El coloquio de los perros

Morfeo Teatro configura una estética tenebrista para dar cuenta de esta novela ejemplar de Cervantes

El coloquio de los perros - FotoVivificar con sentido la persuasión entre perruna y humana que ideó Cervantes para este ejemplo a la contra, no es tan sencillo como parece, si nos imaginamos la simple narración de los hechos. Aunque por momentos se echa en falta cierto dinamismo, lógico en unos canes, y que, además, el ruido ambiente que se cuela en la noche en el Corral Cervantes no permite una audición más clara; las gentes de Morfeo Teatro, que llevan con este montaje deambulando años por aquí y por allá como el protagonista máximo de la novela, han propiciado una plasmación idónea. No diremos que en la adaptación de Francisco Negro se comienza en in medias res; pero el espectador se ve obligado a recordar —o a conocer—, que el asunto viene de la novela anterior, es decir, El casamiento engañoso, y que es uno de sus personajes, el alférez Campuzano, quien había estado ingresado en el Hospital de la Resurrección en Valladolid (donde estuvo viviendo don Miguel, cuando se trasladó allí la corte para que, entre otros asuntos, el duque de Lerma hiciera de las suyas), y que ha escrito la conversación entre dos perros que se solían tumbar en los alrededores de la susodicha institución médica. Sigue leyendo