La vida extraordinaria

Mariano Tenconi recupera esta obra estrenada en 2018 para que Malena Alterio y Carmen Ruiz ofrezcan sus formidables interpretaciones

Unos cuantos espectadores españoles acudirán a La vida extraordinaria como a una exploración en los antecedentes dramatúrgicos de Mariano Tenconi, pues esta propuesta data de 2018; pero los proyectos que hemos contemplado de él, tanto Las cautivas (2021), que vimos en el Matadero en 2024, como La mujer fantasma (2024), que se presentó en el Teatro Valle-Inclán a cargo de las T de Teatre, son posteriores. En estas últimas ya detectamos unas características que ahora refrendamos. El esquema no difiere mucho de la parodia que tanto Jardiel Poncela como Mihura ejecutaron sobre el melodrama. También, por supuesto, identificamos lo folletinesco practicado por su compatriota Manuel Puig, cuya obra, El beso de la mujer araña, fue recuperada en la versión comandada por Eusebio Poncela. Se nota que le interesa la intertextualidad, el pastiche, lo kitsch y ese empleo de diferentes formas de discurso. De hecho, quizás el mejor novelista hispanoamericano vivo del siglo XXI, Gustavo Faverón, trabaja con procedimientos similares. También, en este sentido, habría que añadir la idea de la extrañeza, de la paradoja y hasta de la cruda expresión de la sexualidad.

Partimos del exceso irónico de encuadrar el espectáculo en el relato del origen de la vida, de este milagro en el que nos vemos inmersos y arrojados. Se reitera el concepto para alargar todavía más un montaje que se desparrama y se bifurca. La estructura consta de un largo acto donde conocemos a las protagonistas y, después, continuamos con una subtrama para cada una. El problema, ante todo, es evitar que la cotidianidad y la rutina de esas señoras se superen con la puntualización de hechos que para ellas son asombrosos. El autor ha tenido la delicadeza de versionar su propia creación para adaptarla al estándar lingüístico de España y a un contexto más próximo.

Consigue seducirnos con dispositivos que van más allá del argumento. En primer lugar, porque las cómicas que se nos presentan trabajan desde la seriedad, provocando el choque permanente entre su rictus, tendente a la ingenuidad y la bonhomía, y las acciones que, por un lado, las muñequizan y, por otro, las convierten en seres verdaderamente meditabundos. El mundo femenino de las décadas pretéritas (hace nada me refería por aquí a Cartas de mujeres, de Jacinto Benavente) se muestra en la astucia que requieren los límites estrechos de las circunstancias. Malena Alterio, quien ha probado con creces su capacidad para manejarse en el absurdo de la actualidad (véase Los amigos de ellos dos), encarna a Aurora. La actriz domina con templanza todo su desarrollo y sostiene los cambios de registro con meticulosidad.

Va un punto por encima en humorismo Carmen Ruiz, pues su modo de expresarse es más ruda, más directa, no concede ambages. Merece la pena recordarla en papeles con cierta similitud como Tercer cuerpo (otro texto argentino). Es modista y vive con una madre moribunda. Sus relaciones amorosas son algo desordenadas y, por eso, un ápice de locura surge en su comportamiento.

Las parrafadas de ambas son de una verborrea inasible. Detalles infinitos que las más de las veces no vienen a cuento. Al inicio produce un atractivo, porque hay un deleite en la palabrería, pero luego se vuelve plomizo. Tanta prolijidad transforma el drama en un novelón rosa, que es el género que exprime el dramaturgo.

La comunicación entre ellas se produce a través de cartas en unos instantes, en otros el recuerdo de su infancia y de su juventud las pone frente a frente. Se han encontrado brevemente en el entierro del padre de Aurora, de regreso a su pueblo (Ushuaia en el original). Rememoran conversaciones de tono naíf, cuando pensaban en besarse con chicos; pero luego discurren con especificaciones sexuales muy chocantes, hasta pornográficas. Es algo risible, desde luego, y remite a esa intimidad que se revela de manera tan recóndita en las mujeres (o eso creemos los hombres). Luego, ese guiño se repite en varias ocasiones hasta que se desactiva la sorpresa. Otras carcajadas del público se producen con los poemas de nuestras aprendices. Incluso algunos versos pasarían por postistas, como si fueran de Gloria Fuertes; o como creacionistas a lo Huidobro. Otros son lúbricos y desaforados, seguramente inspirados en Pizarnik.

Es entonces cuando nos preguntamos si la semblanza biográfica de esas dos amigas, con esas descripciones repletas de aspectos anodinos, nos destinan a algún objetivo o si es un mero deambular. Porque el asunto se extiende demasiado cuando debemos asistir a la aventura erótica de Aurora. Esta se ha colgado de un escritor llamado Ulises (igual que su perro). Mientras que Blanca ha hecho lo propio con Klaus, un noruego, que no es capaz de pronunciar su nombre (la irrisoria repetición de la hierática actriz nos traslada a su intervención en La cantante calva). Que el director haya optado por dejar que las protagonistas monologuen con su diario una después de la otra, en dos actos absolutamente independientes, fomenta el descenso y el aplanamiento de la representación, sobre todo con el segundo.

Los músicos en escena ofrecen una banda sonora interpuesta, como si estuvieran participando en una película de los cincuenta con todo el costumbrismo a cuestas. Diana Valencia al violín Jorge Naveros al piano interpretan la composición de Ian Shifres, quien ha infundido una emotividad creciente. Que los propios artistas en algún momento intervengan con gesto metateatral permite que descansemos de la narratividad, dentro de esa escenografía con tan pocos elementos, que sirve como un circuito de educación vial y que exige a las intérpretes algún escorzo payasesco.

Definitivamente, las actrices engrandecen un texto muy extenso y que se regodea en los vericuetos íntimos de las amigas. El lenguaje descarnado nos atrapa; pero también la función se vuelve tediosa cuando lo que se cuenta sabe a poco.

 

La vida extraordinaria

Escrita y dirigida por Mariano Tenconi Blanco

Reparto: Malena Alterio y Carmen Ruiz

Con la voz de Alicia Borrachero

Violín: Diana Valencia

Piano: Jorge Naveros

Música original y dirección musical: Ian Shifres

Director musical residente: Jorge Naveros

Diseño de escenografía: Ariel Vaccaro

Diseño de vestuario y adaptación escenográfica: Igone Teso

Diseño de caracterización: Roberto Siguero

Diseño de iluminación: Matías Sendón

Diseño audiovisual: Agustina San Martín

Ayudante de dirección: María García de Oteyza

Coreografía: Josefina Gorostiza

Comunicación: Ángel Galán

Fotografías de escena: Elena C. Graiño

Fotografías promoción y diseño gráfico: Javier Naval

Ayudante de producción: Desirée Diaz Henares

Asesoría de producción: Ana Jelin

Producción asociada: Carolina Castro

Jefe de producción: Carlos Montalvo

Producción ejecutiva: Olvido Orovio

Gerente regidor: Carlos Montalvo

Técnico de iluminación / maquinaria: David Vizcaíno

Técnico de audiovisuales / maquinaria: Luis Álvarez

Realización de vestuario: Sastrería Cornejo

Construcción de escenografía: Mambo Decorados

Transporte: Taicher

Agradecimientos: Lancôme, Teatro Palacio Valdés de Avilés, Garay Talent, La Vieja Imprenta 51 y El Estudio de Actores

Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas, S.L.; Lola Graiño – Olvido Orovio

Con la colaboración de: Producciones Teatrales Contemporáneas, Teatro Picadero, La Casa Roja y Milonga Producciones

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 19 de abril de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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