Amos Gitai presenta en los Teatros del Canal su particular visión política sobre mito judío de esta criatura de barro

La célebre leyenda hebrea ha tenido en los últimos tiempos diferentes enfoques que se nos han ofrecido teatralmente. Juan Mayorga elaboró una perspectiva verdaderamente compleja con El Golem, mientras que la compañía 1927 ya nos planteó hace más de un decenio un espectáculo muy atractivo. Pero esta vez, Amos Gitai, quien estuvo por aquí hace un año con House, nos transmite un montaje descabalado (valga la paradoja), una mezcolanza descuidada, donde el consabido relato cabalístico, que apenas daría para media hora, se prolonga con un preámbulo musical, un prólogo cinematografiado y un epílogo entreverado de consignas, cuitas y anécdotas de los propios intérpretes que extienden la propuesta hasta las dos horas y cuarto. La cantidad de espectadores que abandonó la Sala Roja en el estreno da cuenta de la instantánea desafección que provocó este artefacto.
Podemos afirmar que el contexto presente nos sitúa frente a un conjunto de dilemas. Desde la Segunda Guerra Mundial, el recordatorio de lo ocurrido en el holocausto se ha convertido en una temática desmesurada dentro del arte. Los judíos, evidentemente, fueron las grandes víctimas, y eso se contrapuso a todas las visiones racistas y antisemitas precedentes. Ahora, la disonancia cognitiva nos atenaza. Difícil es diferenciar entre Israel y los judíos, cuando su vertebración escapa de parámetros liberales del estado-nación como sucede en Occidente desde hace un de par siglos. Religión-etnia son un par indisoluble en la cuestión hebrea. Justamente, en el Teatro Bellas Artes, en Gigante, Roald Dahl nos somete a esa misma controversia. Las bombas siguen con su estruendo en el Líbano procedentes del país vecino, cuando las cenizas de Gaza aún emiten humo.
Sophie Leleu abre la función con su canto evocador, mientras toca el arpa. El director ha volcado su esfuerzo en brindar toda una serie de elementos estetizantes desparramados en el caos. Si a continuación aparecen unas imágenes de la película Tsili (2014), del propio cineasta, en la adaptación de la novela de Aharon Appelfeld (publicada en español por Galaxia Gutenberg) es para remitirnos, precisamente, al desamparo de una niña judía en Europa del este durante los años cuarenta. Sirve como alusión; pero lo cierto es que a la obra en sí le cuesta arrancar. Que de golpe caigan cientos de prendas del techo y que el tapiz se abarrote es un modo sugerente de rememorar las cámaras de gas. Si todavía se cohesionara apropiadamente esa imagen con la fábula de ese hombre de barro, al menos lograríamos adentrarnos en el proyecto. No obstante, la manera de narrar y contextualizar aquello a lo que se remite aplasta el ritmo. Anne-Laure Ségla toma con frecuencia el discurso, en español. Hay un empeño en toda la producción por emplear muchas hablas, desde el yidis, idioma en el que escribía el novelista Isaac Bashevis Singer de quien se toma el argumento de su cuento El golem, hasta el francés o el alemán, pasando por el árabe o el hebreo. Ocurre que algunos actores pierden su energía expresiva cuando ceden su lengua materna para acogerse a otra.
Escucharemos la procedencia de ese homúnculo al que se le debe insuflar vida a través de un papel enrollado que lleve escrito la palabra «emet» (verdad). Es el rabino Loew, en la Praga (a esta versión se recurre) del siglo XVI, quien pergeña este engendro con el propósito de salvar a los judíos. A estos se les persigue, pues se les acusa de matar niños para usar su sangre en la elaboración del pan ázimo (el matzá). Una falsedad que se aprovecha para propiciar una ola de odio. Observaremos el juicio al banquero judío por la desaparición de su propia hija, Hanka. Por otra parte, la recreación mínima del tribunal resulta algo cómica y un tanto improvisado. En ese instante el montaje coge vuelo definitivamente, cuando el gólem es interpretado por el barítono Laurent Naouri con un canto que expresa de forma verosímil la extrañeza de su conciencia. Se le aúnan otras figuras embadurnadas en pintura. De este modo, elaboran una performance con unos paneles que reflejan las llamas de un infierno. La visión está repleta de potencia, con esas casas derruidas que cuelgan, mientras Alexey Kochetkov marca con el sintetizador las claves de una música electrónica que aumenta la distorsión. Después regresaremos a la calma con el santur de Kioomars Musayyebi. Según relata la leyenda este monstruo salva a la muchacha antes de perder el control. La palabra «emet» pasará a «met» (muerte) para desactivarlo.
Al observar esa escena, uno entiende que bastante de lo manifestado anteriormente sobra y que, por supuesto, el desenlace, donde cada uno de los intervinientes va contando su biografía, con todas esas experiencias penosas de su familia, como tantas veces hemos escuchado, nos aleja del distanciamiento pertinente para que los espectadores nos hagamos cargo del mensaje que se nos quiere trasladar. Hay una intención claramente política que incide nuevamente en la idea de la raza hostigada a lo largo de la historia. Sin embargo, la sucesión de acontecimientos en Israel, en Gaza, exige de nosotros una mirada crítica.
Texto: Amos Gitai y Marie-José Sanselme
Director: Amos Gitai
Con: Irène Jacob, Bahira Ablassi, Tal Hever-Chybowsky, Laurent Naouri, Shahar Fineberg, Céline Bodis, Minas Qarawany y Anne-Laure Ségla
Músicos: Alexey Kochetkov (violín y sintetizadores), Kioomars Musayyebi (santur), Florian Pichlbauer (piano)
Cantantes: Lucy Page, Zoé Fouray, Sophie Leleu (voz y arpa) y Marie Picaut
Investigación: Rivka Markovizky Gitai
Asistentes de dirección: Céline Bodis y Talia de Vries
Iluminación: Jean Kalman, asistida por Juliette de Charnacé
Sonido: Éric Neveux
Escenografía: Amos Gitai, asistido por Sara Arneberg Gitai
Peluquería y maquillaje: Cécile Kretschmar asistida por Jean Ritz
Vestuario: Fanny Brouste, asistida por Isabelle Flosi
Pátina para el vestuario: Emmanuelle Sanvoisin
Vídeo: Laurent Truchot
Asesor musical y director del coro: Richard Wilberforce
Preparación y operación de sobretítulos: Katharina Bader
Asesor y entrenador de yiddish: Shahar Fineberg
Construcción de atrezo, vestuario y escenografía: talleres de La Colline
Una producción del Théâtre National de la Colline – París
Agradecimientos: Kelly Claudette, Nadia Déhan-Rotschild, Céleste Girot, Théâtre du Châtelet, Yitskhov Niborski y Cécile Trémolières
Representante en España: Pilar de Yzaguirre, Ysarca Arts Promotion
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 7 de marzo de 2026
Calificación: ⭐⭐
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