Vuelve el clásico de David Mamet para tratar la inquietud rabiosa de hombres sin destino en una sociedad decrépita

La crisis económica de los setenta en Estados Unidos dejó a muchos currantes en la estacada. Los buscavidas pululaban de pueblo en pueblo por calles para ocupar su tiempo mientras surgía alguna oportunidad laboral, algún negocio o algún trapicheo. Así, por ejemplo, se reflejaba en El espantapájaros, la magnífica película protagonizada por Gene Hackman y Al Pacino. Este último, de hecho, acabó participando en una adaptación de American Buffalo. Así que, por un lado, tenemos ese contexto socioeconómico tan determinante; pero, por qué no, contemplar, también, una veta sicologista y emotiva, muy propia de un tipo de varones solitarios, jubilados, coleccionistas, frikis que buscan el acomodo en bazares de colegas o en videoclubs o en librerías de viejo como la de Zaratustra. Parásitos sin rumbo que se aposentan porque necesitan compañía, hablar de algo y evitar regresar a su hogar. Recordemos a los personajes ideados por Kevin Smith en esas películas del cine independiente que comenzaron con Clerks. Hoy apuntaríamos a la lista a los incels, como un episodio más de machos despreciados y despreciables.
Por lo tanto, David Mamet, que no ha parado de estar entre nosotros estos últimos años (Muñeca de porcelana, Oleanna, La culpa, Trigo sucio…), nos trasluce un modo de vida sin darnos casi explicaciones de sus circunstancias. Y resulta excelente cómo brotan los diálogos, las broncas y, sobre todo, sus genuinos caracteres. En este sentido, la traducción de Borja Ortiz de Gondra funciona con mucha claridad en el empleo de improperios y de vulgarismos que para nosotros son tan comunes.
La cuestión, por lo tanto, es hallar dónde debemos rascar para descubrir el meollo en un ambiente a priori tan anodino, tan corriente, con unos tíos que apenas nos puede importar, ya que son unos perdedores. Y esta creo que es la clave. La permanente ansia por demostrarse que pueden ser alguien de provecho para sí mismos, que no puede ser que pierdan a las cartas, que les hagan trampas, que no sean considerados siquiera con la cortesía que merecen unos clientes habituales o que algún forastero sea mejor negociante que ellos. Son gente con el orgullo herido y en su microcosmos aspiran a su pequeña victoria pírrica, aunque sea a las bravas.
David Pizarro y Roberto del Campo han recreado con detallismo toda una tienducha de segunda mano, repleta de objetos que parecen inservibles y hasta roñosos, que se reparten por unos largos estante. En un colorido parduzco y entristecido, a pesar de que la iluminación de Felipe Ramos abuse de los fluorescentes y llegue a perderse el coherente ensombrecimiento. Allí mismo transcurrió la noche anterior una partida de póker y a nuestros protagonistas no les fue del todo bien. Un tal Fletcher parece ser un gran dominador del juego; no obstante, parece que cuenta con alguna compinche. En verdad, la alusión a otros individuos permanentemente consigue que, de alguna manera, la obra contenga más personajes, que los sentimos pululando igualmente. David Lorente encarna a Don, el dueño del bazar. Perfila con grandeza a un hombre metido en esa rueda de ratón; pero que, al menos, intenta evidenciar unos valores, unas claves sobre cómo se ha de comerciar. Ciertamente, a quien da las lecciones es un pobre muchacho sin demasiadas luces. Seguramente machacado por la droga, sin retentiva y con una inocencia desbordante. Roberto Hoyo compone su carácter con un sostenido alelamiento con gran credibilidad, sin exageraciones. Para esto ya está el Teach que interpreta Israel Elejalde. Una personalidad que se enarbola para demostrar su incapacidad. Si inicialmente irrumpe en el local con aires de chulería, que deambula como Pedro por casa, preparando la mesa para una posible partidita, luego se adentra en la perdición. El actor trabaja con gran dominio, matizando esa amalgama de sensaciones, de ese quiero y no puedo de alguien que está cabreado con el mundo, que percibe claramente que nadie lo tiene en auténtica consideración, cuando él se tiene por un hombre inteligente que, quizás, ha tenido poca suerte. Al enterarse de lo que se tienen entre manos los otros dos, enseguida se mete por medio. Don pretende recuperar una moneda de cinco centavos, de esas que llevan un búfalo, y que ha vendido de mala manera. Es otra apelación al pundonor ya herido. Por eso se la quieren robar al comprador. No parece que les valga otra solución. La coherencia radica en que ellos mismos se enreden en esas discusiones trastabilladas por planes que se tergiversan y por esa furia que sobreviene.
La degradación de aquellos individuos te atrapa, anida en ellos algo sórdido que, paradójicamente, los sostiene. Para ello, el ritmo es absolutamente esencial e Ignasi Vidal demuestra que ha logrado arrastrar a sus actores hacia la concatenación imparable de su insignificancia, que, incluso, concede terreno al sarcasmo. Es verdad que el asunto se enreda un tanto en su insensatez y que se alarga de forma innecesaria mientras se alcanza el clímax; pero esos seres tienen mucho que decirnos de la sociedad urbana y de consumo en la que vivimos hoy, donde para muchos hay tanto aburrimiento y tanta cotidianidad dispuesta a la rabia.
Autor: David Mamet
Traducción: Borja Ortiz de Gondra
Dirección: Ignasi Vidal
Reparto: Israel Elejalde, David Lorente y Roberto Hoyo
Productor ejecutivo: Maxi Martínez
Escenografía y utilería: David Pizarro y Roberto del Campo
Iluminación: Felipe Ramos
Vestuario: Sandra Espinosa
Música: Marc Álvarez
Director creativo: Ángel Viejo
Directora de producción: Nuria Chinchilla
Audiovisuales: Stefano di Luca
Producción: Showprime
Distribución: Karma Distribución
Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Hasta el 26 de octubre de 2025
Calificación: ♦♦♦♦
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