabal, la grande del Matadero, despojada de las butacas. Un tique para pedir la vez en este supermercado de chorradas con un «Muérete» impreso (quien avisa no es traidor, supongo). Hacerse con el espacio, desplazarse (a pie, claro, a pie) sobre ese duro cemento ocupado por esos armatostes como esculturas surrealistas. La morosidad se impone en la estupefacción. Juan Loriente y Daniel Romero vestidos a la moda versallesca del XVIII, pero atravesados por el tamiz pop. Ni por asomo estamos inmersos en cuadro de El Bosco; pero se percibe una ínfula al adentramiento onírico. Pantallas de vídeo con nuestros protagonistas retozando entre los setos y las usuales proclamas provocativas del dramaturgo como epigramas con ansias de perdurabilidad. Uno carga con una cabeza de ciervo, el otro carga sobre sus espaldas una pintura costumbrista repleta de cascabeles. No llega para ser danza de la muerte. Fin. NADA. Empujar esforzadamente dos rocas por el suelo hasta que las chocan. Fin. NADA. Encender las velas clavadas en varios metrónomos y enguantarse otras tantas como en un cumpleaños infeliz. Fin. NADA. Conversación entre padre e hijo (Mozart) sobre la grandísima pantalla. Fin. NADA. Secuencias de películas ochenteras de acción y de violencia con cuenta hacia delante (una de Bruce Lee, por ejemplo). Fin. NADA. Quince minutos humillando la chola para leer en soledad, rodeado de los asistentes, tiras de textos repartidos por el suelo. Los frecuentes versos de don Rodrigo, con su crítica social desencantada. Soeces, lúbricos, cachondos, ingeniosos (muchos de ellos), divertidos, sagaces, originales, repetitivos en los temas. Porque los temas son los de siempre desde hace mucho en la dramaturgia del autor. Si repasamos algunas de sus obras en su prolífica producción: Daisy, Arrojar mis cenizas sobre Mickey, 4 o Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto. Bisturí aplicado a nuestra vanidad, nuestro moralismo, la influencia de la superchería religiosa, la sociedad de consumo, la estulticia de los políticos, las contradicciones del feminismo hegemónico y ese etcétera tan tópico en la crítica cultural posmoderna con su asegurado distanciamiento y que apenas salpica. Fin. Opel Corsa destartalado, verde piscina, honores para el Marqués de Sade, culo pintado de colorines, película porno de ambiente dieciochesco (también el dedo en el culo). Cancioncilla procaz y reiterativa. Humo, mucho humo. Fin. NADA. Movimientos de skate en el aire para devenir en vagabundo ensabanado con una lámina de periódico para terminar empapado por una lluvia fumigante. Fin. NADA. La cabeza del ciervo sangra en el centro de la sala. Fin. NADA. Otros diez minutos para humillar la cerviz y leer los textos que te falten, si aún te apetece pisar otra vez a alguien. Fin. Pueden ustedes comerse un merengue y beber un poco de agua. Amabilidad, ante todo. En esta ocasión nadie vendrá a luchar por el lagarto que se inmoviliza tranquilamente en su pecera. Si en la representación de Gólgota Picnic, el tramo final estaba dedicado a la interpretación al piano por un pianista en bolas de «Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz», de Haydn (con las consiguientes protestas en la calle, en Francia. Aquí poco revuelo, cuando estuvo en el María Guerrero); aquí tenemos una composición vanguardista de música electrónica de tintes ruidistas no apta para oídos poco acostumbrados. Daniel Romero, que es conocido como «.tape.» en su faceta de músico, ha creado una pieza verdaderamente machacante que en la reverberación de la nave llega a ser algo molesta (otras de sus creaciones son más atmosféricas y agradables al oído). Aunque más molesto es contemplar el vídeo en el que los dos actores hacen el gamberro, como niños, entre los instrumentos de una orquesta y fastidian a los músicos con sus pijerías. Fin. Silencio. Todos a casa. Alguien esboza un aplauso. ¿Podemos seguir dándole crédito a Rodrigo García? Yo creo que este montaje de fluxus naíf, tan poco impresionante, aburrido, que no provoca la más mínima reflexión y que no aporta ningún interés merece nuestra indiferencia. A estas alturas, en un mundo repleto de estupideces epatantes, de vídeos gilipollescos, de acciones intrascendentes que pasan por artísticas gracias a un marketing controlado por snobs, esto es poca cosa. Quizás lo mejor es cerrar los ojos y escuchar las «Sonatas» interpretadas por Glenn Gould a la espera de que seamos subyugados por el «efecto Mozart». En un sentido suprairónico, esto sería un ejemplo más (demasiados para el mismo autor) de la supuesta descomposición cultural y social de nuestra contemporaneidad. Es una gran NADA.

