Juan Mayorga ha vuelto a escribir otra de esas obras complejas que exigen del espectador un esfuerzo intelectual superior
Dentro de las distintas tendencias que podemos encontrar en el teatro de Juan Mayorga, La colección se aunaría con aquellas más metafísicas ─alegóricas, podría puntualizar─. Es decir, si nos fijamos en el último decenio, pues pensaríamos en El Golem o en El cartógrafo. Ahora, nuevamente, dada la dificultad a la que nos expone el dramaturgo, debemos repasar qué filosofía se exprime en este espectáculo. Convendremos que, ante todo, está su venerado Walter Benjamin, y si quisiéramos afinar más, el ensayo La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Por supuesto que también está Platón a través de la influencia que ejerció sobre el pensador alemán muerto en Portbou en 1940. Todo esto, principalmente, es lo que debemos conservar en nuestra cabeza para enfrentarnos al reto de desentrañar un asunto más críptico de lo que parece. Sigue leyendo
El periplo por el que deben pasar muchos migrantes para lograr asilo político es pasmoso. Más peculiar es, todavía, si la orientación sexual es la razón imperiosa que se esgrime para conseguir los dichosos papeles. Resulta, por lo tanto, pertinente tratarlo en una obra teatral y este es el gran aliciente que nos depara este montaje. De hecho, la primera escena es la más elocuente; porque nos sitúa directamente, de una manera tajante y brusca, en una entrevista donde un funcionario, interpretado por Carlos Lorenzo, imponiendo su cuerpo con pujanza, somete a un joven iraní a un cuestionario repleto de preguntas capciosas y que atentan claramente contra la intimidad del solicitante. 
Ya dio cuenta este mismo Teatro Bellas Artes de esta misma obra de Florian Zeller con Héctor Alterio como protagonista. Ahora la gracia está en que podemos disfrutar de dos montajes del dramaturgo francés en los teatros madrileños, pues Aitana Sánchez Gijón está comandando La madre en el Teatro Pavón (nos faltaría El hijo, para cerrar la trilogía). Además, la función que nos compete está mediada por el éxito que tuvo la versión cinematográfica con Anthony Hopkins a la cabeza.
Que la empresa, a priori, era arriesgada eso es más que evidente y, por eso mismo, la producción parece que debiera haber sido más acorde con el magno planteamiento. Porque la factura se torna macilenta, pobre y repetitiva. Una especie de quiero y no puedo permea el ritmo. Conviene comparar este montaje con 
El vodevil de nuestro monarca en las últimas dos décadas pedía protagonismo en alguna comedia teatral. A falta de un Berlanga, no hubiera estado mal que Els Joglars hubiera afinado con el tono de la farsa y hubiera encontrado un argumento más sugestivo. No se puede sostener que sean equidistantes, más bien, insignificantes; aunque un público tan entregado, tanto a la figura representada como a sus representantes, cualquier guiño hacia un extremo u otro les regocija. Aceptemos que el prólogo es poco fascinante, con unos «moros» limpiando aquí y allá, hablando en árabe, claro, y generando las primeras risas para un montaje naíf, sin pullas desopilantes. Se entiende que esta vaguedad sirva para que sus señorías resuelvan suspender su móvil ─los soniquetes con ciertos espectadores parecen inevitables─. 
