José María Esbec dirige este díptico del belga Paul Verrept sobre una pareja desasosegada por la llegada de migrantes

A pesar de las similitudes, esto no es como en La clausura del amor. Igualmente nos encontraremos a una pareja que se rompe y, además, atenderemos la narración de cada uno de ellos por separado. Cuarenta y cinco minutos cada uno. Sin embargo, aquí se traza un díptico con varios grados de distanciamiento. El tema es que el dramaturgo belga Paul Verrept escribió inicialmente el texto Pleamar, que es el primero que escuchamos, y luego discurrió sobre la mirada del varón. De este modo, Rebeca Hernando, quien viene de hacer Duerme bajo las aguas, donde, también, procedía con diversas narraciones, toma la palabra para narrar y narrar. Desde el primer instante se nos involucra en el monólogo de una manera sensorial, afectiva. La actriz marca infaliblemente su seriedad. Es una mujer que sabe demostrar una firmeza inquietante. Y a esta protagonista la lleva entre la impaciencia y la determinación. Ante todo, ambas piezas, y el montaje en conjunto, me resultan interesantes por ese desasosiego que expelen. Lo político no apela al sentimiento moral de corte kantiano que los llevase a cumplir con su deber; sino a la angustia. La llegada de inmigrantes a la costa, la aparición de cuerpos en la playa donde se asienta su casa, los interpela, les hace sentir mal. O, al menos, ella se nota así y no soporta que su compañero se mantenga en la inopia. Ella huye, ella ha declamado su estupor y parece indicarnos que requiere una experiencia compartida sobre el horror que están contemplando.
En todo momento Fernando Guallar se ubica en una mesa de mezclas, manipula algunos botones para provocar sonidos evocadores, como la repetición de una exhalación que se graba en directo y que se reproduce en bucle con algunos espectadores. Esa es la idea constante de la dirección: perfilar y matizar cada una de las estrofas. Después, cuando le toque participar al actor ─su parte se titula La huida─ no podremos evitar pensar que se vuelve a caer en el maniqueísmo actual sobre la empatía femenina y el desprecio masculino. Él, por supuesto, tiene ocasión de ofrecer su visión de la historia; pero es quien termina por señalar su repudio más claramente sobre esos «invasores». El intérprete también se manifiesta con seguridad; no obstante, su discurso llega lastrado por un contexto que conocemos. Los asuntos de cónyuges, situaciones sobre el hogar y el coche nos distraen de lo principal.
José María Esbec en su anterior proyecto, Viento fuerte, ya desplegó su estilo detallista. En Rompientes no permite que la actuación sea monolítica, que impere el estatismo. Todo lo contrario. Si hay que dibujar mentalmente una ansiedad, un oleaje metafórico, un choque contra la escollera, entonces el movimiento es acertado; aunque el uso de los altavoces como elemento simbólico no me parezca el más apropiado, creo que entorpece la limpieza que imprime la cubeta central, con la iluminación azulada que ha diseñado Bibiana Cabral, donde ambos intérpretes realizarán abluciones sui géneris. Resultan muy persuasivas las interconexiones, sobre todo cuando ambos bailan al ritmo del techno que ha creado Alberto Granados, para insistir en ese concepto de distracción y de disolución. ¿Qué hacer?
Porque un rasgo muy evidente de este planteamiento es la frialdad. Los personajes sin nombre, en un lugar que nosotros podemos identificar, por ejemplo, en el litoral gaditano, pero que no se especifican, trabajan como seres que aspiran a bosquejar a la burguesía europea. Una población que va dándose cuenta de que debe adoptar una resolución sobre un conflicto acuciante. De todas formas, la obra no incide en los complejos problemas que implican las rutas migratorias por el mundo. Estamos ante un espectáculo de dimensiones estéticas, es decir, que ahonda en las emociones y en la extrañeza. Por eso, en alguna medida, se enhebra en la tradición surrealista que empleó Buñuel para criticar a ciertas clases sociales como en El ángel exterminador. O, en otro orden, con Teorema, de Pasolini. Esa fobia inasible que trató Giorgio Agamben en el Homo sacer, cuando hablaba de la «nuda vida», aquella que está despojada de derechos, como les ocurre a los extranjeros pobres o como apareció reflejado en El mal de la montaña, de Santiago Loza.
Pienso que en Rompientes podemos hacer el esfuerzo por asimilar el desconcierto de estos individuos; no obstante, el autor no nos da la oportunidad de profundizar en aspectos materiales.
Texto: Paul Verrept
Traducción: Ronald Brouwer
Dirección: José María Esbec
Ayudante de dirección: Fernando Mercè
Reparto: Fernando Guallar y Rebeca Hernando
Escenografía: Petros Lappas y José María Esbec
Diseño de iluminación: Bibiana Cabral
Ayudante de iluminación: Marina Ovilo
Vestuario: Paola de Diego
Música y espacio sonoro: Alberto Granados
Ayudante de espacio sonoro: Elena G. Verduras
Diseño gráfico de Lazona: Javier Naval
Producción ejecutiva: Laura Iglesias y Elisa Fernández
Dirección técnica: Cristina Otero
Distribución: Julio Municio
Director de producción: Miguel Cuerdo – Lazona
Una producción de Teatro de La Abadía y Lazona
El texto fue escrito por encargo de la compañía belga SKaGeN. El autor y el traductor recibieron apoyo de Flanders Literature.
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 22 de marzo de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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