Kebab

Un duro texto de la rumana Gianina Cărbunariu sobre los jóvenes europeos que deben buscarse la vida fuera de sus países

Poco a poco vamos conociendo más ampliamente la obra de Gianina Cărbunariu, una dramaturga rumana de 42 años que ya es un referente del teatro político en su país. En España ya se han representado De vânzare / For sale (su mejor espectáculo de los vistos), Elogio de la pereza, que fue presentado en CDN la temporada anterior y, ahora, Kebab. La historia con la que nos topamos en Nave 73 es realmente dura y nos habla de las condiciones a las que se ven sometidos unos jóvenes emigrantes rumanos. Enseguida comprendemos que podrían ser perfectamente españoles que han viajado a Irlanda para buscarse la vida. Es un tipo de función que nos recuerda mucho al cine de Ken Loach o al de los hermanos Dardenne; pero por el cariz que toman los acontecimientos en la obra que nos compete, podemos pensar en la última película de Jaime Rosales, Hermosa juventud, donde una pareja de veinteañeros se ve abocada a grabar porno amateur. Inicialmente conocemos a Madalina (Matti), una ingenua muchacha que está viajando a Dublín para reunirse con su novio. En el avión conoce a Bogdan, un compatriota que lleva el mismo destino y que tiene la intención de completar sus estudios de artes visuales. Eva Rubio interpreta con desgarro y medida a esta cándida y tontorrona chica, que parece salida de un pueblo desconectado del mundo contemporáneo (algo que quizás haya sido así) y que se adentra en un mundo repleto de dificultades. El estudiante es Pablo Sevilla, y es justo reconocerle su buen hacer, la premiosidad de su personaje, acogotado por unos procedimientos que están tan alejados de su moral que cuesta verlo en ciertas tesituras. Ya que el tercer interviniente de este futuro trío en un piso compartido, plató de infamias y vejaciones, hace tiempo que no tiene freno a la hora de buscar empleos. Voicu es un Alejandro Chaparro avieso y contradictorio, instalado en la anomia, capaz tanto de encontrarle trabajo a su novia en una tienda como de transformarse en un chulo de prostitución low cost. Incluso de adentrarse en la grabación de vídeos, primero pornográficos y, luego, directamente, sádicos y masoquistas hasta el extremo de la snuff movie. Todo ese camino diabólico es envuelto en elucubraciones oníricas en forma de cuentecillo infantil, como si aquello fuera un juego de niños que se acompaña por las videoescenas de Águeda A. Millán. Si la propuesta es fiel al texto original, hemos de argüir que las elipsis de Cărbunariu son excesivas. Y eso que es un recurso literario que casi siempre se echa en falta, porque el dramaturgo de turno se niega a pulir lo innecesario. Pero aquí se ha pasado de frenada y el montaje avanza con una velocidad excesiva que no nos permite digerir los cambios tan profundos que se van dando en los personajes. Entendemos que Matti es una pobrecica embaucada por su novio y que, además, se ha enamorado de Bogdan, a quien ve más «humano», más tierno y con el que sueña un futuro diferente. Aunque no lo llegamos a percibir, seguramente su síndrome de Estocolmo le haya llevado a admitir ese grado de violencia; pues esta se envuelve entre la amistad, las necesidades económicas y la moderada importancia que se le da a algo tan terrible. Tampoco cuesta entender que Voicu termine, por lógica, en esas operaciones. Más difícil es aceptar que el tercero en discordia incurra en tales acciones, cuando nos parece un sencillo universitario con preocupaciones más existenciales. Es más, las elipsis a veces son tan abruptas que el final llega de golpe. Esto no quita para que Gabriel Fuentes haya imprimido un gran empeño en sacar adelante una función que por su contenido podría resultar incómoda. No obstante, la factura del espectáculo es algo pobre ―comprendo las dificultades de producción―; puesto que, precisamente, los «huecos» en el argumento tan solo se esbozan escenográficamente y eso no logra una mejor cohesión. Con esto quiero decir que sería muy bueno apostar con más ambición (y ayuda) por textos así, tan fecundos en sus vertebraciones políticas y que tanto nos tocan como europeos.

Kebab

Autora: Gianina Cărbunariu

Traducción: Javier Lago

Dirección: Gabriel Fuentes

Intérpretes: Eva Rubio, Pablo Sevilla y Alejandro Chaparro

Diseño de iluminación y videoescena: Águeda A. Millán

Espacio sonoro: Gastón Horischnik

Música original: Daniel Ibáñez y Gastón Horischnik

Jefa de producción: Luisa Fernández Ferrer

Diseño gráfico: Paula Luis

Fotografía: CelmaPhotography

Producción: Punctum Compañía

Comunicación: Lemon Press

Sala Nave 73 (Madrid)

Hasta el 31 de octubre de 2019

Calificación: ♦♦♦

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