Un drama fallido de Francisco Javier Suárez Lema sobre las leyes antipropaganda homosexual en Rusia

Si el espectador iba decidido a encontrarse con una obra de denuncia, con un alegato a favor de los derechos de los homosexuales en Rusia, sinceramente creo que se sentirá decepcionado. Porque, contra todo pronóstico, el tema fundamental se evapora hasta quedar recluido en el margen. ¿Cómo es posible que Siveria sea una página web donde se publican cartas de auxilio de adolescentes vejados por su condición sexual y que no tengamos noticia firme de ellas? ¿Cómo es posible que una obra que, en teoría, trata de sacar a la luz las difíciles condiciones de esos chavales y que no aparezca ninguno en escena? ¿Dónde están sus relatos, sus voces, sus miedos? ¿De qué manera podemos hacernos una idea de lo que ocurre en aquel país más allá de ciertas noticias sobre ataques homófobos? ¿Qué pinta en todo esto la biografía de Virginia Woolf? Nada de esto será explicado; a pesar de que en la función se explica todo. Quizás el mayor vicio de una obra literaria sea la explicación; pero en el género dramático es todavía más flagrante, pues se dispones de la representación, de la imagen, del gesto y, por ello, es más sencillo llegar directamente al receptor; por escrito se requieren más detalles para alcanzar la misma meta. Esto es lógico. En Siveria, se nos lleva tanto de la mano, que uno se llega a sentir estúpido. Se desentrañan las forzadas metáforas, la protagonista se dirige al respetable para relatar parte de la historia y el desenlace es desmenuzado hasta hacer añicos el suspense. Uno se pregunta seriamente qué ha pretendido Francisco Javier Suárez Lema; puesto que cualquiera esperaría que una incursión literaria sobre el país de Putín en temas morales y legales tan peliagudos para ellos supusiera, incluso, un riesgo, un atrevimiento, un significarse sin ambages. Sigue leyendo







Resulta imposible «sujetar» una tragedia tan desnortada como que esta que escribió William Shakespeare cuando era joven, muy influido por Marlowe. Acometer tamaño proyecto siempre será complicado; porque la exageración, casi terrorista, nos lleva por la pendiente. Y no parece que en la versión de Nando López se haya pretendido hacer nada más que algunos ajustes para aguantarse con lo que hay. Tampoco hallamos una gran intervención textual, y eso quizás hubiera resultado más interesante. En muchos aspectos, este montaje se queda entre dos aguas, y ese es un lastre con el que se carga toda función. Para empezar, los Teatros del Canal, evidentemente, no son el Teatro romano de Mérida; por lo que la escenografía de Juan Sebastián Domínguez es más funcional que sugerente; pues el espacio está un tanto desangelado alrededor de los versátiles cajones que sitúa en el espacio. No obstante, la iluminación de Carlos Cremades sí que incide con precisión en el tenebrismo lógico. Luego, si continuamos con los aspectos artísticos, nos podemos preguntar, una vez más, en qué consiste eso de las modernizaciones, o qué se consigue con ello. Es decir, el vestuario de Rafael Garrigós, por qué procede con ese pastiche de trajes de caballero, con unos abrigos hasta los pies, y, por otra parte, otras vestimentas que, de alguna manera, anhelan aproximarse a algo más «romano» o «godo».