Nuestra necesidad de consuelo es insaciable

El Teatro Quique San Francisco acoge esta pieza realizada por un grupo de jóvenes intérpretes sobre el texto del anarquista Stig Dagerman

Nuestra necesidad de consuelo - FotoDesde hace ya un par de años contamos en el Teatro Quique San Francisco con un proyecto denominado Teatro Urgente, que tiene a Karina Garantivá y a Ernesto Caballero como promotores. Unir teatro y filosofía, filosofar en escena sobre conceptos que nos afectan en la actualidad. Son aproximaciones laterales, tangenciales, que no se enfrenta al caso concreto y acuciante; pero sabemos por dónde discurren. Así hemos podido asistir, entre otras, a Hannah Arendt en tiempos de oscuridad, a Voltaire o a La buena mujer.

Quizás se ha llegado a un punto de puesta escenográfica demasiado austera, de proposición dramatúrgica excesivamente áspera y también sencilla, incluso corriente, como para que uno, en cierta medida, sienta que unas obras se emulan, que se parecen en su representación y que buscar la exposición de las ideas es su principal, y hasta su único, cometido. Esto produce que nos alejemos de lo teatral, de lo ficcional, de lo performativo y que nos aproximemos al debate dramatizado, a la expresión algo ingenua de aquello que se quiere contar. Y esto es lo que detecto en Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, un montaje que es realizado por jóvenes, algunos de los cuales han participado en espectáculos anteriores dentro de este plan general.

Está muy bien traído Stig Dagerman, aquel malhadado anarquista que se suicidó con treinta y un años. Por un lado, porque a pesar de que el propio autor lo habría negado (la doctrina que él defendía era el anarcosindicalismo), se nos vislumbra como todo un decadentista, un nihilista, como aquellos rusos que salían en la novela de Turguénev Padres e hijos, u otros tantos. Tiene algo de romántico, de tédium vitae, tal y como nos los reveló Federica Montseny («era solitario nato, el hombre condenado a no poder sentir la compañía de nadie, por razones psicológicas, físicas, por insuficiencia individual e insuficiencia colectiva».), quien lo trató personalmente, puesto que llego a vivir en su casa con su eposa Ana María (educada en España) y sus hijos. Y está bien traído digo, por la cuestión del suicidio tal y como se plantea aquí. Sí, ahora mismo tenemos otras dos obras más que tratan este tema (Harakiri y 4.48 Psicosis)

Y es que es un tanto radical esputar directamente, como lo hace Alberto Fonseca, el propio discurso de nuestro filósofo, bastante poético; pero inasible para el público así de primeras, si un mínimo de contexto. Nada más son unas cuartillas que llevan el sugerente título y nos resuenan como un testamento, un desgarro interior, un vaciamiento que ofrece verdadero desconsuelo: «Veo mi vida amenazada por dos poderes: por un lado, por las ávidas bocas del exceso; y por otro, por la avara amargura que se nutre de sí misma». Cuesta descubrir de esta manera, con el actor sentado en una silla junto al retrato del escritor, por dónde pretende discurrir. Mientras, Esther Berzal baila con hermosura, como si intentara quitarle hierro al asunto. Luego, en una de esas incursiones más prosaicas, cuando el elenco pisa tierra y se lo lleven el texto a su terreno, mostrará un semblante amigable, de alguien que te puede hacer observar la vida con la sencillez del hogar familiar y el regusto por la conocido e íntimo.

Después Jorge Berlanga le quiere imprimir de nuevo fuerza en su discurso. El cuento «Matar a un niño» se encaja también abruptamente. Las escenas no se solapan o se tornan desvigorizadas, como es lanzamiento de cartas sobre una pequeña mesa a la vez que lanzan sus espontáneos pensamientos. Lucía Lorente queda sin mucho asidero en el conjunto.

En varios momentos, la pieza pierde esa bruma por la que debería desfilar y se convierte en algo demasiado juvenil. Ellos ansían dar respuesta a esa famosa sentencia de Albert Camus que lanzó en El mito de Sísifo: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». Se reparten las respuestas como en una tormenta de ideas, de ocurrencias, de sentires que no tienen el menor desarrollo. Cuando observamos que casi no hay concreción y que en una hora finaliza la función, uno piensa sinceramente que hemos asistido a una obra esbozada, que apenas ha comenzado a ponerse en pie, donde impera el desorden y la falta de argumentos consistentes o suficientemente estructurados. ¿Qué se espera mostrando esto de esta manera tan simple?

Nuestra necesidad de consuelo es insaciable

Una creación de: Lucía Lorente Toral, Alberto Fonseca, Esther Berzal y Jorge Berlanga

Con textos de: Stig Dagerman

Teatro Quique San Francisco (Madrid)

Hasta el 2 de julio de 2023

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