Yolanda García Serrano y Juan Carlos Rubio nos destinan a un intenso encuentra entre Pau Casal y un oficial nazi
La medida concisión y el clímax que se nos propicia en el desenlace estructuran un proyecto que tiene todos los ingredientes para alcanzar el éxito de ese espectador serio y maduro que tanto anhelan ciertos dramaturgos y directores. No negaré las virtudes del texto firmado por Yolanda García Serrano y Juan Carlos Rubio; pero el riesgo y la complejidad artísticos apenas se concitan. Cuando una obra lleva el nombre ‘Hitler’, uno ya sabe que la lucha frente al mal supremo, simbolizado en este dictador, será la razón de ser. Ahora, el montaje al que asistimos, con toda una Sala Roja Concha Velasco a rebosar, nos usurpa un coherente conflicto. Es decir, en cualquier otro esquema dramático o cinematográfico al uso, la duda, la cuita, la posibilidad de una pérdida flagrante o, incluso, dejarse la vida aparecen en algún momento de manera acuciante.
Aquí nos situamos en el pueblo francés de Prades, a pocos kilómetros de Argelès-sur-Mer, donde habían quedado confinados, en la playa, muchos españoles que habían cruzado la frontera tras la guerra. Nuestro protagonista ayudó todo lo que pudo a todas esas gentes que huían agónicamente. Toda la acción transcurre en Villa Colette, que aquí se recrea con un salón naturalista inserto en dos estructuras circulares de madera, muy sugerentes, que se desplazan para simbolizar el entuerto en el que se encontraban sus habitantes. Es una escenografía elegante esta de Leticia Gañán y Curt Allen Wilmer, que ofrece calidez. Carlos Hipólito, al que no han caracterizado con la calva que lucía el violonchelista (una mayor emulación hubiera sido pertinente para representar a alguien tan célebre), muestra su decaimiento por la situación que está viviendo en ese noviembre de 1943. El intérprete va configurando con su habitual serenidad y consistencia un poderoso discurso moral y político, mientras ironiza sobre su relación sentimental con su compañera, Francesca Vidal (Tití), una exalumna que encarna Kiti Mánver con mucha soltura, no obstante, su papel parece reducido al de sirvienta, cuando perfectamente nos la podríamos imaginar tocando. Ambos establecen unos diálogos entrañables que nos permiten conocer al maestro. Aunque, paradójicamente, quien mejor describe al protagonista es Johann, un oficial nazi, que interpreta Cristóbal Suárez desde la firmeza que imprime su uniforme y su propia apostura, quizás, en algún momento se eche en falta algo de agresividad, más allá de situar la pistola sobre la mesa. El actor tiene el cuidado de retirarse el brazalete con la esvástica cuando sale a recibir los aplausos al término del espectáculo. En cualquier caso, como afirmaba, su pasión por la música de Bach, ejemplo de la superioridad racial alemana, lo lleva a buscar a Casals, a quien conoció de pequeño en un concierto. Él, en el breve prólogo, nos introduce en una atmósfera chocante de melomanía. Sera la Suite nº 1 la composición fundamental que vertebre con sus distintas partes toda la obra. Luego, veremos (y oiremos) un detalle que no termina de redondearse. Me refiero al propio militar recibiendo una lección del gran compositor y ejecutando la susodicha pieza. Tanto Suárez como Hipólito se ponen de espaldas al respetable cuando sostienen el violonchelo. Otra solución hubiera sido más vistosa, pienso.
De todos modos, el meollo no tiene un recorrido complejo, no se nos destina por otras dicotomías, por otros dilemas. Ni siquiera se emprende una subtrama con la sobrina, Enriqueta, que también vive en esa casa, y que Marta Velilla acoge con candor excesivo para las circunstancias en las que se encuentra, y su novio, de quien sabemos que colabora con la resistencia.
En realidad, la propuesta se pasa rápido y nos coloca en un final repleto de pujanza dialéctica. Esa escena es la que hará vibrar al público y nos hará obviar un tanto todo lo anterior. El propio músico, quien ha recibido una solicitud en firme para tocar ante el führer, se niega en redondo; aunque eso suponga arriesgar su vida (ciertamente no se llega a ese límite). Una postura absolutamente lógica con sus principios. Verdaderamente, a quien podemos considerar máximo punto de interés es al soldado. En él encontramos las sempiternas contradicciones tantas veces analizadas con los nazis y con el propio Hitler. ¿Cómo esos seres capaces de apreciar sensiblemente diversas formas artísticas acometieron tales atrocidades? ¿Cómo es posible ese tipo de disociación? El tal Johann es tan apasionado de la música que acepta, incluso, las reprimendas de este profesor en esa improvisada clase particular. La discusión alcanza un alto grado: «¡El arte no conoce fronteras. La música no pertenece a los estados!», gritará Casals.
Juan Carlos Rubio, quien ha empleado a parte del elenco que participó en El inconveniente, dirige con ritmo certero toda la función y logra una apreciable emotividad. A pesar de que los cauces resulten algo tópicos y simples, es innegable que se ponen en juego conceptos muy valiosos y una energía sugestiva.
Texto: Yolanda García Serrano y Juan Carlos Rubio
Dirección: Juan Carlos Rubio
Reparto: Carlos Hipólito, Kiti Mánver, Cristóbal Suárez y Marta Velilla
Productor: Bernabé Rico
Escenografía: Leticia Gañán y Curt Allen Wilmer (AAPEE)
Iluminación: José Manuel Guerra
Vestuario: Pier Paolo Álvaro (AAPEE)
Atrezo y utilería: Miguel Ángel Infante
Efectos especiales: José Antonio Rubio
Maquillaje y peluquería: Chema Noci
Asesor musical: Enrico Barbaro
Ayudante de dirección: Isabel Romero de León
Jefatura técnica: Carlos Barahona
Fotografía y cartel: Sergio Parra
Directora de producción: Marisa Pino
Distribución: TalyCual y Charo Fernández
Producción: TalyCual
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 20 de abril de 2025
Calificación: ♦♦♦
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