La Joven adapta la novela de Eloy Moreno a través de una propuesta poco atractiva en el Teatro de La Abadía

No se puede negar el éxito de ventas de la novela juvenil de Eloy Moreno. Desde su publicación en el 2018 no ha parado de cosechar atención, hasta el punto de adaptarse a la televisión a través de una serie (realizada como una americanada inverosímil) y, ahora, de pasar a las tablas. La Joven es la responsable de esta producción y da la sensación de que ha bajado su nivel respecto de su anterior propuesta, Un monstruo viene a verme. En aquella también tocaba el tema del acoso escolar, aunque envuelta en la terrible circunstancia de la enfermedad de la madre del protagonista, y, además, se conjugaba con ese proceso fantasioso de autoengaño con la presencia de un gran árbol tenebroso. Por lo tanto, las concomitancias que encontramos son claras. Hasta la banda sonora de Alberto Granados posee algunas características similares, pues la emocionalidad que imprime en el epílogo y ciertos rugidos nos recuerdan a aquella.
El asunto es que Josep Maria Mirò, quien ya había firmado un texto sobre el bullying en La habitación blanca, se hace cargo de trasladar el relato al drama. La lástima es que ha adoptado una sarta de decisiones que me parecen inconvenientes. Primeramente, porque en lugar de fomentar el diálogo y la representación de las acciones, los intérpretes se narran, se autodescriben en las conductas que afirman ejecutar. Se cuenta y se insiste en contar, nos informan de sus pensamientos y su conciencia de una manera inconsecuente en vez de propiciar gestos concretos. Se percibe un espectáculo con el freno echado. Se trata de violencia, pero no hay casi golpes, ni insultos. Por un lado, no sabes si tienes que imaginártelos de doce años, pues en teoría esa es la edad, o si deben ser mayores. En este sentido, a pesar de que Javi Morán se emplea a fondo y ofrece una interpretación potente con un notable dominio de la energía, el actor parece mayor y está «cachas». Al menos deberían evitar que se quitara la camiseta. Es difícil observar muchachos con esa corpulencia sufriendo un hostigamiento físico en los institutos. Porque esta es otra: cómo se pasa de largo sobre la indolencia de la directora es una idea bastante torticera hoy en día. Se da a entender que es un colegio concertado; sin embargo, no se utiliza esa expresión. Creo que es un tanto incongruente con los protocolos que se efectúan actualmente en los centros, los cuales se ponen en marcha con prontitud, aunque luego, en distintos casos, sean insuficientes para detectar situaciones más complejas. Por otra parte, el recurso hacia lo imaginario con el que se procede en la novela, ya sea el afán de nuestra víctima por volverse «invisible» y perder la mirada del resto y, sobre todo, de su agresor; ya sea desarrollar esas paranoias sobre superpoderes que escuchamos de un modo enrevesado en el prólogo que transcurre en el hospital, vuelven a verbalizarse más que a escenificarse. Apenas se remarca con el trabajo audiovisual que ha diseñado Álvaro Luna sobre la escenografía de José Luis Raymond y Laura Ordás. Esta resulta más funcional que atractiva con esos paneles móviles y la cama de madera que suben y bajan sin demasiada concreción.
Luego, la historia que nos transmiten redunda en lo más tópico y posee una trama muy lineal. El chaval de sobresalientes que padece la brutalidad del chulito del grupo. Este lo encarna Marcos Pérez de una forma un tanto estática. No se muestra tan agresivo como debiera. Pienso que es fundamental que sobre el tapiz se pueda advertir la violencia directa, esa que contemplan (y hasta alientan) de vez en cuando los adolescentes que pueblan las butacas. Además, este tal MM, pierde su credibilidad cuando se autoexplica sobre el origen de su rabia: la consabida falta de cuidado de sus padres, el poco cariño que le procuran y esa impotencia que le genera haber perdido un trozo de dedo debido a un accidente.
¿Qué podemos decir de la pareja de amigos? Pues que Iballa Rodríguez nos deja a Kiri, quien resulta ser la más creíble en esa actitud enamoradiza y algo ñoña que expresa (lógica con esa edad). Después, Juan Acedo hace de Zaro y pronto se va quedando sin rol definido. Por otro lado, cuando por fin la profesora de literatura entra en escena, el argumento cobra más potencia. Mabel del Pozo brinda corrección; no obstante, con ella volvemos a notar ese fallo a la hora de expresar su furia y su propio pasado. El dragón que lleva tatuado como un animal totémico en la espalda no acontece. Reconozcamos que uno de los pocos aciertos de la serie es el rollo de malota y trastornada que desprende el personaje de Aura Garrido.
El remate con nuestro Invisible malherido en ese discurso tan didáctico y moralizante, una vez que nos hayamos percatado de las duras consecuencias del acoso, me vuelve a demostrar que no se tiene suficiente respeto por la chavalería. Demasiadas lecciones, demasiado llevarles de la mano. Ellos entienden y les va calando. Somos los adultos los que tenemos que poner los medios para que reciban una buena educación y una buena vida. Artísticamente debemos fijarnos en películas como Un pequeño mundo, de Laura Wandel, pues destila sutileza. Por supuesto, La Joven ha pergeñado muchos otros montajes formidables; pero este no es uno de ellos.
Texto original: Eloy Moreno
Adaptación: Josep Maria Miró
Dirección: José Luis Arellano
Reparto: Juan Acedo, Javi Morán, Marcos Pérez, Iballa Rodríguez y la colaboración especial de Mabel del Pozo
Escenografía y vestuario: José Luis Raymond y Laura Ordás
Vestuario: José Luis Raymond y Laura Forero
Iluminación: Jesús Díaz Cortés
Música y espacio sonoro: Alberto Granados Reguilón
Videoescena: Álvaro Luna
Producción: Fundación Teatro Joven con el apoyo de Fundación Teatral Antonio Banderas, Fundación Bogaris y Teatro del Soho Caixabank
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 5 de abril de 2026
Calificación: ⭐
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:
Deja un comentario