PS/WAM

Textos: Rodrigo García y extractos seleccionados de la correspondencia de Mozart con su padre, traducción Miguel Sáenz

Dirección y espacio escénico: Rodrigo García

Actores: Juan Loriente y Daniel Romero

Asistente de dirección: Sarah Reis

Vídeos: Rodrigo García, Daniel Romero, Jesús Santos y David Rodríguez Muñiz

Diseño de luz: Jesús Santos y Roberto Cafaggini

Vestuario y maquillaje: Deva Gayol

Música: Sonatas para piano de Mozart interpretadas por Glenn Gould

Música adicional: Daniel Romero

Traducción y interpretación Guaraní: Nadia Cazal

Dirección de arte: Arturo Iturbe

Dirección técnica: Roberto Cafaggini

Responsable de producción: Sarah Reis

Producción: La Carnicería Teatro

Co-producción: Festival Citemor Montemor -o-Velho (Portugal), Naves del Matadero Madrid – Centro Internacional de Artes Vivas (España), Rodrigo García y Boucherie Théâtre (Francia)

Colaboración: OSPA – Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y l’Académie de France à Rome – Villa Médicis.

Rodrigo García y Boucherie Théâtre cuenta con el apoyo del Ministerio da Cultura e da Comunicación de Francia – DRAC

Naves del Matadero (Madrid)

Hasta el 23 de febrero de 2020

Calificación:

Empire

Milo Rau cierra su trilogía sobre Europa con una propuesta antiteatral donde conocemos la vida de cuatro actores emigrantes

Nos encontramos ante la última parte de una trilogía sobre Europa (sus movimientos, sus ruinas, sus ciudadanos) que el dramaturgo Milo Rau lleva pergeñando en los últimos años, junto a otros proyectos de carácter político como Five Easy Pieces. Y, para empezar, debemos manifestar que la propia mecánica del espectáculo resulta agotadora y desmotivante. Uno está postrado en su butaca durante dos horas marcando la vista (¿algún polígloto en la sala?) en la barra de los subtítulos que se sostienen bajo la pantalla. Texto y más texto. Narraciones, viajes, descripciones. Y texto y más texto. El rechazo consabido del diálogo de cierto teatro postdramático acaba en el uso abusivo del monólogo (o monólogos) que funciona ajeno a otras interacciones. Los actores comparten espacio y experiencias similares; pero parecen vivir en coordenadas temporales diferentes. O, si se quiere, actúan como espectros que han sido convocados para intercalarse en sus alocuciones. Es tal el hieratismo que se impone y la imposibilidad de bajar la mirada (daría igual, pues están quietos en unas sillas), que los intérpretes se convierten en seres prescindibles una vez que su rostro recogido por una cámara es emitido a través de una pantalla (en un frío blanco y negro). No puedo afirmar tajantemente que no estuviera grabado (no lo estaba, pero también daría igual). Empire termina por ser un documental, donde las pocas imágenes que no son aquellas cabezas parlantes podrían perfectamente desaparecer y quedarse en un archivo sonoro, en un podcast que podrías escuchar mientras vas por la calle. Sigue leyendo

En un tiempo oscuro

Daniel Teba desembarca en las Naves del Matadero para situar a unos superhéroes en la duda existencial

