La compañía ex_límite continúa su andadura teatral con otra propuesta enormemente sugestiva sobre los límites de la realidad a través del arte

La gente que está metida aquí viene demostrando su desparpajo y su humor, su desvarío y su pujanza juvenil, en los últimos tiempos. La compañía ex_límite, que tiene su guarida en la sala del mismo nombre en Usera, ha ido entregando proyectos de cierta dimensión como Cluster. Ahora se lanzan con Ficciones, y rápidamente debemos pensar en Borges, el cual también aparece en escena. Dentro del susodicho libro de relatos debemos extraer Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, toda una exacerbación del idealismo frente al materialismo, donde la cabalgata de personajes reales e inventados es tan imparable como nuestra función. «Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres», afirma en su cuento el escritor argentino. Sigue leyendo
Hace apenas tres meses pudimos asistir a la versión que expuso Declan Donnellan sobre el
¿Ha intentado David Trueba hacer un refrito de su cine más costumbrista para ir sobre seguro en su primera aproximación a las tablas? Apostemos a que sí. Rebuscar en el pasado para describir a gente de su generación. Fijémonos en Casi 40. Tengamos, también, en cuenta que ambos actores trabajaron a las órdenes del director en A este lado del mundo. Además, podríamos considerar algunas de sus novelas, como Cuatro amigos. Ciertamente al autor le gusta penetrar en la realidad española y abordar aspectos a veces desapercibidos. Por eso es capaz de incluir elementos humorísticos extraídos de sus admirados Berlanga y Azcona. Aunque en esta obra teatral se eche de menos esa comicidad un tanto paradójica.
Bajo el título general Los muertos no respetan el descanso, María Velasco publicó en la editorial La Uña Rota las obras
Cuesta pillar el auténtico enfoque pretendido en esta propuesta sobre acoso escolar y ese modo de revancha «a la americana» consistente en liarse a tiros. Desde luego, la masacre de Columbine de 1999 marcó, si se puede afirmar así, una estética, un modus operandi destinado a la imitación. Luego, encima, se quiere meter en la coctelera otra estética, la que a su vez inició la película Scream y todas sus secuelas. La máscara de fantasma con el rictus del grito es más que célebre.
Si el trasfondo de este relato no fuera absolutamente terrible, casi pasaría por una fábula destinada a todos los públicos. Los modos y las maneras que se emplean acotan la catástrofe a los ojos de una inocente oveja llamada Berenée, que Marcela Valencia interpreta con mucha agilidad, y con gran capacidad para crear entendimiento y ternura en aquellos que tiene alrededor. Hablamos de otro pueblo más de desplazados forzosos.
Para empezar, digamos que Del color de la leche funciona mejor en su puesta en escena que como novela. Esta se ha convertido en casi un bestseller. No me extraña, ya que no solo es breve, sino que está escrita por Nell Leyshon con un artificio que favorece la lectura y que, incluso, podría recomendarse a los adolescentes. Porque entendamos que la verosimilitud es más que cuestionable. Una quinceañera que acaba de aprender a leer y a escribir no solo es capaz de narrar su historia de una manera legible y correcta (pocos errores sintácticos u ortográficos, amén de un vocabulario variado aceptable), sino que llega a usar metáforas (el mismo título referido a su pelo) y otras figuras retóricas que raramente se le pasarían por la cabeza. 
La impresión que nos ha generado la invasión de Ucrania, sumada al destrozo de Gaza en estos momentos, es más que suficiente para inspirar este montaje tan potente en su puesta en escena. Nos hallamos en tierra de nadie. Un par de individuos empujan una casa ambulante, como el carro de Madre Coraje. Crezk es un tipo estrafalario, un traficante de armas, que más parece un chamarilero, que intenta hacer sus negocios a través de una radio portátil. Su territorio dice llamarse Osel, como si fuera un aspirante a señor de la guerra. Luisfer Rodríguez le imprime un subyugante rictus entre vesánico y bufonesco.