Vulcano

El periodismo de investigación se impone como marchamo en este drama social que se combina con la comedia en el Teatro Valle-Inclán

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Si en El peso de un cuerpo, el anterior trabajo de Victoria Szpunberg, que pudimos contemplar en la Sala Francisco Nieva, del CDN, se inmiscuía en el trato degradante a los ancianos enfermos, ahora acomete diversas cuitas también en el ámbito del drama social. De hecho, lo que me resulta más interesante es la crítica a esos programas de investigación que han ido creciendo en las televisiones, muchos de los cuales se han asentado en el sensacionalismo. Porque el resto de capas que se pretenden introducir no terminan de redondearse. Ahora, peor me ha parecido que la comicidad que propicia el relato sobreactuado del padre, Manuel, derive en un caos berlanguiano que luego, encima, se desvanece totalmente. Es decir, el humorismo y el desbarajuste que ha introducido en su dirección Andrea Jiménez ─no hay más que ver cómo se mueven de acá para allá trasladando muebles y focos─ resta importancia a los padecimientos de esa familia de clase baja. En cualquier caso, ese hombre, interpretado con excelente rictus de bonachón, por Albert Ribalta, remarca el derrotismo por doquier. Un Vulcano contrahecho, con sus dos hernias de currante (realidad frecuentemente invisibilizada), separado (no da la impresión de que él se haya llevado la mejor parte), que debe expresar ante unos periodistas lo ocurrido en el incendio que acabó con su vecina, una chica discapacitada. El patetismo de ese trío de desamparados se reforzará con ese discurso repetido exactamente por la hija, que encarna Macarena Sanz con su desbordante frescura. De hecho, ella será quien contenga un arco dramático más amplio. Una joven repleta de ocupaciones, pues no solo se responsabiliza de las labores del hogar, traer un poco de pasta y desarrollar esa moral delicada propia de las gentes más comprometidas (emplea las siglas para males humanos con corrección clínico-política); sino que está estudiando para hallar empleo en el Museo del Prado. Adivinen cuál es su cuadro favorito de Velázquez. Coincidencias múltiples que nos remiten a la célebre «Fragua» y a su mito. Hasta encontramos a un productor televisivo en la sombra que se llama Ovidio, que es quien propone el reportaje en cuestión. O sea, una de sus «metamorfosis». Después, cierra el núcleo familiar el hermano, que Eneko Sagardoy desarrolla con gran hondura hacia el final, cuando tararea el tema «Someone like you», de Adele. Ciertamente, el personaje es oscuro, y nos lo debemos imaginar como uno de esos jóvenes que vuelven a casa para recluirse en su habitación a escuchar música, puesto que las cosas no le van bien. Por eso hemos de entender que encuentre sintonía con su vecina. Esa subtrama merecería, si acaso, más recorrido. En gran medida, estos individuos se ven «contagiados» por ese hálito de protagonismo que hoy nos sobrevuela en nuestras relaciones audiovisuales. Y esto es lo que mejor interpretan: su falta de naturalidad impostada.

No obstante, se intentan solapar demasiadas estructuras para que al final el exabrupto prime. Ya que el «secuestro» de los periodistas es bastante ridículo, por no decir inconsecuente. Adriana pretende realizar una crónica seria para escapar del amarillismo en el que ha estado enfangada durante tanto tiempo. Pilar Bergés impone su potencia y su seguridad, aunque sea obligada, por aquello del sarcasmo, a sondear la caricatura de presentadoras en sí mismas caricaturizantes, como Gloria Serra en Equipo de Investigación. Sobraría, de todas formas, el discursito de corte revolucionario al jefe, ya que carga más aún las tintas. Me parece, para el asunto, recordar la estupenda película Nightcrawler, de 2014, protagonizada por Jake Gyllenhaal, que incide en el mercadeo periodístico de las miserias humanas.

Junto a ella, está el cámara Eliseo (otro nombre para este cosmos mitológico), que nos deja a un Iván López-Ortega ahíto de espontaneidad. Él querría ser artista interdisciplinar y por eso no duda en proponer estetizaciones varias, como algunos de esos directores de arte que se inmiscuyen en los «dispositivos» de Jordi Évole. Este es otro vericueto que se quedará sin más argumentario; pero que nos podría dar, también, mucho juego. Porque seamos conscientes, ya no abundan los reportajes, sino los documentales que aspiran a uno de tantos premios. De todas maneras, él lo dispone todo para que la escenografía de Judit Colomer Mascaró se convierta, por momentos, en una pantalla de cine. Quedaría, por lo tanto, más justificada la introducción de la cámara en la acción, pues se trabaja a partir de las entrevistas que están grabando (no tanto por la moda posdramática). Luego, la cocina que observamos se evidencia con hiperrealismo dentro de un salón imaginado.

Toda la trama, con esa cantidad de motivos, de giros y de visiones sobre la verdad y los intereses particulares, podría tener más enjundia. Creo que esta vez la comicidad no es tan sutil como debiera y la seriedad que se desearía queda contrahecha, como el propio Vulcano.

Vulcano

Texto: Victoria Szpunberg

Dirección: Andrea Jiménez

Reparto: Pilar Bergés, Iván López-Ortega, Albert Ribalta, Eneko Sagardoy y Macarena Sanz

Escenografía: Judit Colomer Mascaró

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo AAI

Vestuario: PIERPAOLOALVARO (Pier Paolo y Roger Portal) AAPEE

Espacio sonoro: Lucas Ariel Vallejos

Vídeo: Elvira Ruiz Zurita

Movimiento: Natalia Fernandes

Ayudante de dirección: Eva Carrera y Laura Ortega

Ayudante de escenografía y vestuario: Mauro Coll Piotrowski

Ayudante de iluminación: David Hortelano

Diseño cartel: Emilio Lorente

Tráiler y fotografía: Bárbara Sánchez Palomero

Realización de escenografía: Joan Soler Vidal

Realización de vestuario: Roger Portal Cervera

Producción: Centro Dramático Nacional, Cassandra Projectes Artístics y Andrea Jiménez

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 13 de abril de 2025

Calificación: ♦♦

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