Foto de Alfonso Bernabéu

Hay que celebrar que los dramaturgos busquen y rebusquen nuevas maneras de atacar el hecho teatral; pero da la impresión de que algunos creadores, en los últimos tiempos, se han olvidado de los hechos sustanciales para ofrecernos obras deshilachadas, vacuas y cargadas de gestos que únicamente favorecen la sorpresa espasmódica. Cuesta pensar adónde quiere dirigirnos Daniel Teba con este espectáculo, que se alarga irremediablemente hasta las casi dos horas y del que él es el máximo responsable. Digamos claro que es una obra desnortada, a la que le faltan ideas, que rellena huecos y espacios —que se pretenden amplios y abarcadores— con diálogos insulsos que repiten las mismas consignas. ¿Qué cuenta, qué plantea? Si se toma en serio, nos encontramos con cinco superhéroes en un spa, dispuestos a relajarse; pero también a mantenerse en forma. Así se lanzan a las tablas, con una esforzada coreografía de Juanjo Torres a medio camino entre cualquier método de aeróbic y los pasos de baile de alguna estrella del pop. Ese ritmo reiterativo que se despliega con los movimientos de sus cuerpos es el que se extiende por toda la función; además, el tono jocoso que de vez en cuando aparece y que logra, por momentos, las risas del respetable; aunque no se redondea en comedia. Sigue leyendo

Deadtown

Los hermanos Forman presentan un espectáculo de varietés, circo y cine mudo que recuerda al Lejano Oeste americano

Foto de Irena Vodáková, Jana Lábrová y Josef Lepša

Todo apuntaba a espectáculo trepidante bajo el auspicio de unas Naves del Matadero en búsqueda irrefrenable por la vanguardia; pero si reflexionamos detenidamente sobre lo que presentan los hermanos Forman, la verdad es que termina por ser decepcionante. Tanta parafernalia, con ese amplísimo equipo, ofrece un montaje insustancial que se lo juega todo a una serie de procedimientos técnicos y circenses que, a estas alturas, no son para tanto. Y es que resulta que la primera media hora de la función consiste en una colección de canciones country, de trucos de magia —destinados a espectadores ingenuos—, de malabarismos con bicicleta, de coreografías de patinadores, de bailes ad hoc ejecutados impetuosamente. Acompañados por una orquestina en un escenario con partes móviles que se asemeja a aquellos salones del Lejano Oeste con varietés. Sigue leyendo

Circo de pulgas

La compañía Matarile presenta su nueva obra, un posdrama sobre los raros, los monstruos y los marginados

El tiempo pasa y aún seguimos con lo nuevo, con lo contemporáneo, y con lo moderno. Con la disyuntiva entre lo performativo y el texto. Pero a esto que llamamos posdrama habrá que ponerlo en su sitio de una vez, porque la fórmula está completamente desgastada o, más bien, la han desgastado la publicidad, Youtube, los memes y todas esas combinaciones de dadaístas que tanto nos entretienen mientras nos roban la cartera. El mundo es posdramático y los de Matarile pretenden seguir con esa estética encerrados en un teatro. Dura competencia. El problema, si somos lo suficientemente exigentes, es que esta forma de expresión escénica que se viene abalanzando hacia nosotros desde finales de los sesenta, en la onda del posmodernismo francés vive anquilosada en un esquema redundante. Y el esquema se viene esbozando desde las vanguardias históricas y en el ámbito español con La deshumanización del arte, de Ortega. Sigue leyendo

Five Easy Pieces

Performance metateatral donde siete niños recrean un macabro episodio sobre un pederasta belga

Foto de Phil Deprez

¿Cuál es la materia de esta obra que nos presenta Milo Rau en las Naves del Matadero? ¿El andamiaje de la performance en una vuelta de tuerca más a la metateatralidad, o la recreación del Caso Dutroux, aquel pederasta y asesino que conmocionó a la sociedad belga a finales de los noventa? Desde mi punto de vista, se inclina demasiado hacia la primera opción y eso genera un distanciamiento excesivo sobre el contenido. ¿Porque convendremos en que este espectáculo no es un puro formalismo sobre cómo se monta una función con niños y para ello se utiliza cualquier historia, no? El hecho de emplear chavales entre nueve y trece años ya es en sí un reto; pero, para este asunto, además, una ventaja. Si se equivocan, como así ocurre, tendrán la doble condescendencia del público, primero porque son apenas unos infantes y, segundo, porque no deja de ser un ensayo. Por otra parte, la estructura del montaje es muy clara: un prólogo donde conocemos a los siete aspirantes a actores; donde brota, eso sí, su espontaneidad y esos hechos sobre su propia vida que nos cuelan para romper (o todo lo contrario) más la línea entre la realidad y la ficción. Sigue leyendo

