Artaud

El dramaturgo argentino Sergio Boris nos adentra en la esfera macilenta de un psiquiátrico desmantelado

Asumamos que el teatro de Sergio Boris es un acontecimiento, una situación, una deriva hacia la nada o hacia donde nosotros queramos extenderla una vez se apagan las luces; pero no esperemos un relato. Es un corte surreal (pero muy real) en la coordenada espacio-tiempo. Que sea suficiente teatralmente hablando ―ahí incluimos el concepto y la forma―, ya depende de las significancias con la realidad ajena y aledaña que se puedan establecer, con las metáforas que podamos perfilar. Pudimos descubrir al dramaturgo argentino en Madrid hace tres temporadas, cuando presentó su exitoso Viejo, solo y puto. Ahora con Artaud ―toma como lejana inspiración las cartas del actor y escritor francés―, encontramos que el estilo sigue incólume. A pesar de que el terreno sobre el que se materializa la acción posee elementos identificables, ya sea una cama, un retrete, una mesa o un frigorífico; lo cierto es que termina por ser un no-lugar convertido en el reducto de uno tipos marginales. Para cualquier espectador español la referencia de La Zaranda es inevitable; aunque también sobrevuela por ahí Spiro Scimone (véase, por ejemplo, El patio). Y, por qué no, al propio Buero Vallejo con La Fundación. Porque hemos de suponer que aquello es un psiquiátrico en proceso de aniquilación y que unos cuantos pacientes se han apostado a la entrada hasta que la policía se los ha llevado a comisaría, incluido al doctor. Dentro lo esperan unos estrafalarios individuos que representan papeles inconsecuentes, difusos e incomprensibles. Sigue leyendo

Viejo, solo y puto

Drama agridulce sobre los avatares de dos travestis en una farmacia cochambrosa

Foto de Brenda Bianco
Foto de Brenda Bianco

Última etapa del ciclo «Una mirada al mundo» en el Centro Dramático Nacional; esta vez con una propuesta argentina firmada por Sergio Boris. Acertamos a enmarcar el almacén de una farmacia algo desvalida, con varias estanterías roñosas, ocupadas por cajas de medicamentos poco fiables. La presencia de dos travestis, dos transexuales en proceso de transformación bajo la aquiescencia de su chulo y, a la sazón, hijo del dueño de aquel establecimiento, me recordó instantáneamente, por ese tono hiperbólico y amanerado que llegan a adoptar este tipo de individuos, a los que dada su situación de marginalidad no tienen más remedio que hacer de su cuerpo, strictu sensu, su modo de vida y de su expresión, su eslogan publicitario, a Tangerine (2015), la película de Sean Baker protagonizada por una prostituta transgénero, donde mediante una acibarado relato se muestra la dureza de la calle. Pero no, aquí estos personajes cumplen un papel accesorio, de igual manera que lo acaban teniendo el resto. Directamente, podemos identificar Viejo, solo y puto como un cuadro de costumbres, por qué no. Igual que podemos levantar la mirilla de la puerta y observar a una familia cualquiera en sus tareas domésticas en una época x, podemos aproximarnos a esta botica y contemplar durante poco más de una hora cómo se trapichea, cómo se discute o cómo se monta el quilombo. Cuando aceptamos que allí no va a transcurrir ninguna historia, que la trama es el puro acontecer, solo queda fijarse en el deambular de aquellos hombres arrastrados por una inercia cuasideterminista. Sigue leyendo