Matías Umpierrez dispone un atlas sobre el odio en el Centro CondeDuque a través de una panoplia de artefactos

No tengo tan claro que persistir en el collage, en el corta y pega, en el dispositivo, en la instalación, en el videoclip sea la manera más adecuados para percutir en conceptos fundamentales. El arte contemporáneo a través de museos, galerías, salas de teatro o espacios no convencionales ha propiciado el cachivache que hoy, cuando los minivídeos rielados nos someten en el circuito cerrado de nuestro solipsismo, se ha convertido en el insignificante espejo de nuestra inopia.
Ya nos demostró Matías Umpierrez en su anterior montaje, Eclipse, que tiene querencia omniabarcadora. Pero he de reconocer que he salido del CondeDuque con la sensación de que se me escurren en la memoria los relatos del artefacto. ¿Debo asumir que siempre eran ejemplos de lo mismo? Lo cierto es que no, que cada uno tenía su contexto y que es ahí donde no se incide. El odio tiene sus peculiaridades ─y muy hondas e inasibles─ dependiendo de sus circunstancias. Sigue leyendo



Pasar de 1923 a 2023. Y hacer que La enfermedad de la juventud, de F. Bruckner, nos parezca aún vigente. En el fondo seguimos con lo mismo; aunque en los últimos años la oleada neopuritana llegada directamente de los imperialistas Estados Unidos se nos haya inoculado por la izquierda. Por esto, paradójicamente, parece no una obra enfocada en nuestro año sino, quizás, en 2013. Comprendo que esto es ponerse muy tiquismiquis; no obstante, estas chicas hoy nos soltarían otras soflamas a la cara, algunas de esas que se repiten hasta la saciedad en TikTok y otras performances del montón; y que tendrían que ver con el consentimiento o con el deseo no deseante o con el follar con empatía o «con el yo quería, pero resulta que no». 