Las Cervantas

El «caso Ezpeleta» sirve de excusa para reivindicar el papel de la mujer en los comienzos del siglo XVII

las-cervantas-fotoSe están dando en nuestra sociedad últimamente con mayor profusión toda una ristra de endebles proposiciones culturales que se empeñan en obviar lo verosímil con tal de entretener vanamente o, en otros casos, encontrar las fuentes de ciertas ideologías de gran predicamento en la modernidad, en concreto, el feminismo. El falseamiento de la historia socioeconómica y sus costumbres que se da en muchas series de televisión españolas es clamorosa, no hay más que fijarse en Velvet que, por lo visto, transcurre en una burbuja espacio-temporal donde el franquismo no afecta y los personajes femeninos viven como si disfrutaran de todos sus derechos (flaco favor. Ante todo no hay que amargar al espectador). Mutatis mutandis, Inma Chacón y José Ramón Fernández nos quieren vender que las Cervantes (peyorativamente las Cervantas; aunque con mucho orgullo) eran prácticamente unas librepensadoras, unas intelectuales, casi revolucionarias, unas libertarias republicanas avant la lettre (con monja y todo); es decir, un despropósito, máxime cuando en la nota de prensa leemos: «Las hermanas de Cervantes, libres, cultas, que viven de su trabajo componiendo ropa, que han sobrevivido a los abandonos y la falta de palabra de hombres defendidos por los usos de la época…». Si no se acota esta libertad a lo que de verdad pudo ser, es fácil que parte del público más crédulo trasponga valores actuales con los de aquel periodo. Por lo tanto, se induce al engaño. Nos situamos en 1605, concretamente el lunes 27 de junio, en las afueras de Valladolid. Sigue leyendo

La estupidez

Una sátira caótica en un motel de Las Vegas que tiene como desencadenante a la avaricia

elenco-la_estupidez-feelgood_teatro-santados-color-altaDurante una de las escenas de La estupidez, un matemático discurre con otro matemático más joven acerca de las ecuaciones Lorenz y todo aquello que se refiere a la teoría del caos, que en nuestro conocimiento prosaico asimilamos con el efecto mariposa. También, se comenta el caso del mono que sentado frente a una máquina de escribir, tecleando al azar durante millones de años, llegaría a plasmar, en alguna secuencia, cualquier obra escrita hasta ahora y, lo que es «mejor», cualquiera que se vaya a escribir en el futuro. En fin, curiosidades de las matemáticas. Lo interesante es que la propia función se mueva en ese aparente caos y que este haya sido desencadenado por el aleteo de la avaricia y que, además, venga envuelto de un humor eminentemente judío, pueblo, no obstante, acusado de avaro y adorador del Dios Dinero, y que el texto haya sido escrito por Rafael Spregelburd, argentino de Buenos Aires, donde, por cierto, afirman que existe un psicoanalista por cada tres ciudadanos y donde, por cierto también, viven muchos judíos que seguramente compartan que los porteños son de por sí verborreicos y tendentes a la neurosis o quizás solo sea un tópico. En definitiva, una estructura superficial que posee un engranaje en su estructura profunda que igual que te ilumina sobre la naturaleza humana, te lleva a cuestionar su propia capacidad intelectiva. Sigue leyendo

Danzad malditos

Sugerente versión de la célebre película, aunque sin el ritmo adecuado

Foto de Pablo Rodrigo
Foto de Dominik Valvo

Viene esta versión escrita por Félix Estaire pegada a la célebre película de Pollack y las comparaciones serán irremediables. Ya nos enseñó Steinbeck en Las uvas de la ira que la deshumanización, durante aquella época verdaderamente depresiva y llena de carencias tras la hecatombe del 29 en EE.UU, fue brutal. El lumpen da vueltas en el circo de baile a la espera de que comience el certamen; mientras, el maestro de ceremonias, encarnado por Rulo Pardo, como un mefistófeles garboso y augusto, dispone las reglas, avanza los atajos y los posibles juegos de eliminación; todo tan azaroso que clamar justicia se torna absoluta imbecilidad. Danzar hasta la descomposición, con el fin de ganar la recaudación procedente de un público (en este caso nosotros) que aguza su vertiente macabra. Un divertimento burgués, una ofensa insolente, unos Juegos del hambre visionarios, unos pobres gladiadores rodeados de risotadas con dentaduras postizas. Penoso. Sigue leyendo