La obra de Carlos Be regresa a las salas teatrales de la mano del Komité de Expertos con una dramaturgia asentada en los viewpoints
Que una obra estrenada en 2012 en la Sala Triángulo (ahora Teatro del Barrio) y que estaba destinada al fervoroso y minoritario circuito off regrese a los escenarios, ya supone una rareza. Pero los intérpretes de aquel proyecto han decidido darle otro brío y ellos mismos, enmascarados en el Komité de Expertos, se han dirigido, con la inestimable dirección de Isabel Sánchez. De esta manera, el montaje Exhumación de Carlos Be, ahora es Hamlet/21: Informe de una exhumación. Lo más llamativo de esta nueva «intromisión» es la dramaturgia; pues han optado por las técnicas del viewpoints. Procedimiento este, que en España está explorando y explotando fértilmente Gabriel Olivares. Esta mirada es crucial para el espectáculo que nos compete, y si bien se logra en bastantes momentos una extrañeza sugerente sobre el acontecimiento dado; también creo que es justo reconocer que ciertos excesos perspectivistas acaban por adensar la función, por romper cierto dinamismo y por entorpecer una claridad que se anhela entre tanta capa. Sigue leyendo


¿Merece la pena adaptar la obra de Lorca para, en lugar de aportarle un aire nuevo, otra temperatura, quizás, con mayor consonancia presente, desvirtuarla hasta hacer de ella un acontecimiento entre dos aguas? La necesidad de duplicar la actualización de un clásico, pues toda obra del pasado es actualizada ipso facto por la mirada de un espectador nuevo, conlleva, en muchas ocasiones, la descompensación anacrónica de los hechos, y el descoloque de unos símbolos que requieren de un contexto sociocultural muy concreto. Si nos venimos al ahora, ¿qué es la esterilidad de una mujer? O debemos tomar la verosimilitud a medias y a gusto del consumidor. Microondas, lavadoras (a pares) y un tren AVE arrollando ovejas; pero ni avances sociales inconmensurables, ni secularización sin parangón, ni pruebas médicas que zanjen las dudas y planteen las posibilidades que hoy existen.
Vamos a pensar que Juan Luis Iborra, de quien podemos leer en el programa de mano: «Una comedia llena de verdad, porque es en la verdad donde nace la mejor comedia», ha escrito una genialidad, una alegoría de España, una sátira revolucionaria, una fábula con mensaje subrepticio que requiere descodificarse pormenorizadamente; y que lo que parece un monólogo propio del Club de la Comedia, de apenas una hora y que propende con generosa ingenuidad, es, en realidad, una ejemplo moral digno de la Ilustración. Pues, oigan, si el dramaturgo y la dramaturga (Sonia Gómez) hubieran afinado más por aquí y por allá, y no hubieran tenido tan claro a qué público se dirigen en este estío de nuevas normalidades, pues quién sabe hasta dónde se podría haber llegado. En ustedes está excederse en los pruritos interpretativos, que en la crítica hace tiempo que se dan corrientes que observan mucho más de lo que el mismo autor quiso exponer. Pero la cuestión es que ya el propio título nos hace recordar el grito de los liberales en su apoyo de la constitución de 1812 de Cádiz, como nuestra actriz. ¿Y qué deducir de la protagonista? 
Indagar en uno de los personajes centrales del teatro español contemporáneo supone un claro esfuerzo por hallar un hálito de humanidad. Bernarda Alba representaba la reciedumbre más impositiva y destructora. Su estricta moral era un dechado de conservadurismo atroz, un anclaje a ideas y a tiempos que no cedía ni un ápice a la justicia y a la comprensión de cualquier derecho en sentido moderno. Pilar Ávila ha tenido la gran idea de situarnos al final de su vida, después de transcurridos ocho años desde aquel desgraciado suicidio de su hija Adela. Resulta interesante, podemos pensar —entre otras muchas cuestiones—, cómo una mujer tan fuerte es dominada tanto por las costumbres hasta el punto de ser, no solo absorbida por ellas, sino en convertirse en su adalid.
El Teatro del Temple lleva unos meses en Madrid mostrando sus trabajos y evidenciando cuáles son sus concepciones estéticas. Lo hemos comprobado con
Es este un montaje de largo recorrido, pues se presentó allá por el 2009, y sigue con sus andanzas como el propio personaje. Si ya de por sí cualquier obra de teatro es una permanente actualización, más lo es si está abierta a que su protagonista dé cabida a improvisaciones que dialogan con el presente. Vamos, es lo menos que se podía esperar de un tipo que se mete en la piel de un pícaro, y más que un pícaro, pues tenemos siempre en la imaginación la «inocencia» de Lázaro, y hay que reconocer que Pablos va mucho más allá. La gran virtud de esta adaptación firmada por José Luis Esteban y Ramón Barea es la «suavización» del lenguaje quevedesco. El conceptismo está, pero sin barroquizarse. Todo resulta más coloquial y cercano a nuestra habla que lo que demuestra el libro. Por supuesto que escuchamos algunas expresiones de germanías; aunque no se alcanza el enrevesamiento de las insinuaciones y de las dilogías.