En la orilla

Una adaptación de la premiada novela de Rafael Chirbes que recoge parte de su espíritu decadente

Foto de Sergio Parra

La verdad es que estaba a la expectativa de cómo se iba a adaptar la novela de Chirbes. En la orilla, el texto premiado (con el Nacional) del escritor valenciano, la voz narrativa, esa perspectiva interior que se confunde con el protagonista, da vueltas y más vueltas sobre los mismos temas, como enfangada por un pasado que le impide vislumbrar el futuro. Lo interesante, siempre que se traslada un género narrativo a la escena, es intentar trasponer los recursos literarios para no quedarse solamente con el argumento. Y, ciertamente, se consigue a medias. La obra comienza, tras un inquietante prólogo en el que Ahmed, un ex trabajador de la carpintería de Esteban, y su amigo Rachid están pescando en el marjal, cuando el primero encuentra dos cuerpos entre el barro. ¿Qué ha pasado? Es ahí el momento en el que empieza la historia. Parecen inevitables las contextualizaciones: Esteban explicando sus circunstancias vitales, presentándonos a su amigo Francisco y este detallando varios de sus avatares. El meollo, en este aspecto, comienza frío y falto de teatralidad. Luego mejora mucho la función cuando la colección de asuntos que pesan sobre la espalda del protagonista fraguan en las conversaciones broncas con Francisco, su colega de la infancia, un sibarita experto en vinos, aquel que se casó con Leonor, la chef más importante del país; y con Justino, un insolente empresario, un advenedizo, un auténtico cerdo, un genuino machista, prototipo de putero facineroso. Cuando dialogan, mientras la coca se cuela por las napias y el vino o el whisky adoban sus hígados, asistimos a la constatación de cómo la avaricia y el desprecio humano nos entregan a tipos que se sostienen en un discurso cínico que únicamente sirve para fanfarronear delante de sus compadres o para mantener la impostura. En la orilla, ante todo, es la historia de un fracasado. Lo malo es que no ha fracasado a lo grande, sino como un pardillo que en lo económico quiso jugar en la liga que no le correspondía; ya se sabe, en aquella época de bonanza quien no se metía a promotor es que no estaba en la pomada. Claro que luego, cuando hipotecas la carpintería para ponerla en manos del señor Pedrós, el gran constructor, y se va a todo a pique, te acuerdas de los prudentes. Además, en el amor no supo ni estar a la altura, ni reponerse de aquella relación con Leonor y, mucho menos, cuando se largó con su mejor amigo. Tampoco supo sacar rédito de las enseñanzas políticas de su padre, un anciano comido por la demencia, que se descuelga en una silla de ruedas, que ha batallado en la Guerra Civil en el bando perdedor y que no le ha quedado más remedio que vivir escondido gran parte de su vida (requiere todo tipo de cuidados). Y este pobre carpintero termina desesperado en su decaído pueblo valenciano, donde el esplendor ahora es un remedo de lo que fue. César Sarachu se encarna en Esteban y vuelve a ofrecernos sus peculiares procedimientos actorales, sumido en la aparente fragilidad de su cuerpo espigado —debería aparentar más edad—, quiere arrancarse, sacar el orgullo; pero domina los excesos, hasta resultar algo miserable y patético; fundamentalmente cuando intenta sobar y manipular a Liliana, una joven colombiana que acude a casa para asistir al padre, y que Yoima Valdés interpreta con astucia. Ángel Solo se esconde bajo una careta inverosímil para hacer de padre; luego se la quita y se ocupa de dos breves papeles, de Rachid y Álvaro, uno de los empleados de la carpintería que se enfurece cuando es despedido y se planta enérgico. Por su parte, Marcial Álvarez, borda su rol de Justino, se emplea a fondo en redondear un personaje verdaderamente asqueroso, un espécimen de malvado y corrupto. También magnífico Rafael Calatayud como Francisco, un hombre que nos va resultando más avieso cada vez que habla. Resulta contundente Adolfo Fernández como Pedrós, el moreno que gasta le infunde una credibilidad inmejorable. Me parece un acierto que el personaje de Leonor escape de la mente torturada de Esteban y que la podamos ver de carne y hueso en la piel de Sonia Almarcha, quien realiza su imperioso ajuste de cuentas, como una especie de autoflagelación del protagonista que la ve ahí, subida a la pasarela de tablillas que bordea el marjal. Porque la escenografía de Emilio Valenzuela es engañosamente sencilla. Ha apostado por la versatilidad de los elementos, por utilizar un gran prisma de madera que se va desplazando según las necesidades y que oculta un armero, un licorero y hasta una sierra. Todo ello con una pantalla al fondo en la que se proyecta el paisaje de Olba, el pueblo inventado por Chirbes, que es iluminado por Pedro Yagüe con esos tonos macilentos que tanto nos hablan del lodazal en el que se ha convertido aquel paraje.

Hay que reconocer que es complejo escapar del torrente narrativo de la novela y encontrarse con una síntesis que pretende vivificar el barrunto de un hombre desquiciado; lógicamente aquellos que no hayan leído el texto previamente obtendrán una experiencia muy distinta. Desde luego, la adaptación de Adolfo Fernández y Ángel Solo es ajustadísima. Podrían haber caído en la tentación de ser reiterativos; pero han sabido sintetizar el espíritu con gran precisión. La empresa era compleja; pero En la orilla nos deja momentos de gran intensidad teatral que reflejan en cierta medida lo que ha sido este país en los últimos años, si no más.

En la orilla

de Rafael Chirbes

Adaptación: Adolfo Fernández y Ángel Solo

Dirección: Adolfo Fernández

Reparto: Sonia Almarcha, Marcial Álvarez, Rafael Calatayud, Adolfo Fernández, César Sarachu, Ángel Solo y Yoima Valdés

Escenografía y videoescena: Emilio Valenzuela

Iluminación: Pedro Yagüe

Vestuario: Blanca Añón

Sonido y música original: Miguel Gil Ruiz

Producción ejecutiva: Cristina Elso y José Alberto Fuentes

Distribución: Emilia Yagüe Producciones y Teresa de Juan

Asistente de dirección: Nuria Hernando

Locuciones: Ben Zahra, Badar Taoufiki y Susana Abaitua

Dirección técnica: Jaime Marcos

Diseño de cartel: ByG / Isidro Ferrer

Fotos: Sergio Parra

Coproducción: Centro Dramático Nacional, K Producciones, La Pavana / Diputación de Valencia y Emilia Yagüe Producciones en colaboración del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco

Teatro Valle-Inclán (Madrid)
Hasta el 21 de mayo de 2017

Calificación: ♦♦♦

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