Memorias de Adriano

Lluís Homar se encarna en el célebre emperador en esta adaptación de la novela de Marguerite Yourcenar

Seguramente si este espectáculo hubiera tenido el enfoque de Xavier Albertí, escudero de Lluís Homar en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, y responsable de varios «solos» ─muy acertados, algunos de ellos (En mitad de tanto fuego es una clara referencia)─ la austeridad hubiera sido preponderante. Y hubiera sido coherente para ejecutar el monólogo de un emperador que, quizás, nació en Itálica, y que degustó el estoicismo. Precisamente uno de los grandes adalides de este movimiento de filosofía helenística, Marco Aurelio, es a quien dedica esta larga carta. Viene esto a cuento puesto que Beatriz Jaén y Brenda Escobedo han ideado una dramaturgia entreverada por una inconsistente ambientación de programa televisivo, dentro de un despacho oval, para que este individuo se nos aproxime como un político que podría parecernos un senil Biden. Parece todo un dispendio observar a un elenco esforzado en la simple colocación de una cámara de televisión, en la preparación de micrófono, en repasar un guion… Hasta cinco intervinientes pululando alrededor del protagonista con el único trabajo de cumplir como asistentes, sin emitir palabra, sin apenas ofrecer una interacción. Parece que están ahí para garantizar un dinamismo y no permitir que una propuesta de hora y media resulte plomiza; porque en distintos tramos de la narración no ocurre nada lo suficientemente sugerente. La escena que justifica la inclusión de otros intérpretes la hallamos con Antínoo, el joven amante, que cumple con ese ideal griego de la pederastia, de la instrucción amorosa y sexual. Su muerte resultó absolutamente trágica para Adriano. Su impacto lo observamos en la deificación de aquel muchacho. En el tapiz se concentra la mayor belleza y sentido del espectáculo. Álvar Nahuel elabora una danza, donde el cuerpo va sucumbiendo, como si fuera a caer sobre ese círculo central. La iluminación de Pedro Yagüe se compacta, se concreta. La música de Tagore González aporta tonos orientales. Posee todo ello una atmósfera zen que demuestra que el propio montaje podría haber tenido una observancia más sutil, más hermosa.

Hasta llegar a ese momento el intérprete vuelve a demostrar, como ocurrió en Tierra baja, su capacidad para concitar nuestra atención en esa casi soledad. Para sostener de manera excelente cada capítulo. Para conjugar esa debilidad propia de alguien que está enfermo, que tose, que se sabe en las últimas ─así se lo ha comunicado su médico Hermógenes─, con el recuerdo de una vida, donde ha debido ejercer el poder. Fue un mandatario «ideal», si hacemos caso a las consideraciones de Maquiavelo, quien bosquejó esa nomenclatura de los «cinco emperadores buenos». Es decir, estamos ante un hombre con un interés por el desarrollo de sus virtudes. Él mismo afirma cómo su cultura y su educación estaban impregnadas por lo griego, por su lengua, por su arte y por toda una serie de concepciones civilizatorias. Esto no quita para que tuviera que ejecutar algunas acciones controvertidas como la represión en Judea.

También, en cierta medida, nos encontramos con una especie de ars moriendi. Este anciano se prepara para morir, y acoge este hecho con serenidad. Sus memorias le conceden un balance repleto de melancolía; pero con suficientes notas honorables y satisfactorias. Su existencia ha contado con placeres inefables, de hecho, en diferentes instantes sabemos de alguno de sus excesos. Por otra parte, las inseguridades juveniles que su antecesor, Trajano, detectó fueron un punto de partida de alguien que debió superarse a sí mismo.

Al final, a pesar de las distracciones, uno puede evocar la lectura previa de la novela que Marguerite Yourcenar publicó en 1951. Muchas de las sentencias nos transmiten una prudencia que merece la pena escuchar y atender. Lluìs Homar nos lleva de principio a fin con gran convencimiento. En él nos confiamos para que la función resulte apreciable.

Memorias de Adriano

Autoría:  Marguerite Yourcenar

Traducción: Julio Cortázar

Dramaturgia: Brenda Escobedo

Dirección: Beatriz Jaén

Intérpretes: Lluís Homar, Cris Martínez, Álvar Nahuel, Marc Domingo, Xavi Casan y Ricard Boyle

Escenografía: José Novoa

Vestuario: Nídia Tusal

Iluminación: Pedro Yagüe

Música original y espacio sonoro: Tagore González

Videocreación: Pedro Chamizo

Dirección de producción: Maite Pijuan

Producción ejecutiva: Àlvar Rovira

Dirección técnica Focus: Moi Cuenca

Coordinación técnica Focus: Jordi Farràs

Coordinador técnico espectáculo: Enric Alarcón y Jordi Thomas

Ayudante de dirección: Iban Beltran

Ayudante videocreación: Alba Trapero

Ayudante de producción: Sira Castells

Regiduría: Aitor Aguado

Equipo técnico compañía: Focus

Construcción de la escenografía: Pascualín Estructures

Márqueting y comunicación: Teatre Romea

Reportaje fotográfico: David Ruano

Teatro Marquina (Madrid)

Hasta el 12 de octubre de 2025

Calificación: ♦♦♦

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