Las vivencias de las mujeres en la guerra ucraniana se plasman en escena a través de varias partes inconexas firmadas por tres dramaturgos

Hace poco más de un mes se representó en la misma Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez la obra Protocolo del quebranto, inspirada igualmente por la guerra en Ucrania. Ahora le toca el turno a un grupo de dramaturgos, quienes nos dejan semblanzas, retazos, noticias, vivencias y otros vericuetos al hilo del tema. Miguel Ángel Quirós las ha unido ─creo que esto es mucho decir─ en un espectáculo que, desde el punto de vista dramatúrgico parece muy traído por los pelos. Cuesta mucho inducir una estructura, una misión particular, una mirada más concreta y humana que se pueda quedar en nuestra memoria. O sea, ya asistimos a diario a toda clase de reportajes, de vídeos sobre distintas atrocidades, repercusiones en los medios sobre declaraciones de tintes geopolíticos y demás asuntos que nos sobrepasan, como para que el teatro no aúne, no concrete, no personifique en lo peculiar. Sigue leyendo

Hace apenas tres meses pudimos asistir a la versión que expuso Declan Donnellan sobre el
¿Ha intentado David Trueba hacer un refrito de su cine más costumbrista para ir sobre seguro en su primera aproximación a las tablas? Apostemos a que sí. Rebuscar en el pasado para describir a gente de su generación. Fijémonos en Casi 40. Tengamos, también, en cuenta que ambos actores trabajaron a las órdenes del director en A este lado del mundo. Además, podríamos considerar algunas de sus novelas, como Cuatro amigos. Ciertamente al autor le gusta penetrar en la realidad española y abordar aspectos a veces desapercibidos. Por eso es capaz de incluir elementos humorísticos extraídos de sus admirados Berlanga y Azcona. Aunque en esta obra teatral se eche de menos esa comicidad un tanto paradójica.
Bajo el título general Los muertos no respetan el descanso, María Velasco publicó en la editorial La Uña Rota las obras
Cuesta pillar el auténtico enfoque pretendido en esta propuesta sobre acoso escolar y ese modo de revancha «a la americana» consistente en liarse a tiros. Desde luego, la masacre de Columbine de 1999 marcó, si se puede afirmar así, una estética, un modus operandi destinado a la imitación. Luego, encima, se quiere meter en la coctelera otra estética, la que a su vez inició la película Scream y todas sus secuelas. La máscara de fantasma con el rictus del grito es más que célebre.
Si el trasfondo de este relato no fuera absolutamente terrible, casi pasaría por una fábula destinada a todos los públicos. Los modos y las maneras que se emplean acotan la catástrofe a los ojos de una inocente oveja llamada Berenée, que Marcela Valencia interpreta con mucha agilidad, y con gran capacidad para crear entendimiento y ternura en aquellos que tiene alrededor. Hablamos de otro pueblo más de desplazados forzosos.
Para empezar, digamos que Del color de la leche funciona mejor en su puesta en escena que como novela. Esta se ha convertido en casi un bestseller. No me extraña, ya que no solo es breve, sino que está escrita por Nell Leyshon con un artificio que favorece la lectura y que, incluso, podría recomendarse a los adolescentes. Porque entendamos que la verosimilitud es más que cuestionable. Una quinceañera que acaba de aprender a leer y a escribir no solo es capaz de narrar su historia de una manera legible y correcta (pocos errores sintácticos u ortográficos, amén de un vocabulario variado aceptable), sino que llega a usar metáforas (el mismo título referido a su pelo) y otras figuras retóricas que raramente se le pasarían por la cabeza. 