El dramaturgo Alberto Velasco recurre a los reiterativos procedimientos de la autoficción teatral para descubrirnos sus traumas personales y la época de fracaso que acaba de atravesar. La sala del off madrileño, Nave 73, acoge este espectáculo.
Puede que debamos aprovechar esta autoficción de Alberto Velasco para reflexionar sobre cierta deriva del arte dramático y sobre las ínfulas de esos seres especialísimos que últimamente nos atenazan con sus peculiaridades deslumbrantes. El reflejo de esta egolatría encuentra su hábitat en el precario off teatral a través del cajón desastre tildado de postdramático, puesto en marcha hace ya décadas, donde el pastiche nos deja cientos de propuestas que redundan en algunos procedimientos y, sobre todo, en la insustancialidad (salvo excepciones). Porque la cuestión está en epatar, en diferenciarse como sea, en usar mucho el griterío en el micrófono y, principalmente, en salvaguardarse del discurso potente con la ironía. La ironía es la máscara imperante del presente desencantado.
A todo este embrollo hay que sumarle la irrisoria situación de aquellos que nos sitúan a la inmensa mayoría en la «normatividad». Es decir, nosotros somos igualísimos en nuestros gustos y preferencias, y totalitarios en las imposiciones de unos cánones y unos modelos. Así es la simpleza. Ellos, evidentemente, tienen cuerpos y cerebros «no normativas», son raros, son queer, y deben luchar contra la asfixiante dictadura cultural en la que viven. Uno entiende este pensamiento en los adolescentes; pero en los artistas suena a enfoque ególatra de quien espera gustar demasiado negándose a observar la realidad en la que vivimos.
Alberto Velasco, que se hizo célebre al poner a bailar su gran corpachón en Vaca, tuvo, después, unos merecidos éxitos con montajes como Los nadadores nocturnos y Danzad malditos. Es un tipo que sabe manejarse con profesionalidad y con pulsión creativa en distintas facetas dentro del mundo de la interpretación; aunque este Sweet Dreams es una función deshilachada e insolvente.
Setenta minutos de recursos consabidos, del empleo ingenuo de la religión, con el capirote de su Valladolid natal, con el «Agnus Dei» de Zurbarán sobre un telón hecho un gurruño y él de postureo ahí metido. Un comienzo lento, pero sin la más mínima profundidad existencial. Algo parecido ocurre con el tema de Eurythmics que da título a la pieza y que tampoco se explota en demasía, más allá de descubrirnos la dureza de la letra, y que él nació el mismo año que la canción.
Hubiera estado bien que su diálogo consigo mismo, un atisbo de autocrítica, hubiera indagado en terrenos más escurridizos, como desenmascarar sin ambages la farándula en la que se retroalimenta esta forma de hacer. Luego, por supuesto que está gracioso en la elaboración de un brownie «traumático», con frasecitas de Mr. Wonderful y el horno de Instagram. Todo muy paradójico, pues las redes sociales han justificado hasta la náusea cuál es el trasfondo narcisista de estos creadores, donde se espera la adoración de los ‘me gusta’. Lógicamente, su espectáculo se reduce a la suprema convicción: lo que necesita es amor. ¡Joder, qué normativo!
Insignificante es que nos haga un playback con la balada eurovisiva de Anabel Conde («Vuelve conmigo»); o que tengamos que escuchar las declaraciones deslavazadas de tres amigas. Una demostración de que se carece de ideas; porque todo queda claro desde los primeros compases, cuando tira por el suelo todos sus premios para declarar que le han cerrado las puertas y que nadie le da oportunidades. No obstante, Velasco indaga poco en un motivo ya exprimido y se deja arrastrar por la influencia absorbente de Angelica Liddel.
Sí que debo reconocer que las coreografías, fundamentalmente la última, poseen una potencia escénica muy elocuente, con sus habituales movimientos, una estilización del voguing que él trabaja desde su poco original maquillaje de jóker.
Si este es el cartucho agónico que debía disparar para expulsar ciertos demonios, bienvenido sea. Ahora esperamos que nos descubra algo más creativo.
Creación e interpretación: Alberto Velasco
Ayudantía: María Pizarro
Escenografía: Alessio Meloni
Vestuario: Sara Sánchez de la Morena
Espacio sonoro: The New Carrot Studios
Iluminación: Abel García & Alberto Velasco
Técnico: Abel García
Fotografía del cartel: Dominik Valvo
Fotografía directo: Juan Borgos
Diseño: Laura Velasco & Bethancourt Studio
Dirección vídeo promocional: Afi Oco
Color vídeo promocional: Carmina Riquelme
Grabación vídeo directo: The Black Cactus Studios
Dirección teaser directo: Guillermo Centenera
Producción teaser directo: Marta Hita
Jefa de prensa: Josi Cortés
Sala Nave 73 (Madrid)
Hasta el 27 de enero de 2022
Calificación: ♦♦
Texto publicado originalmente en La Lectura de El Mundo.
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