Victor Afung Lauwers firma el texto de esta performance que amalgama los principales debates de nuestra aburguesada contemporaneidad
Viene este montaje en paralelo (o en continuación) de aquel Billy’s Violence, que tanto desencanto me produjo (por no usar expresiones más desagradables). Uno sabe bien dónde se mete y este Billy’s Joy todavía posee alguna brizna de sugestión, por aquello de que las comedias permiten un jolgorio y un sarcasmo más crítico que las tragedias; aunque el fin no alcance definitivamente a meter el estilete a fondo. Se ríen (nos reímos) del panorama; porque todavía las tinieblas no han arribado plenamente sobre los que tenemos margen (económico, evidentemente). Seguimos con el marchamo salvífico de las instituciones públicas y europeas. Poca transgresión por ese lado. Por eso, la cita que nos cuelan de Marx (Karl) es autorreferencial e inocua.
Afirmar que Victor Afung Lauwers ha elaborado un texto a partir de las comedias (o dramas) de Shakespeare, entremezclada con otras intromisiones, como se verá, es mucho decir; si hemos de considerar que la retahíla de referencias de esa o aquella obra, con su fecha de composición, en una confluencia azarosa, puede ser asumida por el espectador. En el despliegue caótico se atisban los conceptos que tanto nos atañen en nuestra postmodernidad (o como se quiera denominar) como la fluidez en la identidad de género o en cualquier relación humana (o no). El propio Maarten Seghers vuelve a encargarse del prólogo. Llamado Fluido, un tipo enmascarado que sostiene la cabeza de un burro, hace las onomatopeyas pertinentes y bufonea, mientras se animaliza; pues la fluidez puede dirigirse en cualquier dirección adonde apunte la fantasía y nuestra esquizofrenia. Él mismo compone una música electrónica que se alarga en una primera hora dancística que retrasa en exceso cualquier dialéctica más sustancial. El elenco ejecuta una coreografía imparable y agotadora, con ese mismo hálito de confusión y de aleatoriedad que permea todo el espectáculo. No están ahí, precisamente para el virtuosismo. Algunos, efectivamente, no están duchos en la danza. No así, por ejemplo, Martha Gardner, que brilla con su esbeltez y su elegancia y que impone su perorata soberbia desde algo así como Calibán. Desea presentarnos ese País de las Hadas hacia donde nos dirigimos; pero con una altivez que luego, extrañamente, desaparecerá.
Antes de que descubramos quién es el verdadero protagonista conoceremos a otros personajillos que se colarán entremedias sin mucho fundamento. Así, Juan Navarro se inviste de oso Pourquoi; y, como no podía ser de otra manera, carece de fuerza. Luego, el actor pasará gran parte de los minutos en una cocina que, sinceramente, parece accesoria. La Blancanieves (negra) de Meron Verbelen, quien convoca a los siete enanitos, apenas tiene recorrido y poco sirve para aquello de la controversia sobre los intérpretes racializados en los cuentos clásicos (véase, la última versión de La sirenita). O la Sycorax de Grace Ellen Barkey, quien con algo más de potencia, conecta con la Calibán de antes, desde La tempestad. En el totum revolutum, las brujas, tan reclamadas por el feminismo, deben conjugarse en la pócima. No obstante, son escenas bastante inconsecuentes que se intentan hilar con más música y danza. Se va tan rápido, que hablar de Billy, o sea de William Shakespeare, es más un reclamo comercial; porque se desfila con lo que al dramaturgo le ha apetecido o le ha encajado más en su paranoia.
Como decía, la escena cumbre o, casi diríamos, el objetivo que más sobresale en este acontecimiento, es el affaire Romeo. Trasladado desde su tragedia, por arte de magia, a este País de las Hadas (en estado de putrefacción). Nao Albet, quien demuestra soltura grandiosa en esa intemperie, es desmochado, emasculado, demediado hasta la desintegración. Él ya no tiene cabida en este largo apocalipsis risible. Es un tipo despelotado que difícilmente podría alcanzar la erección con esa Julieta (Pirueta), que ahora se autodenomina Edén (o sea, ella es el ‘jardín’ en sí mismo, virginal y sicalíptico al mismo tiempo) y que nos deja a una Romy Louise Lauwers juguetona. Colgado por un arnés, destinado al sube y baja (no de un Deus ex Machina) propiciado por el compadre Navarro, es un monigote para que su amada se pueda lanzar al petting en un entorno de hiperseguridad. Además, nuestro «mequetrefe» pierde el idioma, no atina con el inglés (falsamente) y disipa cualquier posibilidad para la seducción. Confuso es, en cualquier caso, su traspaso de corona con Oberón que encarna Gonzalo Cunill, un actor magnífico, que aquí va quedando orillado y hasta marginado en la pulsión general.
Todo debe quedar en un fin de fiesta nudista ante la ducha improvisada, como si estuvieran en una discoteca ibicenca. Qué más da todo, pensaremos. De fondo, somos ilustrados con la proclama definitiva: «Es mejor ser inteligente. Es mejor tener simpatía. Es mejor tener autocontrol. Es mejor ser amable como yo. Es mejor ser decente». Una domesticación que dirige Jan Lauwers; aunque tengamos la convicción de que cada performer posee bastante libertad para ir a su aire.
Si fuera por este espectáculo, uno entendería, en sentido crítico, altamente potenciado por el nihilismo y por esa pátina irónica que lo impregna todo, que las comedias de Shakespeare no nos valen ya para nada. No suponen un divertimento, pues ninguna se ajusta a los parámetros políticamente correctos que fuerzan hoy el discurso entre el bando denominado izquierdista-woke y el derechista-facha (¿quién sabe qué significa esto?).
Texto: Victor Afung Lauwers
Dirección: Jan Lauwers
Música: Maarten Seghers
Creación: Jan Lauwers, Grace Ellen Barkey, Emily Hehl, Nao Albet, Gonzalo Cunill, Romy Louise Lauwers, Juan Navarro, Maarten Seghers, Meron Verbelen y Martha Gardner
Dramaturgia: Elke Janssens
Música: Maarten Seghers
Una producción de Needcompany
Coproducción: Impulstanz (Viena), Perpodium (Amberes), Le Quartz (Brest), The Shakespeare Festival (Gdansk), CC Brugge, Teatro Español (Madrid) y Teatro Central (Sevilla)
Con el apoyo del gobierno flamenco y Tax Shelter del gobierno federal belga a través de Cronos Invest
Naves del Español en Matadero (Madrid)
Hasta el 11 de marzo de 2024
Calificación: ♦♦
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Un comentario en “Billy’s Joy”