Delicuescente Eva

Javier Lara cierra su trilogía con una obra alegórica y autoficcional que lo enfrenta a su hermana en un duelo catártico

Cuando uno empieza a zambullirse en la aprehensión de ese bosque umbroso donde se dirimen los pecados originales; un cierto caos se ha aposentado sobre la función y los posibles ventanos de claridad se van cerrando hasta dejar epitafios sobrevolando que reducen el posible argumento a un amasijo de vehículo accidentado. Javier Lara es otro representante de la autoficción española (otro más) y con esta obra cierra una trilogía titulada Lo propio. La primera pieza fue Mi pasado en B (desgraciadamente me la perdí) y la segunda Scratch, que abordaba de manera extraordinaria la caída al infierno del hermano. Delicuescente Eva habla de la tradición, de la cultura, de los códigos familiares y, en definitiva, de esa educación que recibimos en casa y en la escuela, y que nos determina y que nos empasta con un país que, a su vez, regurgita y retroalimenta el espíritu y la sustancia de esa formación. Dos hermanos se encuentran en un bosque, sostienen sendas linternas como si fueran dos detectives privados a punto de emprender una investigación. ¿Un accidente de automóvil? Él apareció en llamas. Nos hemos adentrado en un sueño, en una alegoría, en la búsqueda de una génesis. Natalia Huarte, quien se mueve por la escena como si una embriagadora comodidad la sostuviera, es un personaje metamórfico, etéreo, una serpiente andrógina que juguetea con las manzanas en aquel edén demoniaco. Sigue leyendo

Un idioma propio

Minke Wang da el paso definitivo para desintegrar lo puramente dramático con esta experiencia críptica

Foto de Lau Ortega

Si nos detenemos el tiempo suficiente para reflexionar acerca de lo que se observa y se siente delante de Un idioma propio, y no nos dejamos llevar por la estupefacción que anida en el rostro de la mayoría del público; tenemos la opción de rechazarla de plano por considerarla una tomadura de pelo o, por el contrario, aceptar que Minke Wang realmente quiere mostrarnos algo. Pero todo son problemas, dificultades que convierten el montaje en un producto inaccesible. ¿Qué cuenta? Si no fuera por el programa de mano donde se nos relata que vamos a ver a una familia «oprimida por el régimen comunista», que ha venido a España a labrarse un futuro mejor, saldríamos como habíamos entrado. Esta circunstancia implica, para los chinos, una dificultad idiomática considerable. Bien lo sabemos todos aquellos que nos hemos encontrado, por ejemplo, con jóvenes recién llegados, y cómo van aprendiendo la lengua. Asumamos que eso es lo que se narra; porque, eso sí, con esta función hemos dado un paso más —seguramente el definitivo— en la inclusión de lo narrativo en el drama. Sigue leyendo